CAPÍTULO V
PERCEPCIONES DIVERSAS ACERCA DE LA PERSONA DE CRISTO
En
los dos capítulos precedentes han quedado puestos de manifiesto los rasgos
esenciales de judíos, cristianos y musulmanes desde el punto de vista de sus
respectivas creencias religiosas. Quisiera ahora destacar las diversas formas
de percibir la persona y personalidad de Cristo por parte de sus seguidores los
cristianos.
1.
Cristo ante la opinión pública de sus contemporáneos
Tengo
la convicción de que Cristo tuvo conciencia muy clara sobre la identidad de su
persona. Le gustaba llamarse Hijo del Hombre pero trató de evitar, aunque no
siempre lo consiguió, que se divulgara imprudentemente su verdadera identidad
mesiánica y su vinculación entitativa con Dios Padre y el Espíritu Santo. En
una ocasión se definió a sí mismo como el camino, la verdad y la vida. Uno de
los suyos más íntimos le rogó que le presentara a Dios Padre. La respuesta fue
muy simple y en su estilo habitual: “¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros
y no me conoces, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn
14,5-11). A la ansiedad de la gente y de las autoridades por saber quién era y
qué proyectos tenía respondió sistemáticamente remitiendo a sus hechos
consumados para que a la vista de ellos dedujeran las conclusiones pertinentes.
Que Él sabía muy bien quién era por relación a Dios y lo que tenía que hacer
admite pocas dudas razonables.
Pero ¿qué sabemos nosotros sobre su
persona y su vida después de 2000 años de historia? La Cristología es el aforo
cognitivo más adecuado donde las personas inteligentes buscan respuestas a las
fascinantes preguntas que cabe hacernos sobre la persona y obra de tan
destacado personaje. Por otra parte, cualesquiera sean esos conocimientos
acerca de Él y de su obra, ¿qué impacto causó y sigue causando en la vida de
sus seguidores y en la marcha general de nuestra historia? La Cristología ha
respondido siglo tras siglo al primer interrogante y la Biocristología al
segundo. Esta matización es importante y espero que a lo largo de mi exposición
quede justificada. Para ello comencemos por lo que es obvio, a saber, que la
figura de Jesús de Nazaret, Cristo o Jesucristo, en efecto, ha sido considerada
a lo largo de la historia como objeto formal de conocimiento humano y Él mismo
manifestó en una ocasión interés por saber qué opinaban sus contemporáneos
sobre la identidad de su persona. El término Cristología se refiere
principalmente a esa intensa y secular actividad cognitiva. Ante todo, saber a
ciencia cierta quién fue Jesucristo. Todo lo demás, como la adhesión religiosa
a Él como Hijo de Dios y lo que se denomina seguimiento, vendrá por añadidura.
Así las cosas, ¿en qué coincide y se distingue la Biocristología de la
Cristología? Esta es la cuestión que espero quede suficiente clarificada a lo
largo de estas páginas. Según Mateo 16,13-20, Marcos, 8,27-30 y Lucas 9,18-21,
encontrándose Jesús en el territorio de Cesarea de Filipo, preguntó
confidencialmente a sus discípulos qué opinaba la gente sobre Él. No porque
personalmente le importara gran cosa la opinión pública o necesitara informarse
de nadie sobre lo que tenía que hacer o la forma de hacerlo, sino como pretexto
para informarles a ellos sobre la función de Pedro en el futuro como jefe de su
equipo apostólico.
“¿Quién dicen los hombres que es el Hijo
del Hombre? (Mt 16,13-20). La respuesta informativa que recibió tiene dos
partes. La primera se refiere a lo que actualmente denominamos “opinión
pública”, es decir, eso que opina la gente fuera del contexto confidencial bajo
el influjo de los medios de comunicación. En la época de Jesús era el “boca a
boca” de todos los días por la calle bajo el influjo de las tradiciones orales
familiares y la enseñanza de la Sinagoga. Pues bien, entre la gente se
comentaba si Jesús no sería Juan el Bautista resucitado después de haber sido
asesinado por orden de Herodes Antipas, el cual se comprende que tuviera miedo
a que ese rumor se confirmara y de ahí su nerviosismo. Otra de las creencias
populares sobre la persona de Jesús lo identificaba con el profeta Elías, el
cual no habría muerto y debía venir para manifestar y ungir al Mesías
prometido. Mateo por su parte refleja la opinión de quienes identificaban a
Jesús con Jeremías, popularmente considerado como uno de los grandes
protectores del pueblo judío. En cualquier caso la opinión pública asociaba a
Jesús con alguno de los profetas importantes de Israel. Por último, tomó la
palabra Pedro el cual no dudó en identificarle con la persona misma del Mesías.
Sorprende que Jesús manifieste su deseo expreso de que no se divulgue
públicamente el contenido de esta conversación privada. Es lo que los técnicos
denominan “el secreto mesiánico”. Un tema éste realmente fascinante por la
lección de prudencia que supone y las connotaciones políticas indirectas que
conlleva.
Según las fuentes evangélicas cabe
pensar que Jesús fue considerado por las autoridades públicas de turno como un
traidor a la causa del pueblo judío frente a la presencia colonizadora de Roma,
y a la idea mesiánica oficializada y divulgada entre la gente. Lo normal fue
imaginarlo fuera de la línea profética como un libertador político llamado a
terminar con la dominación romana en Palestina, a limpiar Israel de la
presencia de paganos e imponer la paz del pueblo elegido a todas las naciones
de la tierra. Pero Jesús no entró jamás al trapo de la política y se negó en
redondo a ser confundido con un líder político en clave nacionalista. Se
presentó como el Mesías anunciado por los profetas para salvar al mundo y no
sólo al pueblo de Israel, pero bajo ningún concepto relacionó este proyecto
salvador a la derrota política del imperio romano sobre Palestina. No faltan
actualmente escritores pintorescos que se deleitan en tratar a Jesús como un
vulgar activista político contra Roma como potencia colonizadora. Pero no vale
la pena perder el tiempo discutiendo con ellos sobre estas cuestiones. La vida
es breve y el tiempo es oro.
Por otra parte, se le acusó de hacer
cosas propias y exclusivas de Dios como interpretar la ley del sábado,
resucitar muertos o perdonar pecados. Sin olvidar la mala opinión que le
granjeó su preocupación por las gentes socialmente peor vistas como los
desheredados, los enfermos, las prostitutas y los publicanos. Algunos no
dudaron en acusarle de endemoniado al que había que hacer frente quitándole del
medio. De la lectura de los textos evangélicos cabe pensar también que al
principio de su actividad pública tampoco gozó de una opinión favorable entre
algunos de sus familiares. Según Marcos (3, 21), los suyos salieron para
recogerle, porque decían que estaba fuera de sí. La expresión griega kratein
apunta a la idea de que fueron dispuestos a hacerse con él para llevárselo a
casa por la fuerza, si era necesario. Según Juan (7,10), los familiares le
retan a que vaya a Judea para realizar allí algo espectacular a favor de su
credibilidad. Fue a Jerusalén pero en privado sin mezclarse con ellos. En la
sinagoga de Nazaret (Mt 13,53-57; Mc 6,1-6; Lc 4,16-30) sus propios paisanos
trataron de despeñarle y no hay constancia de que sus parientes allí presentes
trataran de evitar el intento de linchamiento. La opinión negativa sobre la
persona de Jesús por parte de sus contemporáneos puede quedar reflejada en los
calificativos de traidor y blasfemo. Traidor a la causa judía en clave
política, y blasfemo como presunto usurpador de funciones propias de Dios.
A pesar de todo, Jesús se impuso de tal
forma con sus hechos y dichos que otra parte del pueblo judío, a despecho de la
opinión oficial, le reconoció como la culminación de todas las esperanzas
mesiánicas de Israel y el verdadero rostro visible y misericordioso de Dios tal
como había sido pronosticado por los profetas más cualificados. Para este
sector del pueblo judío no se trata de un traidor político y un blasfemo
religioso sino del verdadero Hijo de Dios encarnado en la naturaleza humana,
muerto y resucitado para la salvación del mundo entero y no sólo del pueblo de
Israel. Esta es la opinión que sobre la persona de Jesús quedó reflejada en los
textos evangélicos y que han heredado los cristianos hasta nuestros días.
2.
Opinión del Talmud sobre la persona de Jesús
En el contexto judaico del Talmud, la
persona de Jesús es relacionada con la presunta vida sospechosa de María, su
madre. Así, por ejemplo, Rabí Shimeon ben Azzaite dijo haber encontrado en
Jerusalén un manuscrito genealógico en el que se decía que “Aquél (Jesús) es el
hijo bastardo de una mujer adúltera.” Idea que aparece expresada en otros
pasajes del Talmud con matices diversos. En tal sentido se pretende resaltar
contra Jesús que fue hijo de una peluquera (b. Shabat 104b) o de una maestrilla
de primer grado (b. Hagigah 4b). En otro pasaje (b. Kallah 51ª) se afirma que
Jesús fue el fruto de una relación adulterina de María con un soldado romano
llamado Pantera. Con la presunta circunstancia agravante de que esa relación
habría tenido lugar durante la menstruación. Lo cual autorizaría a pensar que
Jesús fue un hijo rigurosamente impuro de acuerdo con la moral judía. Según
otro pasaje (b. Sanhedrin 106a), los antepasados de María habrían sido de procedencia
real, "príncipes y gobernantes", pero luego ella se prostituyó entre
carpinteros. Con lo cual se sugería la idea de que Jesús habría sido de hecho
hijo de una prostituta.
Como es sabido, el Talmud es una obra
monumental compilada por Rabina y Rab Ashe allá por el año 505. Los textos que
estos dos sabios integraron en la obra no fueron escritos por ellos de acuerdo
a sus propias interpretaciones o ideas, sino que antes de colocar cada
sentencia la sometían al "Beit Din Hagadol", Tribunal Supremo, donde
recibían las instrucciones pertinentes. En ese lugar los sabios más importantes
de la época discutían sobre las distintas preguntas que se formulaban y daban
su veredicto sobre ellas. La obra se inscribe ya en el contexto de la dolorosa
polémica secular entre judíos y cristianos radicalizada a partir de la toma de
Jerusalén por el general Tito el año 70 y el intento de reconstrucción del
judaísmo en Jamnia, liderado por el fariseo Yohanam ben Zakkay.
Los judíos extremistas y fanáticos
consideraron siempre a los cristianos como traidores indeseables y los
cristianos calificaron a los judíos de deicidas por haber condenado y ejecutado
a Cristo. Pero no es este el aspecto que me interesa destacar aquí al evocar
las opiniones vertidas en el Talmud sobre la persona de Jesús sino el hecho de
que en esta obra no se niega en ningún momento la realidad histórica de Cristo
ni de sus actuaciones más sorprendentes. Al contrario, constituye un testimonio
de realismo histórico impresionante al tratar de responder a las acusaciones
cristianas mediante el recurso al desprestigio personal de Cristo. Cualquier
historiador serio o lector sensato se da cuenta pronto de que la opinión
judaica vertida en el Talmud sobre Cristo es fruto de sentimientos rencorosos,
fortalecidos a lo largo de varios siglos de incomprensión entre judíos y
cristianos, y no la conclusión lógica de estudios objetivos de la realidad. En
esta pintoresca campaña talmúdica de desprestigio la realidad histórica de la
persona de Cristo sale reforzada y jamás es cuestionada. No tendría sentido
difamar a su Madre sin aceptar la realidad del Hijo. Aquí cabría aquello de
“difaman a mi madre, luego existo”. Lo que termino de decir lo había escrito yo
antes de haber escuchado a Roly Zilberztein explicando el significado
anticristiano de algunos textos del Talmud en los que se habla contra la figura
de Jesús.
3.
Opiniones sobre el aspecto físico de Cristo
Las fuentes fidedignas no dicen nada
sobre el aspecto físico de Jesús pero los cristianos no se resignaron a esta
falta de noticias. La ortodoxia judaica prohibía terminantemente toda
representación de seres animados por temor a la idolatría. Así se comprende que
la primera generación cristiana, procedente en su mayor parte del judaísmo, no
se preocupara en absoluto por transmitirnos algún retrato o efigie de Jesús, lo
cual es lamentable. Cabe pensar que si Jesús hubiera vivido fuera de Palestina
y la mayoría de los primeros cristianos hubiera sido de civilización
greco-romana, por ejemplo, se hubiese intentado ya en aquellos tiempos dejarnos
alguna representación de su aspecto físico. Por eso las más antiguas
figuraciones que nos han llegado de Cristo en Occidente son las de las
catacumbas, y en Oriente las pinturas bizantinas del siglo IV. Pero ninguna de
esas representaciones reproduce rasgos reales verificables de la figura de
Jesús ya que son creaciones de la fantasía en función de motivos emocionales o
piadosos. Lo mismo cabe decir en el campo literario. Dichos motivos ideales son
pasos del Antiguo Testamento que se refieren igualmente al Mesías, el cual, sin
embargo, es presentado bajo diferentes aspectos. En uno de los poemas del
«Siervo de Yahvé» se había afirmado: “No hay en él parecer, no hay hermosura
para que le miremos ni apariencia para que en él nos complazcamos” (Is 53, 2).
Por el contrario, en el salmo 45,3, uno de los salmos mesiánicos, puede leerse
en forma de místico epitalamio: “Eres el más bello entre los hijos de los
hombres; derramada es la gracia en tus labios”. Los expertos no encuentran dificultad
en afirmar que estos textos no miraban propiamente a los rasgos físicos del
futuro Mesías, sino que tenían el carácter de simples alegorías, representando
el primero los dolores y el segundo los triunfos del que había de venir. Sin
embargo, algunos escritores cristianos los tomaron después a la letra,
persuadidos de poder hallar en ellos descripciones de los rasgos físicos de
Jesús. De ahí que mientras unos le imaginaron físicamente feo, otros,
combinando imaginación y afecto, pensaron que su aspecto físico debió ser
deslumbrante.
Los partidarios de la fealdad física de
Jesús se apoyaron, explícita o implícitamente, en el citado pasaje de Isaías,
pero mostrando con ello que atendían más a la idea del Mesías paciente que a
los rasgos físicos de Jesús. De ahí que no siempre es posible precisar su
pensamiento. Según S. Justino mártir, por ejemplo, (Dial. cum Tryph., 88; 100, 85), Jesús era deforme. Según Clemente
Alejandrino era feo de rostro (Paedag.,
III, 1). Según el parecer de Tertuliano, el cuerpo de Jesús fue cualquier cosa
menos llamativo por su apariencia. (De
carne Christi, 9; Adv. Marcion,
17; Adv. Judaeos, 14). Según S. Efrén
el sirio, Jesús fue pequeño de estatura. No más de tres codos, equivalente a
poco más de 1,35 m. (Cf. Lamy, S. Ephrem
syri hymni et sermones, t. IV, col. 631). Orígenes parece estar de acuerdo
con el pagano Celso en que Jesús fue físicamente pequeño, feo y desgarbado (Contra Celsum, VI, 75). Orígenes refleja
también la opinión de ciertos cristianos, según los cuales Jesús aparecía feo a
los impíos y hermoso a los justos (PG, 13, 1750).
Los partidarios de la hermosura física
de Jesús como Gregorio de Nisa, Juan Crisóstomo, Teodoreto, Jerónimo y otros
muchos también parten de motivos ideales y se inspiran en el salmo 45. En cualquier
caso hasta la edad media esas alusiones a la presunta belleza o no belleza
física de Cristo fueron muy genéricas. La suposición de que Jesús fue un hombre
de indiscutible buena presencia física es tardía. Así, un peregrino anónimo de
Piacenza visitó Palestina hacia el año 570 y dijo haber visto en Jerusalén la
piedra sobre la cual Jesús estuvo en pie durante el interrogatorio ante
Pilatos. Según los vestigios que dice haber visto en torno a dicha piedra, cabe
pensar que los pies de Jesús eran pequeños y bien formados y que tendría una
estatura normal. Eso sí, con rostro bello, cabellos algo rizados, hermosas
manos y dedos largos. (Geyer, Itinera
Hierosol., p. 175).
Hacia el año 710, Andrés de Creta,
después de haber hablado del retrato de Jesús, pintado, según una tradición,
por Lucas, añade que también el judío Josefo cuenta que el Señor fue visto con
cejas unidas, ojos bellos, rostro alargado, un poco encorvado y de estatura
normal (P G. 97,1304). Según los expertos, esta descripción no procede del
historiador Flavio Josefo sino de una tradición bizantina y los elementos
principales de la misma se repiten en la tradición sucesiva añadiendo detalles
de origen desconocido o simplemente fruto de la imaginación. Por el año 800, el
monje Epifanio sostenía en Constantinopla que Jesús medía alrededor de 1,70 de
estatura, tenía el cabello rubio y levemente ondulado, cejas negras poco
arqueadas, ojos verdes y con una ligera inclinación del cuello, de modo que su
figura no era del todo recta. Además, con el rostro algo alargado, como el de
su madre, a quien, según el susodicho monje, se parecía en todo (Vita Deiparae. Texte u. Untersuch., N.
F. III, vol. 18, p. 302).
Por el contrario, en la Carta sinodal de
los obispos de Oriente, del año 839, la estatura de Jesús es estimada como de
tres codos, equivalente a 1,35 metros. (Ib. p. 303-304; PG. 95, 349). Con el
tiempo se fue imponiendo la presunción de que Jesús fue un hombre de complexión
física atractiva e interesante. Esta tradición oriental pasó a Occidente contribuyendo
a la formación de la Leyenda áurea, de Jacobo de Varazze o Vorágine, del siglo
XIII. Por la misma época apareció la famosa Carta
de Léntulo, que tuvo gran éxito en Occidente entre los siglos XIV y XV.
Dicha carta es presentada como enviada al Senado por un imaginario predecesor
de Pilatos, de nombre Léntulo. Según esta imaginativa descripción, el personaje
que lleva por nombre Jesucristo, considerado por la gente como profeta de la
verdad e Hijo de Dios por sus discípulos, fue un hombre de estatura media y
atractiva, rostro venerable capaz de infundir amor y temor en sus espectadores,
pelo largo color castaño plano hasta las orejas y algo rizado después, con raya
en medio de la cabeza al estilo de los hombres de Nazaret. Frente plana y
serena y rostro sin arrugas ni manchas, lo cual vale para la nariz y la boca.
La barba era mediana, muy densa, armoniosa y con una bifurcación en el mentón.
Su aspecto era simple y natural con ojos ligeramente verdes y claros. Hasta
aquí los rasgos fundamentales de su semblanza física. Luego añade otros sobre
su semblanza psicológica como los siguientes. En la increpación era terrible y
en las admoniciones dulce, amable y contenido. Alguna vez lloró pero nunca
sonrió. Era recto de estatura y poseía unos brazos y unas manos estéticamente
agradables. En la conversación se manifestaba modesto y contenido de acuerdo
con lo pronosticado por los profetas.
Durante la edad media prevalecieron estas creencias sobre la figura
física de Jesús en las descripciones literarias así como en las
correspondientes imágenes pictóricas. El icono de la efigie de Jesús quedó
personificado como genuino en el lienzo de Milán popularmente conocido como la Verónica y sobre el cual se han
realizado estudios científicos. En cualquier caso no podemos olvidar que todos
los intentos por reconstruir la figura física de Cristo están inspirados en la
imaginación y la piedad cristiana ya que los cristianos que le vieron con sus
propios ojos y convivieron con El fueron judíos y según la tradición judía estaba
absolutamente prohibido representar cualquier referencia a Dios por temor a
incurrir en la idolatría.
4.
Intelectuales ante la figura de Cristo
A las persecuciones sangrientas contra
los primeros cristianos se sumó la guerra literaria por parte de intelectuales
paganos que comenzó abiertamente en tiempo del emperador Marco Aurelio
(121-180). Luciano de Samosata (125-181), por ejemplo, en su opúsculo sobre La muerte del peregrino se burló del
propio Cristo en persona presentándole como soñador y estafador. Según Aurelio
Cornelio Celso (30 aC - 50 dC), la figura de Cristo no revistió excepcionalidad
ninguna si le comparamos con Hércules, Esculapio, Dionisos y otros muchos que
realizaron prodigios y ayudaron a los demás. Antes que Jesús ya habría habido
divinidades que murieron y resucitaron. Como también hay, según él, testimonios
de prodigios y milagros realizados por ellos que no son otra cosa que obras de
prestidigitadores. ¿Habremos de considerarlos por ello como Hijos de Dios?
Según Celso, el cristianismo es para ignorantes. Las personas cultas lo evitan
y no se dejan embaucar. En la línea de Celso se encuentra el filósofo platónico
Porfirio, nacido hacia el año 233 en Tiro de Fenicia. Porfirio negó
abiertamente la divinidad de Cristo y llegó a decir que aunque hubiese entre
los griegos alguno tan obtuso como para creer que los dioses residen realmente
en las imágenes que tienen de ellos, ninguno lo será tanto que llegue a admitir
que la divinidad pudo entrar en el vientre de María virgen para convertirse en
feto y ser envuelta en pañales después del parto. Ataca duramente a S. Pedro y
más aún a S. Pablo al que califica de ordinario, oscurantista y demagogo. Le
acusa de codicia. Según Porfirio, S. Pablo predicaba para sacar dinero a las
damas ricas. Ese habría sido el verdadero cometido de sus viajes apostólicos.
Porfirio califica todas las creencias cristianas de irracionales.
Sobre la postura de los intelectuales
ante la figura de Cristo cabe hacer las matizaciones siguientes. Ante su figura
y su obra ningún intelectual serio, antiguo o moderno, ha permanecido
indiferente. Ha habido y hay intelectuales anticristianos viscerales pero la
persona de Cristo queda casi siempre al resguardo. Sólo he conocido conductas
burlescas anecdóticas ante su persona por parte de gente inculta, de dudosa
salud psíquica o movidos por sentimientos políticos de baja calidad. Los
ataques intelectuales a los cristianos se han caracterizado y se caracterizan
por su intento de descalificar a la Iglesia como institución, la cual habría
corrompido el mensaje original del propio Cristo. Pero tal acusación significa
indirectamente el reconocimiento de su personalidad y del valor de su mensaje
al mundo.
Maquiavelo (1469-1527), Shopenhauer
(1788-1860) y Nietzsche (1844-1900), por ejemplo, consideraron la moral
cristiana como indeseable para la acción política, pero nunca pusieron en tela
de juicio la personalidad de Cristo. Las propias enseñanzas teológicas
denominadas herejías cristológicas ponen de manifiesto hasta qué punto Cristo
ha sido y sigue siendo una piedra angular de la reflexión humana y no un
personaje al que se le puede condenar alegremente al olvido intelectual. Los
intelectuales serios que se han interesado por saber quién fue realmente Cristo
han sido respetuosos con su persona incluso siendo beligerantes con sus
seguidores, o afirman que Cristo desaprobaría hoy el Credo de la Iglesia. Con
el paso de los años y la experiencia he llegado a la conclusión de que el
silenciamiento progresivo de Cristo en el campo de la cultura actual es más
fruto de la ignorancia y de la mala educación que de una actitud hostil
deliberada hacia Él. Los casos de intelectuales que se han atrevido a
considerar a Cristo como un mito inventado por la Iglesia son irrelevantes y de
escasa o nula calidad intelectual. Ni siquiera a Karl Heinz Deschner en sus
ocho tomos sobre Historia criminal del
cristianismo le llegó a pasar por la mente que Jesucristo fuese un
personaje irreal o digno del olvido.
Entre los intelectuales de nuestro
tiempo hay muchos que reconocen la calidad del mensaje humanitario original y
no tienen reparo en declararse culturalmente cristianos. Ahora bien, es digno
de destaque su convicción más o menos velada de que la Iglesia institucional
habría desvirtuado, al menos en parte, el mensaje original de Cristo
presentando una imagen falseada del mismo. Esa falsificación se encontraría en
la presentación de un Jesús resucitado como garante infalible de otra vida
después de la muerte. Con el agravante de que esa presunta dimensión
trascendental de la personalidad de Jesús habría sido inculcada de forma
autoritaria. Últimamente la desconfianza en la Iglesia se ha agravado por su
postura oficial frente a la revolución sexual, las prácticas abortivas, la
destrucción de fetos humanos en la investigación científica y a la eutanasia
activa. Si a esto se añade la proliferación de grupos cristianos con rasgos
fundamentalistas dentro de la propia Iglesia, se comprende que estos
intelectuales piensen que se puede ser cristiano al margen de lo que la Iglesia
institucional piensa o enseña sobre la persona de Jesús y de su obra. Así las
cosas hay intelectuales que se declaran incondicionalmente cristianos por
cultura y explican después por qué no son cristianos, o por qué lo son. Todos
ellos coinciden en prescindir de lo que se conoce como Magisterio oficial de la
Jerarquía eclesiástica sobre la figura de Jesús. ¿Es intelectualmente razonable
esta actitud? Ciertamente no, pero de momento sólo me interesa constatar el
hecho.
Desde el punto de vista intelectual la
cuestión de fondo es siempre la misma: ¿Quién es el Jesús real sin cuyo
conocimiento resulta incomprensible el proceso de formación de la civilización
occidental y repercusión en el mundo entero? Chopra ha hecho el siguiente
balance de opiniones distribuidas en cinco grupos emblemáticos: 1) El
razonamiento literal. Según esta opinión el único Jesús auténtico es aquel del
que se habla en los relatos del Evangelio y no hay necesidad de buscarlo en
ninguna otra parte. 2) El argumento racionalista. En los sectores racionalistas
radicales se piensa que los datos objetivos sobre la figura de Jesús se
desvanecieron con el tiempo y los relatos evangélicos no constituyen una prueba
fiable de la existencia de la persona de Jesús. 3) El razonamiento místico. El
auténtico Jesús jamás tuvo existencia física ya que no es otra cosa que el
Espíritu Santo. 4) El razonamiento escéptico. Jesús jamás existió en la
realidad sino que es pura fantasía, fruto de la imaginación teológica. 5) El
razonamiento basado en la conciencia. O lo que es igual, Jesús sólo existe en
nuestra conciencia al nivel de la conciencia de Dios. Como es sabido, del
intento apasionado por ofrecer una figura de Jesús lo más fiel posible desde el
punto de vista intelectual, surgieron las célebres “herejías cristológicas”
como opiniones enfrentadas en el seno de la cristiandad.
5.
Opiniones “basura” sobre Jesús
Lo mismo que se habla de televisión e
información “basura” se puede hablar de opiniones “basura” sobre la figura de
Jesús. Las primeras se encuentran ya en los evangelios apócrifos en los que se
trata de suplir con la imaginación lo que históricamente era desconocido.
Actualmente están de moda los escritos sobre Jesús vinculados a corrientes
exotéricas y gnósticas en el contexto de la denominada New Age. Hay librerías saturadas de libros sensacionalistas en los
que se presentan imágenes y opiniones sobre Cristo desde el exoterismo de peor gusto hasta la religiosidad gnóstica
razonablemente más sospechosa. Otras veces la opinión sobre Jesús va asociada
al “secreto” de los templarios o la teosofía y la pseudo-mística. El periodismo
sensacionalista, los artistas faltos de juicio y la literatura fantástica e
irresponsable tienen aquí el terreno abonado para sembrar sinrazones y cosechar
dinero representando y escribiendo sobre los presuntos matrimonios, amores y
fracasos de Jesús, sin olvidar la competencia por situar su lugar de nacimiento
fuera de Palestina. Este tipo de literatura crea morbo y produce dinero.
Probablemente esa es la causa principal de su éxito.
Otras veces se falsea deliberadamente la
realidad histórica de Jesús en nombre del derecho a la libertad de expresión.
Como ejemplos recientes emblemáticos de esta actitud a escala mundial cabe
recordar, entre otros, el film La última
tentación de Cristo, de Scorsese, y más aún la novela de Dan Brown El Código da Vinci. Ningún estudioso
serio de la figura de Cristo se siente cómodo con este tipo de literatura y
arte “basura”. En todos estos escritos y representaciones hay una intención
subliminal intelectualmente obscena por parte de sus autores, incompatible con
la objetividad histórica y la razonabilidad. En mi opinión también merece ser
catalogada entre la “cristología basura” la pretensión de algunos que han
presentando a Jesús como un líder político nacionalista condenado a muerte por
los romanos por delito de sedición. Lo mismo cabe decir de las publicaciones
sensacionalistas en boga en las que se hacen hipótesis ridículas sobre la vida
de Jesús inspiradas en la literatura nóstica y apócrifa.
6.
La Cristología como conocimiento acerca de la persona de Cristo
El término Cristología significa
literalmente el estudio o discurso cognitivo sobre la persona de Cristo.
Tomando esta referencia como punto de partida resulta fácil divisar el panorama
histórico y humano que se nos ofrece a la vista. En términos globales la
Cristología o discurso cognitivo sobre Cristo abarca cualquier aspecto referido
prioritariamente al conocimiento de su persona, como son las diversas opiniones
vertidas sobre Él a lo largo de la historia, los tratados académicos de
Cristología y las biografías sobre Cristo. Hecha esta aclaración inicial cabe
deslindar esos campos de conocimiento de acuerdo con los modelos de estudio
siguientes.
1)
Modelo bíblico
Su objeto principal de estudio son los
textos de la Biblia y los especialistas en este tipo de investigaciones son los
exegetas y profesores de Sagrada Escritura en los centros teológicos. Primero
se estudia la integridad, autenticidad y valor histórico de los textos
recibidos para después descubrir el mensaje teológico que se nos ha intentado
transmitir con ellos. Y como esos escritos, sobre todo los del Nuevo
Testamento, giran directa o indirectamente todos en torno a los hechos y dichos
de Cristo, cabe hacer un balance de su personalidad siguiéndolos de cerca. Como
obra magistral de referencia de este modelo de Cristología bíblica cabe
destacar, entre otras muchas, la Vida de
Jesucristo según el Evangelio de Joseph M. LAGRANGE, O.P. En este contexto
se incluyen también bastantes de los proyectos biográficos o monografías sobre
la vida de Cristo escritas por creyentes que trataron de profundizar en los
fundamentos de su fe.
2)
Modelo histórico-eclesiástico
Por los relatos evangélicos sabemos que
los hombres y mujeres que siguieron de cerca a Jesús durante su vida mortal
sólo después de Pentecostés entendieron que los rasgos esenciales de la
personalidad de Jesús desbordaban por completo sus expectativas. Antes de la
resurrección estuvieron convencidos de que con su muerte se habían frustrado
las esperanzas que habían puesto en Él. Incluso durante el periodo de tiempo
transcurrido desde la Resurrección a Pentecostés, la idea que se habían formado
de Cristo era todavía inmadura. Incluso en la primera Iglesia de Jerusalén hubo
cristianos vinculados a la Sinagoga hasta su expulsión y surgió la conveniencia
de poner por escrito los hechos y dichos más relevantes de Jesús a fin de que
no se borrara su memoria con el paso del tiempo, y con ellos poder hacer frente
a las diversas opiniones que empezaron a surgir sobre la verdadera personalidad
del Crucificado, resucitado y no más visible ante sus ojos en este mundo. No en
vano el relato evangélico de Mateo tiene todos los visos de estar destinado a
afirmar entre los judíos cristianos la mesianidad de Jesús, pronosticada en el
Antiguo Testamento. Los otros relatos evangélicos coinciden plenamente en
destacar la personalidad divina de Cristo, lo mismo entre judíos que entre
paganos. Con la desaparición de los que conocieron de vista a Jesús y de sus
inmediatos colaboradores se acentuó el debate sobre su verdadera personalidad
bajo el influjo de las persecuciones y de la cultura dominante nada favorable a
las tesis teológicas de los relatos evangélicos.
Fueron surgiendo así las denominadas
herejías cristológicas. Para unos Cristo mereció ser llamado Dios, pero sin
dejar de ser hombre. Para otros, en cambio, fue Dios por encima de todo con
rasgos humanos sólo aparentes. Prevaleció la convicción de que Jesús fue plenamente
Dios y hombre al mismo tiempo. Pero tampoco en este punto las cosas parecían
claras y surgieron corrientes teológicas en constante pelea sin excluir en
algunos casos la violencia entre los seguidores de una u otra opinión. La
historia de las herejías cristológicas es una paradoja dramática. Por una parte
demuestra el interés por conocer lo más y mejor posible los rasgos personales y
el pensamiento de un ser maravilloso y sobrehumano como Jesucristo, y, por
otra, pone de manifiesto hasta qué punto durante esas peleas dialécticas muchas
veces se violó el mandamiento del respeto y del amor que el propio Cristo había
convertido en piedra angular de toda convivencia humana.
El número de los seguidores de Cristo se
incrementó durante los siglos pero se produjeron también grandes divisiones
internas entre ellos debido en buena parte a las diversas formas de entender y
aplicar el mensaje de Cristo a la vida personal y social. En el siglo XXI esas
diversas percepciones de la personalidad de Cristo se encuentran reflejadas en
tres grandes sectores del cristianismo conocidos genéricamente como católicos, ortodoxos y protestantes.
Pues bien, el modelo de Cristología que he denominado histórico-cristológico es
estudiado por los historiadores de la Iglesia y los expertos en ecumenismo. Con
esos estudios se trata de conocer lo más y mejor posible la personalidad de
Cristo y sus verdaderos objetivos redentores a fin de resolver felizmente y
sobre terreno firme los conflictos internos entre los propios cristianos. De esta
forma de conocer a Cristo se ocupan principalmente los historiadores de la
Iglesia en general, de los concilios en particular, y del ecumenismo.
3)
Modelo académico/racional
El ser humano es por naturaleza
reflexivo en el sentido de que siente la necesidad de comprobar que los datos
informativos que recibe se ajustan o no a la realidad. De ahí que, desde el
primer momento, los cristianos empezaron a preguntarse y a preguntar a otros
sobre la realidad de Cristo y el valor salvador de su mensaje. Surgió así la
reflexión teológica sobre la figura de Jesús y su mensaje de salvación. Los
protagonistas de este trabajo intelectual son conocidos como teólogos sin más. Su quehacer principal
consiste en ordenar y pasar por el filtro de la razón los datos suministrados
por los exegetas y los historiadores de la Iglesia sobre todo lo que se refiere
a Dios en sí mismo y en relación con el mundo y la humanidad. En ese contexto
aparece la Cristología según el modelo racional. En este sentido, cabe
distinguir un modelo de Cristología rigurosamente racional, y otro en el que se
combina el modelo bíblico con el racional. Como ejemplo práctico de Cristología
estrictamente racional sobresale el presentado por Tomás de Aquino en la
tercera parte de la Suma Teológica.
El Aquinate da por conocidos los datos
bíblicos sobre la personalidad de Cristo y trata de ordenarlos mentalmente y de
razonarlos. Por ejemplo, en base al dato suministrado por la Cristología
bíblica de que Dios se encarnó en la persona de Cristo, la mente humana siente
curiosidad por saber el motivo o razón por la que tuvo lugar ese
acontecimiento. ¿Es razonable que Dios se encarnara en la humanidad de Cristo?
¿Cómo se produjo ese fenómeno? ¿Hubo diferencia alguna sustancial entre la
naturaleza humana de Cristo y la del resto de los mortales? Y si fue un hombre
de pies a cabeza ¿cómo se compagina esto con su muerte y resurrección? El
Aquinate elabora su tratado de Cristología formulando por orden lógico una
serie de preguntas con sus correspondientes respuestas entorno a la persona de
Cristo a fin de demostrar que los datos facilitados por la Cristología bíblica
pueden ser asumidos razonablemente.
Este trabajo de conocer de forma
razonable quién fue realmente Cristo, sus hechos y dichos, se encuentra de
forma más o menos lograda en todos los tratados académicos de Cristología, cuyo
objeto inmediato es prioritariamente cognitivo. Queremos saber lo más y mejor
posible todo lo que se refiere a Cristo. Estos estudios cristológicos
enriquecen nuestro conocimiento acerca de Cristo sin que ello implique
necesariamente una adhesión incondicional a su persona y a su mensaje. Si la
paradoja socrática no es aplicable a la vida humana en general, lo es menos aún
aplicada a los conocimientos sobre la persona de Cristo. Otra cosa es que de su
conocimiento real y objetivo resulte inevitable algún tipo de admiración y
seguimiento. Pero el paso de la adhesión a Cristo por la sola vía del
conocimiento racional al seguimiento por la fe religiosa no es ni puede ser
automático. De hecho la mayor parte de la gente lo ha conocido antes por la fe
directa que por las sendas de la intelectualidad. Hago estas precisiones para
que se entienda mejor la diferencia entre la Cristología clásica académica y la
Biocristología en el sentido que la vamos a definir después. La Cristología de
Tomás de Aquino, mal entendida, puede ser tildada de racionalista por los
líderes de la Biocristología. Pero no me interesa aquí entrar en esa
apasionante discusión. Los tratados de Cristología pura, como proyectos académicos
o de simple divulgación, se han multiplicado con el paso de los siglos.
Obviamente no podía ser de otra manera una vez que Cristo es la piedra angular
del cristianismo y de la civilización occidental.
Dando ahora un salto del siglo XIII al
siglo XXI me parece oportuno mencionar otros dos ejemplos más de Cristología
pura o cognitiva. Por ejemplo, la obra de Joseph Ratzinger (Benedicto XVI) Jesús de Nazaret, en tres tomos. Es una
obra estructurada según el modelo bíblico de Lagrange, antes mencionado, pero
con una carga cognitiva de alto voltaje. Benedicto XVI antes de ser Papa fue un
catedrático cualificado de teología y la obra responde a la metodología y
estilo de un profesional de la teología académica que, como él mismo dice:
“este libro no es en modo alguno un acto magisterial, sino únicamente expresión
de mi búsqueda personal “del rostro del señor” (cf. Sal. 27,8). Por eso,
cualquiera es libre de contradecirme. Pido sólo a los lectores y lectoras esa
benevolencia inicial, sin la cual no hay comprensión posible”. De hecho, la
obra es una respuesta intelectual para intelectuales de la Cristología. Ya desde el principio deja muy claro que “la
grieta entre el “Jesús histórico” y el “Cristo de la fe” se hizo cada vez más
profunda”. Benedicto XVI trata de desmontar intelectualmente un tipo de
Cristología que promociona la percepción de la persona de Cristo exclusivamente
desde la historiografía con lo cual se pierde o se debilita la visión real y
objetiva de la verdadera persona de Jesús el llamado Cristo. Toda la obra es
una respuesta intelectual a ese empobrecimiento cognitivo producido por la
teoría del Cristo de la fe y el Cristo de la historia. Así de claro ya
en el prólogo: “Yo sólo he intentado, más allá de la interpretación meramente
histórico-crítica, aplicar los nuevos criterios metodológicos, que nos permiten
hacer una interpretación propiamente teológica de la Biblia, que exigen la fe,
sin por ello querer ni poder en modo alguno renunciar a la seriedad histórica”.
Otro ejemplo notable de cristología
cognitiva de alta calidad es el tratado de Felicísimo Martínez, O.P, Creer en Jesucristo. Vivir en cristiano.
Cristología y seguimiento (Estella, 2005). Se trata, sin duda, de una obra
magistral en la que el autor hace un discurso cognitivo admirable sobre la
persona de Cristo. Tiene de fondo, como Benedicto XVI, la teoría dicotómica del
Cristo de la fe y el Cristo de la historia. La obra es extensa, magistralmente
organizada, bien escrita y con un sentido realista implacable. Cualquier discurso
cognitivo serio sobre la persona de Cristo tiene que respetar la integridad de
su personalidad como ciudadano palestino que vive, muere y resucita de entre
los muertos. En nombre del principio de realidad no se puede hacer una loguía o discurso cristológico serio
cercenando su personalidad terrenal o creando un mito sobre su persona. Según
este teólogo, la Cristología exige proponer todo el significado de la persona,
vida, muerte y resurrección de Cristo a los hombres y mujeres de todos los
tiempos de una forma integral sin separar los atributos terrenales de la
persona de Cristo de los ingredientes de la fe religiosa en su persona.
No existieron ni existen realmente dos
Cristos, el histórico y el de la fe, sino uno solo que vivió, murió y resucitó
de entre los muertos en Palestina. Este es el Cristo que la Cristología ha de
proponer como paradigma o modelo de vida y no otro. Hacer Cristología, por
tanto, lleva consigo desentrañar cognitivamente ese modelo de vida que ha
quedado diseñado en Jesús de Nazaret y en todo lo que Dios ha desvelado con su
vida, muerte y resurrección. Cristología significa conocer y hablar de forma
razonable y realista de la vida, muerte y resurrección de Cristo sin separar el
núcleo histórico del núcleo de la fe, el Jesús histórico del Cristo de la fe.
Nos hallamos ante un tratado de Cristología pura en el que el realismo
cognitivo y la firmeza de la fe en Cristo por parte del autor no sólo no se
excluyen sino que se implican y enriquecen al mismo tiempo. Dicho lo cual, me
parece que ha llegado el momento de hablar sobre el significado y utilidad del
término Biocristología.
La Cristología pura tradicional tiene un
carácter prioritariamente cognitivo en orden a garantizar un conocimiento lo
más exhaustivo posible acerca de la persona de Cristo y al mismo tiempo razonar
el contenido de su mensaje de salvación humana. Para ilustrar esta afirmación
he citado un ejemplo emblemático del siglo XIII y dos del siglo XXI. El lector
puede completar estas referencias consultando los tratados académicos
procedentes de los profesores de Cristología así como las monografías y
biografías existentes sobre la persona de Cristo. En todos ellos predomina la
dimensión cognitiva sobre las vivencias cristianas y las adhesiones a la
persona de Cristo. Este es el aspecto que quería destacar para que se vea ahora
mejor dónde está la diferencia entre la Cristología sin más y la
Biocristología.
7.
La Biocristología como impacto directo de Cristo en la vida de las personas
La introducción de este término puede
parecer chocante si no pedante. Por ello me apresuro a decir que no se trata de
un capricho fuera de razón. Lo utilizo tomando como referencia el neologismo Bioética, el cual está invadiendo todos
los campos del saber y generando una forma de entender la vida humana al margen
totalmente de las creencias religiosas. Como termino de decir, la Cristología
pura tradicional va asociada al conocimiento de la persona de Cristo y de su
mensaje salvador. Pero la persona de Cristo y su expresión histórica en la cristiandad,
así como el estilo o talante de su seguimiento individual, son aspectos más
complejos de lo que puede parecer a simple vista. Por ello me ha parecido
oportuno introducir el término Biocristología
convencido de que nos ayudará a esclarecer esos aspectos tan complejos. Así
como la bioética, un término felizmente acuñado en 1971 y de reciente aparición
en los diccionarios, hace referencia a toda especie de vida sobre la tierra, la
Biocristología evoca inmediatamente el impacto vital, positivo o negativo, que
el conocimiento acerca de la persona de Cristo ha producido en quienes se han
acercado a Él, lo mismo creyentes que no creyentes. Me refiero al hecho
universalmente reconocido por los expertos de que la irrupción directa de
Cristo en la vida de las personas ha dejado y sigue dejando una huella profunda
difícil de borrar.
Llamo, pues, BIOCRISTOLOGÍA a la loguía o discurso sobre el impacto
emocional que produjo la persona de Cristo con sus hechos y dichos en quienes
le conocieron directamente y en quienes le han seguido a lo largo de la
historia, cristianos y no cristianos. Mientras la Cristología sin más centra
prioritariamente su atención en la loguía o discurso cognitivo sobre la persona
de Cristo y su mensaje a la humanidad, la Biocristología se centra
prioritariamente en el impacto emocional de Cristo sobre las personas que se
han acercado o se acercan a Él de cualquier forma. En este sentido la
Biocristología tiene mucho que ver con la experiencia mística personal y lo que
se denomina “cristianía”. Pero es un concepto más amplio por cuanto ese impacto
sobre la vida de las personas, que es lo específico de la biocristología, va
más allá de la experiencia mística o talante cristiano de cada persona o grupo
que cree en Él o le sigue. La “cristianía” se refiere a las diversas formas
individuales de expresar la fe cristiana mientras que la biocristología abarca
al discurso sobre el impacto vital que el conocimiento de Cristo produce en
cualquier persona que se acerca a Él, lo mismo si es religiosamente creyente
como si no lo es. Ese impacto emocional se refleja en las reacciones
personales, lo mismo positivas que negativas, de quienes, creyentes o no
creyentes, se acercan a la persona de Cristo por la vía del conocimiento, o de
cualquiera de los avatares de la vida. De hecho, es universalmente admitido que
nadie que se acerca a la figura de Jesús queda indiferente. Unos le siguen de
forma incondicional, otros, los menos, se mofan de Él, otros se conforman con
admirar su persona y su obra, o bien tratan de reducir al silencio su memoria,
que es una actitud posmoderna muy frecuente. En cualquier caso lo cierto es que
nadie permanece indiferente ante la persona de Cristo y su obra.
Los primeros emocionalmente impactados
por Jesús fueron sus propios conciudadanos palestinos, sus primeros discípulos
y, sobre todo, los apóstoles, entre los cuales Pablo constituye un caso
emblemático. La biocristología nació con sus seguidores inmediatos desde que
entraron en contacto con Él hasta Pentecostés. Hasta aquel momento revelador
decisivo sus discípulos y Apóstoles le siguieron a golpes de impactos
emocionales sin conocer a ciencia cierta si era o no era el Mesías esperado y
cómo había que interpretar sus hechos y dichos siempre sorprendentes para unos
y desconcertantes para otros. Los dos momentos impactantes troncales, según los
relatos evangélicos, fueron la sorpresa inesperada de su resurrección o vuelta
a la vida después de muerto, y el fenómeno revelador de Pentecostés. Hasta
Pentecostés no hubo cristología propiamente dicha como loguía o discurso intelectual sobre la persona de Cristo y su obra
redentora. Hubo biocristología sin más, en el sentido de que la gente le seguía
tras ser impactada emocionalmente por sus hechos y dichos y no como resultado
final de un proceso intelectual de conocimiento sobre su persona. El caso de
Pablo de Tarso es un ejemplo emblemático de biocristología práctica personal. Y
lo mismo puede decirse de cada uno de los Apóstoles, los cuales vivieron
permanentemente sorprendidos por Jesús hasta el día estelar de Pentecostés en
que empezaron a entender los hechos y dichos de Cristo. A partir de aquel gran acontecimiento
revelador se empezó a sentir con el paso del tiempo la necesidad de iniciar
estudios históricos, racionales e interpretativos sobre la persona de Cristo y
su obra redentora en el contexto de nuestra historia personal y social.
Ahora bien, el resultado de esos
estudios es muy relativo porque está condicionado a las limitaciones personales
de conocimiento de cada investigador y su contexto social. De ahí los diversos
modelos de cristología surgidos a lo largo de veinte siglos de historia del
cristianismo. Hasta Pentecostés prevaleció la biocristología como impacto
emocional inmediato de la persona de Cristo sobre sus más allegados y
contemporáneos. Actualmente la biocristología se alimenta de la práctica
cristiana del amor y la experiencia de la vida, y convive con la Cristología
como discurso exegético, histórico, sistemático y místico sobre la persona de
Cristo y su obra redentora. Lo cual significa que es posible poseer
conocimientos objetivos de gran calidad sobre la persona de Cristo y carecer al
mismo tiempo del impacto de la fe religiosa en Él. Y viceversa. Hay personas
que llevan una vida cristiana ejemplar de acuerdo con los hechos y dichos de
Jesús sin poseer conocimientos exegéticos, históricos o teológicos científica o
académicamente significativos. Existen los cristianos que hacen el bien guiados
por la fe del carbonero y el sentido común y los cultos y eruditos sobre cuestiones
teológicas que hacen de su capa un sayo al margen de Cristo y de sus reglas de
vida.
La realidad es que ni la Cristología
como discurso cognitivo sobre los hechos y dichos de Jesús conducen
necesariamente a su seguimiento, ni la Biocristología como impacto emocional de
la persona de Cristo significa que la idea o percepción subjetiva que se tiene
de la persona de Cristo sea exacta o la más perfecta. Ni en Cristología ni en
Biocristología es válida la “paradoja socrática”. La experiencia de la vida
desmiente que el conocimiento objetivo de la persona de Cristo (cristología
pura) conduzca necesariamente al amor cristiano, o que el seguimiento
apasionado de Cristo (biocristología pura) garantice automáticamente la calidad
de nuestros conocimientos sobre sus hechos y dichos. Lo ideal sería compaginar
nuestra percepción cognitiva y emocional de la persona de Cristo en lugar de
separarlas, que es lo que actualmente está ocurriendo. Como ejemplos prácticos
de Biocristología a la altura de nuestro tiempo me parece oportuno destacar a
continuación cuatro obras. Una del siglo XIX y tres actuales, que han suscitado
reacciones críticas importantes.
8.
La Vida de Jesús, de Ernesto Renán (1823-1892)
Ernesto Renán fue un hombre fascinado
por la figura del Mesías y, como es sabido, se embarcó en una crítica
racionalista visceral contra el cristianismo. Hasta tal extremo que su Vida de Jesús fue considerada como una
ofensa al mundo cristiano. Director del Colegio de Francia, es autor de una
Historia del pueblo de Israel y una Historia de los orígenes del cristianismo y
falleció en 1892. La Vida de Jesús de Renán puede ser considerada como el
modelo de referencia más emblemático de la biocristología moderna en contraste
con la Cristología sin más de todos los tiempos. Para corroborar esta
afirmación basta recordar algunos pasajes del último capítulo de la obra donde
hace una síntesis de lo que él consideraba como el carácter esencial de la obra
de Jesús.
El impacto emocional de la persona de
Jesús sobre los suyos debió ser tal que Renán escribe: “La obra esencial de
Jesús consistió en crearse alrededor suyo un círculo de discípulos a quienes
inspiró un afecto sin límites y en cuyo seno depositó el germen de su nueva
doctrina. Hacerse amar hasta el extremo de no cesar de amarle después de su
muerte; he ahí la obra maestra de Jesús, la que más admiración causó a sus
contemporáneos. Su doctrina era tan poco dogmática, que jamás se le ocurrió
escribirla ni mandar que la escribiesen. Para ser discípulo de Jesús no se necesitaba
creer en tal o cual cosa, lo que se necesitaba era adherirse a él, amarle
entrañablemente. Lo que después de su muerte quedó de él fueron algunas
sentencias que desde muy temprano se recogieron de memoria y, sobre todo, su
tipo moral y la impresión que había producido”. Según Renán, los doctores de la
Iglesia griega, a partir del siglo IV, condujeron a los cristianos por una
senda de discusiones metafísicas pueriles, y los escolásticos medievales
latinos terminaron reduciendo el mensaje cristiano a una Suma colosal de artículos, refiriéndose a la Suma Teológica de Sto. Tomás. Unos y otros no habrían hecho otra
cosa que desviar y corromper el mensaje cristiano original, que no habría sido
otro que “adherirse a Jesús con la esperanza del reino de Dios: tal fue, matiza
Renán, lo que en un principio se llamó ser cristiano”. Más adelante pone a Cristo en el nivel de los
grandes hombres de la historia con estas palabras: “Jesús fundó la religión de
la humanidad, así como Sócrates fundó la filosofía y Aristóteles fundó la
ciencia. Antes de Aristóteles y de Sócrates hubo ciencia y filosofía; después
de ellos, la filosofía y la ciencia han hecho inmensos progresos; pero todos
sus adelantos descansan en la ancha base establecida por aquellos grandes
hombres. De igual manera, la idea religiosa había atravesado antes de Jesús
muchas revoluciones; después de Jesús se han hecho grandes conquistas; pero ni
se ha salido ni podrá salirse nunca de la noción creada por el mártir del
Gólgota, porque él fue quien fijó para siempre la idea del culto puro. Desde
este punto de vista la religión de Jesús es ilimitada. Jesús permanecerá siendo
en religión el creador del sentimiento puro y no habrá nada más allá del Sermón
de la montaña”. Y añade: “Ninguna revolución podrá impedir que sigamos en
materia religiosa la gran idea intelectual y moral a cuyo frente brilla el
nombre de Jesús. Bajo este concepto somos cristianos aún separándonos sobre
casi todos los puntos de la tradición que nos ha precedido”. Y en otro lugar: “Jesús salió sin duda del
judaísmo; pero salió de él como Sócrates salió de las escuelas de sofistas,
como Lutero de la Edad Media, como Lamennais del catolicismo y Rousseau del
siglo dieciocho”. Jesús, además, habría
consumado una ruptura en toda regla con el judaísmo y no estuvo exento
de faltas y pecados. A pesar de todo, cualesquiera que sean los acontecimientos
que tengan lugar en el futuro, “nadie sobrepujará a Jesús. Su culto se
rejuvenecerá incesantemente, su leyenda provocará lágrimas sin cuento, su martirio
enternecerá los mejores corazones y todos los siglos proclamarán que entre los
hijos de los hombres no ha nacido ninguno que pueda comparársele”. Con estas
palabras concluyó Ernest Renán su famosa y polémica obra Vida de Jesús.
Renán fue un hombre fascinado por la
persona y el mensaje humanístico de Jesús y, en consecuencia, no planteó
ninguna duda sobre su existencia y la necesidad práctica de asumir sus
enseñanzas. Sin embargo, fascinado también por la mentalidad racionalista de la
época, consideró que la Iglesia y sus teólogos habrían deformado a lo largo de
la historia el verdadero rostro de Cristo y de su mensaje humanitario. De ahí
que Renán se planteara la cuestión sobre su abandono de la Iglesia convencido
de que, para ser cristiano, lo único necesario es seguir a Cristo por libre
como referente supremo de humanidad en este mundo y para este mundo. Renán
estaba fascinado por la persona de Jesús y decepcionado por el trato que, según
él, había recibido por parte de la Iglesia y sus teólogos atribuyendo a Cristo
una condición divina que Renán interpretaba como afirmación de su grandeza
humana incomparable y nada más. Para Renán, como para cualquier racionalista de
la estricta observancia, si Dios existiera, Cristo sería lo más parecido a Él.
El calificativo de “divino” se aplica con frecuencia a personas y cosas dotadas
de cualidades extraordinarias, entre las cuales se encuentra la persona y la
obra de Cristo. Eso es todo, según Renán. Todo lo demás serían imposiciones
dogmáticas por parte de la Iglesia y de sus teólogos más incondicionales. Renán puede ser considerado como el padre de
la actual biocristología como alternativa a la cristología cognitiva
tradicional. En este contexto se ignora o niega el carácter realmente divino de
la persona de Cristo, se afirma el valor histórico y humanitario de su mensaje
al tiempo que se prescinde del modelo cristológico legado por la Iglesia.
Cristo no es el rostro visible de Dios ni conduce a Dios sino a la cumbre de la
perfección humana y social. En el mejor de los casos, según otros, la persona
de Cristo nos acerca siempre a Dios de una manera peculiar y nos deja con Él.
Eso sí, más por la vía libre que acatando el Magisterio secular de la Iglesia
sobre la figura y la obra de Jesús. En esta línea cabe destacar las tres obras
siguientes por su buena aceptación publicitaria y comercial.
9.
Última noticia de Jesús el Nazareno
En 1997 el periodista Lluís Busquets
Grabulosa publicó la obra titulada Última
noticia de Jesús el nazareno, la cual puede ser considerada como otro
referente de actualidad interesante para definir el significado la
biocristología por relación a la Cristología propiamente dicha. El autor se
confiesa creyente, ha realizado estudios superiores de teología y en su
profesión de escritor y periodista ha cultivado el género novelístico. Con
estos datos sólo quiero resaltar la cualidad de buen comunicador del autor. La
obra lleva el prólogo del Obispo Pedro Casaldáliga, el cual escribe: “Has
escrito un libro oportunísimo. Entre la maraña de novelas y películas, de
ignorancia y curiosidad, de diatribas confesionales y de aterradoras
iconoclastias, tú, en tanto que “un humilde secular creyente”, como dices,
haces serena, crítica y libremente confesión de fe en Jesús el Mesías. Una
confesión fundamentada “a partir de los últimos datos exegéticos y
arqueológicos y desde la perspectiva de la teología de la liberación”. Entre
los simpatizantes del enfoque de Busquets, Josep María Terricabras se expresó
así: “Una obra que critica la falta de fidelidad al mensaje y la obra de Jesús
expresadas por la Iglesia Católica, pero desde una versión de creyente. En
palabras del autor, “creo en Jesús, pero no en un Jesús mitificado y flagelado
de esa forma”. El prólogo de Casaldáliga
es una carta muy emotiva al autor, el cual, a su vez, justifica la publicación
del libro con otra confesión emocional (a corazón abierto) con la pretensión
explícita de plasmar una nueva imagen de Jesús en estos primeros años del siglo
XXI. Busquets, como Renán, es un hombre impactado y fascinado por la figura de
Jesús el cual ha rasgado los tiempos históricos. Sin embargo, la Iglesia habría
desviado su mensaje a lo largo de la historia y él se considera llamado a
recomponer el verdadero rostro histórico de Jesús desfigurado. Nos encontramos
ante un periodista que ha estudiado teología y quiere desmitificar la figura de
Jesucristo.
Uno de los referentes de fondo para
llevar a buen término este trabajo, además del estudio minucioso de los datos
históricos, sería la teología de la liberación como criterio y punto de mira.
En la conclusión del libro el autor hace su propia confesión de fe en
Jesucristo redactando “un Credo, mi propio Credo –matiza-, porque no sabía cómo
terminar todo mi proceso desconstructor y reconstructor. Lo escribí sólo para
mí”. Este proceso desconstructor y reconstructor significa desmontar desde los
cimientos la imagen de Cristo transmitida a lo largo de los siglos por la
Iglesia institucional para reconstruirla a su imagen y semejanza. Quiero decir,
a imagen y semejanza de la percepción cognitiva y emocional del propio
Busquets. Las últimas palabras
conclusivas son una amenaza implícita a la Iglesia. “Si esta Última noticia de Jesús el Nazareno,
esta bienintencionada deconstrucción-reconstrucción, se tilda con cualquier
adjetivo anatematizador, entonces quizás habrá llegado el momento de exigir a
la Iglesia su valiente desconstrucción y reconstrucción, con coraje y sin
excusas, que para esto tiene universidades y expertos –no simples diletantes
más o menos cualificados como un servidor- que manejan documentos de primer
orden y pueden estudiar los textos bíblicos con toda la atención y profundidad
que requieren. Porque sin reconstrucción corremos el riesgo de que sólo nos
quede el disfraz de un Jesús reflejado en mil espejuelos, un Jesús de mascarada
pseudo-cubista, que podría resultar una caricatura, una estafa o -lo que sería
peor- la nada como base en la que apoyar nuestra fe”. Sorprendentemente esta
obra no suscitó ninguna polémica digna de mención por parte de los profesionales
de la Cristología. ¿Porque sus fallos cognitivos y puntos de mira tendenciosos
y amenazadores resultan demasiado manifiestos?
10.
El “tercer Jesús”
¿Quién es Jesucristo? Esta es la
cuestión. El autor de El tercer Jesús
nos da una respuesta en la que desafía las creencias actuales sobre la persona
de Jesús. Según Deepak Chopra, no hay un solo Jesús, sino tres. En primer
lugar, hay un Jesús histórico que es el hombre de carne y hueso que vivió hace
dos mil años y cuyas enseñanzas constituyen la base de la teología y del
pensamiento cristiano. El segundo Jesús es el hijo de Dios, o sea, el que ha
llegado a encarnar una religión institucionalizada con devotos creyentes. Y
detrás de esas dos imágenes se encuentra el Jesúa
o Cristo cósmico, que sería el guía
espiritual cuyas enseñanzas se dirigen a toda la humanidad. Este Jesús cósmico,
según Chopra, es el que habla a los individuos que desean encontrar a Dios como
experiencia personal y alcanzar la iluminación espiritual. Al interpretar el
Nuevo Testamento de esta manera volviendo, según él, a lo esencial del mensaje
de Jesús, el tercer Jesús es capaz de transformar nuestras vidas y a la
humanidad. Según palabras del autor
durante una entrevista (El Mundo/12/VII/2008): “Creo, dijo, que para entender a
Jesús no hay ninguna necesidad de abrazar los dogmas del cristianismo. Es más,
no creo que Jesús fuera cristiano si viviera hoy en día. Tampoco creo que Buda
fuera budista, ni Mahoma musulmán. Las religiones son instituciones que se
crean mucho después, e interpretan a su manera las enseñanzas originales de los
dogmas. ¿Cuándo surge el cristianismo como institución? Unos 300 años después
de Cristo, y en ese momento ya no tiene nada que ver con Jesús. Lo digo con
todos mis respetos, pues yo mismo me eduqué en una escuela católica y en su
momento me atrajeron todos sus rituales. Pero aquella idea de Dios como una
figura todopoderosa a la que hay que tener miedo es muy distinta a la idea de
Dios que tengo ahora. Y también la idea de Jesús: yo reivindico un “Cristo
cósmico”, un guía espiritual que puede valer por igual a toda la humanidad sin
necesidad de abrazar un credo”. Textualmente: “Hay un Jesús histórico, acerca
del que sabemos muy poco. Hay otro Jesús del que se ha apoderado el
cristianismo; fue creado por la Iglesia para satisfacer sus intereses. El
tercer Jesús, sobre el que trata este libro, es tan desconocido que ni los más
devotos cristianos sospechan de su existencia. Y sin embargo ese es el Cristo
que no podemos-no debemos-ignorar”. Y en otro lugar: “…con el correr de los
siglos las enseñanzas de Jesús se han confundido, ocultado, alterado,
corrompido o perdido”. Más aún: “Huestes de santos, concilios eclesiásticos,
sabios teólogos y papas han alterado las enseñanzas de Jesús asumiendo su autoridad”.
Deepak Chopra, indio de origen, médico
de profesión y educado durante algún tiempo en la escuela católica, es
actualmente el principal representante del sincretismo posmodernidad-new age e
hinduismo tradicional. Cualquier cosa menos un hombre que cultiva la razón
objetiva y serena. Su visión de Cristo se encuentra plenamente en la línea del
impacto emocional que caracteriza a la biocristología así como la apología de
la conciencia y de las creencias personales frente a cualquier imposición o
norma dogmática proveniente de las religiones tradicionales. Chopra reconoce la
grandeza e importancia de la figura de Cristo pero lo descabeza reivindicando
la figura de un Cristo a su imagen y semejanza emocional e hinduista contra la
imagen cristológica o cognitiva transmitida por la Iglesia y la historia
cristiana a lo largo y tendido de veinte siglos. Esta ingeniosa proposición de
un tercer Cristo sería aceptable como crítica a las miserias humanas de los
cristianos de todos los tiempos, pero no lo es en absoluto como proposición
cristológica seria y responsable.
11.
Jesús. Aproximación histórica
Si el libro de Busquets pasó casi
desapercibido fuera del mundo de allegados y amigos, no así el de José Antonio
Pagola. Esta obra tuvo un gran éxito editorial inmediato y dio lugar a una
cascada de críticas negativas que culminaron con una Nota desfavorable de la Conferencia Episcopal Española. El enfoque
biocristológico del libro de José Antonio Pagola aparece ya en la presentación
o prólogo. Jesús es un galileo fascinante sobre el cual no es posible escribir
una biografía en el sentido moderno de la palabra. “Sin embargo –dice-
conocemos el impacto que produjo Jesús en quienes le conocieron. Sabemos cómo
fue recordado: el perfil de su persona, los rasgos básicos de su actuación, las
líneas de fuerza y el contenido esencial de su mensaje, la atracción que
despertó en algunos y la hostilidad que generó en otros”.
¿Qué es lo que impactó y fascinó a los
que conocieron a Jesús? ¿Qué es lo que percibieron de Él y de su actuación y su
mensaje? Esto es lo que el autor nos ha querido contar: la experiencia que
vivieron quienes se encontraron con Jesús. Y matiza: “La reflexión teológica es
necesaria e indispensable para ahondar en la fe cristiana, pero no podemos
permitir que quede encerrada en conceptos y esquemas que van perdiendo su
fuerza en la medida en que la experiencia humana va evolucionando. La vida
concreta de Jesús es la que sacude el alma; sus palabras sencillas y
penetrantes seducen”. Y matiza: “Es difícil acercarse a él y no quedar atraído
por su persona”. Por si cupieran dudas, confiesa abiertamente que escribe este
libro “desde la Iglesia católica” y que se siente “lejos de haber captado todo
el misterio de Jesús. Sólo espero no haberlo traicionado demasiado. En
cualquier caso, añade, el encuentro con Jesús no es fruto de la investigación
histórica ni de la reflexión doctrinal. Sólo acontece en la adhesión interior y
en el seguimiento fiel”.
Confieso que cuando comencé a leer este
libro sin más conocimiento del mismo que la noticia de su publicación, tuve una
inicial sensación de agrado por la forma literaria y el modo atractivo de
incitar a conocer a Jesús. Pero a medida que avanzaba en su lectura surgían las
sorpresas. Empecé a tener la impresión de que había importantes omisiones
deliberadas, interpretaciones emocionales poco o nada objetivas de pasajes
bíblicos, así como la proposición emotiva de un Cristo histórico edulcorado con
poca base real contra otro Cristo presuntamente inventado por los creyentes e
impuesto por la Iglesia. Así las cosas, busqué información y me encontré con
algunas declaraciones críticas importantes provenientes de expertos en
cristología. Luego conocí la respuesta que el autor publicó a esas primeras
críticas, en la cual se confirmó mi sospecha de que la obra en cuestión no
podía ser catalogada como un estudio cristológico cognitivo propiamente dicho
sino como un modelo típico de lo que he denominado biocristología al estilo de
Renán, Chopra y Busquets con un destaque del impacto emocional aún más
explícito y atractivo.
José Antonio Pagola respondió en
Internet a las primeras críticas de su obra quejándose de que en la diócesis de
Tarazona habían aparecido diversos escritos “contra mi libro y contra mi
persona”. Luego dice que estas críticas le han hecho bien porque le han ayudado
a rezar mejor algunos salmos y a seguir a Jesús más de cerca que nunca. En el
párrafo tercero dice que reza por los que le condenan y rechazan en un momento
de profunda crisis “que estamos sufriendo todos sin saber exactamente cómo
caminar hacia un futuro más fiel al Evangelio”. Luego, hablando siempre en
plural, dice creer que “nuestro problema principal no es la precisión teológica
en la formulación de la doctrina de la Iglesia” sino la actitud de conversión a
Dios. Confiesa que se le parte el alma al ver cómo sufren con él sus familiares
y amigos. Más aún: “Pienso también en lo que pueden sufrir pronto el obispo de
Tarazona y quienes me condenan, al menos si leen y escuchan lo que se está
diciendo contra ellos”. No sabe si ese sufrimiento es necesario pero él trata
de humanizarlo y orientarlo “hacia la búsqueda de una Iglesia más fiel al
evangelio”. En el número sexto confiesa tener la impresión de “que algunos
sectores de la Iglesia quieren acallar mi voz y apagarla. Según ellos, hace
daño a la Iglesia”. Así las cosas anuncia que se está preparando “para
responder a tanto ataque y condena”. Eso sí, en tono evangélico y buenas
palabras, no tanto para defender su libro cuanto para que la Iglesia se convierta
y sobreviva entre nosotros. Y termina: “Lo que busco es que no seamos los
teólogos ni los obispos los que cerremos a la gente sencilla las puertas para
encontrarse con Jesucristo, el único que puede salvar a nuestra Iglesia. Me
esforzaré por mostrar mi verdad humana, cristiana y teológica con mi vida más
que con mis escritos”.
Como puede observarse, esta respuesta de
José Antonio Pagola es emocional y no responde a las críticas que le hacen
desde el análisis objetivo de las mismas. Se declara víctima y anuncia que se
prepara para responder “a tanto ataque y condena” e implica en su dolor a
familiares y amigos. Por otra parte, en lugar de asumir la responsabilidad
personal de lo que escribe en su libro, como hace cualquier autor responsable,
habla en plural implicando a teólogos y a la Iglesia en general como si su
punto de vista sobre la persona y personalidad de Cristo debiera ser compartido
“a priori” por todos como garantía de verdad. Nuestro autor responde a las
críticas expresando su estado emocional y buena intención pero no responde
objetivamente a las críticas que le han dirigido. Pero veamos si en la
respuesta prometida con más calma emocional supera estos defectos.
12.
La respuesta prometida
Con el título La verdad nos hará libres José Antonio Pagola publicó en enero del
2008 la respuesta prometida a lo largo de 22 densos folios. En la introducción
se reafirmó en la intencionalidad de su obra repitiendo casi literalmente las
palabras antes citadas: “Lo que busco es que no seamos los teólogos ni la
jerarquía los que cerremos a la gente sencilla las puertas para un encuentro
vital y renovador con Jesús y con su evangelio. No quiero juzgar a los autores
de estos escritos ni a quienes se afanan por difundirlos”. Y poco después:
“Sólo quiero ayudar a la gente a conocer, amar y seguir más fielmente a
Jesucristo”.
La respuesta está articulada en diez
apartados en cada uno de los cuales expone lo que dicen sus críticos y su
respuesta para terminar dirigiendo unas preguntas a los mismos. Globalmente esta
extensa respuesta adolece de un defecto fundamental que consiste en abusar
sistemáticamente de la conocida falacia dialéctica del argumento “ad hominem”.
En lugar de refutar o desautorizar el contenido de las críticas que le dirigen
centra su atención en desautorizar a las personas que le critican. Por ejemplo,
termina el apartado primero dejando en el aire esta pregunta: “¿Es este el
lenguaje y la actitud que hemos de promover en la Iglesia para crear comunión y
diálogo en el seguimiento fiel a Jesús?”.
Pagola ha descrito con gran fidelidad las críticas que le han dirigido y
como respuesta se limita a dejar estas preguntas en el aire contra las personas
que han criticado su libro. Se olvida de que aún en el caso de que el lenguaje
utilizado por sus críticos no fuera el adecuado, de ahí no se sigue que el
contenido de las críticas no sea objetivo y verdadero.
Otro ejemplo tomado del final del
apartado segundo. “¿Cómo se ha de explicar un error tan grave en el análisis y
la condena de mi libro por parte de este grupo de autores? Se debe a que, según
me dicen, ninguno de ellos es exegeta ni biblista? ¿Se debe a un planteamiento
precipitado? Pero, entonces, ¿cómo se explica una condena pública tan rotunda,
unánime y segura, sin escuchar al autor y sin debatirlo entre teólogos? ¿No
resulta particularmente insólita la intervención de un obispo? ¿Es
pastoralmente adecuado que el Obispo de una Iglesia diocesana prescinda de la
Conferencia Episcopal y del Obispo del autor, para, después de una lectura
individual, condenar públicamente un libro, a tres meses de su aparición? Es
este el camino mejor para orientar evangélicamente a los creyentes?”
Y así sistemáticamente termina los diez
apartados con preguntas al aire descalificando moralmente a sus críticos pero sin
contestar casi nunca a sus argumentos relacionados con el libro. Las mismas
preguntas que hace a los críticos son a veces chocantes y llenas de prejuicios.
Por ejemplo, puede ser o no ser pastoralmente prudente que un obispo se
pronuncie por su cuenta y riesgo a opinar sobre los escritos de un biblista o
teólogo, pero está siempre en su pleno derecho de hacerlo y en ocasiones en la
obligación. Quien libremente escribe y publica un libro tiene que reconocer a
sus lectores el derecho a expresar su opinión favorable o desfavorable del
mismo. Leyendo la respuesta de Pagola entre líneas, uno tiene la impresión de
que él debe disfrutar de plena libertad de expresión para escribir su libro
pero no los lectores para criticarlo. Resumiendo. La primera respuesta es, a
todas luces, emocional y, por lo mismo, carente de valor científico o
teológico. En ella se refleja su estado de ánimo inseguro frente a las críticas
que hacen a su libro y a las que no responde. En lugar de escuchar y tratar de
comprender las razones de sus críticos se emociona como si fuera atacada su
persona y solicita ayuda emocional de emergencia. Ahora bien, la respuesta
emocional es el signo inequívoco de que no se siente seguro de todo lo que dice
en su libro. Cuando uno escribe y está seguro de lo que dice o escribe no tiene
miedo a las críticas, y, si son objetivas, siempre se aprende algo de ellas. Y
si no son objetivas hay dos opciones fáciles. Una, responder, si se lo
considera útil para alguien, con aclaraciones y razonamientos pertinentes.
Otra, pasar elegantemente de largo sin entrar en polémica con nadie. Cualquier
cosa menos emocionarse e interpretar las críticas como un ataque personal
creando una situación de alarmismo para atraer la atención de todos. La segunda
respuesta incurre casi siempre en la falacia del argumento “ad hominem”, unas
veces echando balones fuera escudándose en que otros piensan igual que él, y
más aún interpretando las críticas como ataques personales sin responder de
hecho a los argumentos desfavorables de sus críticos. Con lo cual no quiero
decir que a estos les acompañe siempre la razón. No es mi propósito hacer aquí
una crítica personal pormenorizada de esta obra sino sólo ponerla como ejemplo
de una forma de hablar de Cristo cada vez más frecuente, que se desmarca de la
cristología cognitiva clásica y que he denominado biocristología.
La intención del autor no puede ser
mejor y no dudo del bien que la lectura del libro puede hacer a un determinado
tipo de lectores. A otros, en cambio, nos deja a medio camino por su discutible
metodología y en algunos casos por defecto de contenido sólido. El hecho de que
sea sólo una “aproximación” a la figura de Jesús no justifica eludir
sistemáticamente cuestiones importantes o infravalorar textos de los relatos
evangélicos de difícil interpretación sin aportar las pruebas que legitimen el
trato que les dispensa. Dicho lo cual, me es grato añadir lo siguiente. Cuando
yo hice la propuesta de distinguir entre la cristología cognitiva en sentido
amplio y sus diversos modelos, y la biocristología o cristología del impacto de
los hechos y dichos de Jesús sobre las personas, me pareció que el libro de
José Antonio Pagola, para comprender su valor, había que ubicarlo en este
contexto bio-cristológico y no estrictamente cristológico. Pues bien, me ha
resultado grato constatar que el propio Pagola me ha dado la razón en el
segundo apartado de su segunda respuesta a los críticos hablando de la
verdadera naturaleza de un estudio histórico de Jesús.
En este lugar acusa a sus críticos de no
distinguir entre “investigación histórica” y “cristología”. Dice textualmente:
“Siempre ha buscado la teología católica diferenciar bien el estudio de la
dimensión humana de Jesús (jesuología) y el estudio de la fe cristiana en
Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre por nuestra salvación (cristología). Pero
hemos de agradecer de manera especial las precisiones llevadas a cabo por John.
P. Meier, el más eminente investigador católico sobre el Jesús histórico en su
obra «Un judío marginal: nueva visión del Jesús histórico». Este esfuerzo
clarificador de Meier ha sido aceptado de manera muy positiva por la mayoría de
los exegetas católicos (aunque con algunas matizaciones) y su obra ha sido
considerada por Benedicto XVI como «modelo de exégesis histórico-crítica en la
que se ponen de manifiesto tanto la importancia como los límites de esta
disciplina» (Jesús de Nazaret, p.144). Siguiendo sobre todo a Meier, los
investigadores católicos distinguen hoy claramente entre un «estudio histórico
sobre Jesús», llevado a cabo según los criterios propuestos por la Pontificia
Comisión Bíblica (La interpretación de la Biblia en la Iglesia) en 1993, y la
«cristología» que es el tratado de teología dogmática que estudia y expone el
contenido de la fe en Jesucristo tal como es confesada por la Iglesia
católica”. Hecha esta distinción entre jesuología
y cristología en sentido estricto,
responde a sus críticos diciendo que “exigen de un estudio de “aproximación
histórica” a Jesús lo que sólo se ha de pedir a la “cristología”. Y más
adelante: “Analizan mi libro de investigación histórica como si fuera un
tratado de cristología”. E insiste: “En mi libro no pretendo, como es natural,
exponer una cristología”. Personalmente tengo la impresión de que José Antonio
Pagola ha escrito de hecho un tratado atractivo “sui generis” sobre la persona
de Jesús marginando deliberadamente el magisterio de la Iglesia sobre algunos
aspectos sustanciales de la persona y obra de Cristo. Está en su derecho el
hacerlo pero también en la obligación de aceptar que los críticos manifiesten
sus opiniones sobre lo que consideran fallos metodológicos y carencias
importantes de contenido en su libro. Sin embargo, esta distinción entre jesuología y cristolología, por más que parezca una sutileza verbal, está en la
línea de la distinción entre cristología y biocristología
que yo propongo y cuya utilidad no es despreciable. Después de lo dicho sobre la obra de José
Antonio Pagola es de honestidad intelectual recordar las observaciones críticas
presentadas en junio de 2008 por la Conferencia Episcopal Española sobre dicha
obra. Sobre todo teniendo en cuenta que el autor no disimula en algún momento
la pretensión de convertirse en referente indispensable para conocer con
objetividad la persona de Cristo. En términos de la psicología moderna cabría
decir que el autor está algo tocado por el “complejo de redentor” como si la
Iglesia y los cristianos tuviéramos pocas perspectivas de futuro a menos que
nos convirtamos a su modo de presentar la figura de Jesús. Lo cual me parece
una forma de pensar demasiado pesimista, por un lado, y algo presumida y poco
realista, por otro.
13.
Nota de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española
En la reproducción del texto he omitido
los párrafos protocolarios y las notas técnicas del documento. “Desde el punto
de vista metodológico, tres son las deficiencias principales de la obra Jesús.
Aproximación histórica: a) la ruptura que, de hecho, se establece entre la fe y
la historia; b) la desconfianza respecto a la historicidad de los evangelios;
y, c) la lectura de la historia de Jesús desde unos presupuestos que acaban
tergiversándola. Las deficiencias doctrinales pueden resumirse en seis: a)
presentación reduccionista de Jesús como un mero profeta; b) negación de su
conciencia filial divina; c) negación del sentido redentor dado por Jesús a su
muerte; d) oscurecimiento de la realidad del pecado y del sentido del perdón;
e) negación de la intención de Jesús de fundar la Iglesia como comunidad
jerárquica; y, f) confusión sobre el carácter histórico, real y trascendente de
la resurrección de Jesús”. Seguidamente el documento describe minuciosamente y
valora estas deficiencias.
1. CUESTIONES METODOLÓGICAS
a)
Ruptura entre fe e investigación histórica
Los escritos del Nuevo Testamento son,
ciertamente, documentos de fe, pero «no [por ello] son menos atendibles, en el
conjunto de sus relatos, como testimonios históricos». Los autores sagrados no
se han limitado a poner por escrito sus experiencias subjetivas en torno a
Jesús, ni tampoco han recreado a la luz de la Pascua una figura diferente de la
que aconteció en la historia. La verdad del relato evangélico se fundamenta
tanto en la asistencia del Espíritu Santo (inspiración) como en el testimonio
histórico directo: Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos (1 Jn 1, 3). Por
eso la Iglesia no ha dejado nunca de confiar en la historicidad de los relatos
evangélicos: «La Santa Madre Iglesia firme y constantemente ha creído y cree
que los cuatro referidos Evangelios, cuya historicidad afirma sin vacilar,
comunican fielmente lo que Jesús Hijo de Dios, viviendo entre los hombres, hizo
y enseñó realmente para la salvación de ellos, hasta el día que fue levantado
al cielo». La historicidad del testimonio evangélico no queda alterada porque
se haya realizado con «aquella crecida inteligencia» nacida de la Pascua, pues
los autores sagrados, aun dejando su propia impronta, «siempre nos comunicaban
la verdad sincera acerca de Jesús”.
En la obra que nos ocupa: — Se asume
acríticamente una ruptura entre la investigación histórica sobre Jesús y la fe
en Él, entre el llamado “Jesús histórico” y el “Cristo de la fe”, dando la
impresión de que la fe carece de un fundamento histórico sólido. Ahora bien, si
la fe de la Iglesia no tiene su fundamento en la historia, entonces el
cristianismo deriva en ideología;
—
Parece sugerirse que para reconstruir la figura histórica de Jesús haya que
prescindir de la fe, bien porque la lectura creyente de la historia sea simplemente
una más entre otras posibles, bien porque se piense que la fe conduce a una
deformación de la historia. Sorprende también comprobar cómo en esta obra se
citan con igual autoridad escritos canónicos y apócrifos (cf. p. ej. pp.
92-95). La consecuencia inevitable es la confusión sobre el valor histórico de
las fuentes empleadas, así como la asunción acrítica del prejuicio liberal que
considera la fe y su formulación (el dogma) como una adulteración del auténtico
dato histórico. No podemos olvidar que la fijación del Canon tuvo como objetivo
custodiar el testimonio auténtico sobre Jesús preservándolo de posteriores
interpretaciones adulteradas. La fe apostólica no inventó la historia de Jesús,
sino que la custodió, convirtiéndose en la garantía de su autenticidad. El
criterio para discernir, custodiar y transmitir la autenticidad de lo
atestiguado fue su conformidad con la predicación de los apóstoles. Por eso,
quien prescinde de la fe apostólica se cierra a una auténtica aproximación
histórica a Jesús.
b)
Desconfianza en la historicidad de los Evangelios
También son frecuentes en el libro las
referencias al carácter no histórico de muchas de las escenas evangélicas (cf.
p.ej. pp. 39, n.2; 206; 215, n. 12; 336-337; 349, n. 42; 363-364; 368; 377;
379; 429; 432) o a la dificultad para determinar si describen acontecimientos
reales o invenciones de los evangelistas (cf. pp. 372-373). Se podría decir
que, para el Autor, la desconfianza frente al dato de los evangelios es una
condición para proceder con rigor en la investigación histórica. Esta
desconfianza es consecuencia de la ruptura que se establece entre Jesús mismo
(su vida y enseñanza) y el testimonio que sus seguidores dieron de Él (cf. p.
118, n.9).
c)
Aproximación a la historia desde presupuestos ideológicos
La reconstrucción histórica realizada
por el Autor alterna datos supuestamente históricos con recreaciones literarias
inspiradas en la mentalidad actual, adoptando, además, el análisis propio de la
lucha de clases para describir el entorno familiar, social, económico, político
y religioso. El objetivo de esta descripción es situar la actividad de Jesús y
su predicación del Reino en un horizonte preferentemente terreno. Así, al uso
selectivo de los estudios utilizados en la redacción del libro le corresponde
una utilización igualmente selectiva de las fuentes. Los relatos evangélicos
son adaptaciones posteriores cuando desmienten la propia tesis; son históricos
cuando concuerdan con ella.
2. CUESTIONES DOCTRINALES
El objetivo del libro Jesús. Aproximación
histórica es aproximarse a la figura de Jesús desde el punto de vista
histórico. El Autor desea responder a la pregunta «¿Quién fue Jesús?» (p. 5),
para «saber quién está en el origen de mi fe cristiana»(p.5).
a)
¿Quién es Jesús de Nazaret?
Para el Autor, el Jesús que realmente
aconteció en la historia, es, ante todo, un profeta. Los capítulos 3º
(“Buscador de Dios”) y 11º (“Creyente fiel”) son muy esclarecedores.
Ciertamente, la obra comienza afirmando que «Jesús es la encarnación de Dios», el
«hombre en el que Dios se ha encarnado» (p. 7). Esas afirmaciones aparecen
también al exponer lo que los seguidores de Jesús, una vez resucitado, predican
sobre Jesús. Pero conviene advertir que para el Autor todos estos modos de
hablar de Jesús pertenecen a los discípulos, quienes, después de la Pascua, han
buscado el nombre para Jesús acudiendo, unas veces, a la tradición judía, y,
otras, a la terminología presente en el mundo pagano.
b)
La conciencia filial de Jesús de Nazaret
Tan importante como determinar la
autenticidad histórica del testimonio es determinar si el Jesucristo de la
profesión de fe, realizada bajo la acción del Espíritu Santo, es conforme a la
pretensión del Jesús que vivió en un determinado momento histórico. Si Jesús no
se presentó a sí mismo como Dios y como Hijo de Dios, ni reclamó para sí la fe
que reclamó para el Padre, la posterior confesión de fe de los apóstoles no fue
más que una interpretación exagerada y, en cuanto tal, deformadora de su
maestro, formulada a partir de una Pascua que ya no se sabe lo que es. La
conciencia que Jesús tenía de sí y de su misión es inseparable de la verdad
histórica contenida en la profesión de fe. Sin la verdad histórica, la
profesión de fe se convierte en mito. Pues bien, el Autor escribe a este
respecto: «En ningún momento [Jesús] manifiesta pretensión alguna de ser
Dios... Tampoco se le condena por su pretensión de ser el “Mesías” esperado...
al parecer, Jesús nunca se pronunció abiertamente sobre su persona» (p. 379).
Esta afirmación contradice el dato histórico recogido en el testimonio
evangélico, custodiado y transmitido por la Iglesia apostólica. Jesús, en
efecto, es Dios, sabe que es Dios y habla continuamente de ello. Para el Autor,
que Jesús sea Hijo de Dios es una afirmación «de carácter confesional» (p. 303)
que no tiene su origen en el Jesús de la historia. La respuesta a la pregunta
“¿Quién es Jesús?” «sólo puede ser personal» (p. 463). Presentado Jesús
principalmente como un profeta, no extraña el silencio sobre su concepción virginal,
la afirmación sobre los “hermanos” de Jesús en sentido propio y real (cf. p.
43, n.11), la negación de su conciencia filial y mesiánica, la explicación
meramente natural de los milagros (curaciones y exorcismos), o el vaciamiento
de contenido salvífico del lenguaje sobre la muerte y la resurrección.
c) El valor redentor de la muerte de Jesús
El Autor afirma que el empeño
fundamental de Jesús habría sido «despertar la fe en la cercanía de Dios
luchando contra el sufrimiento» (p. 175). El rasgo principal de Dios mostrado
por Jesús ha sido la compasión. Aunque se habla extensamente de este rasgo, en
el libro la compasión no pasa de ser un sentimiento noble hacia los más
desfavorecidos, pero no es, en sentido estricto, un padecer con ellos y por
ellos, en favor y en lugar de ellos. Y es que, para el Autor, Jesús no dio ni a
su vida ni a su muerte un sentido sacrificial y redentor (cf. pp. 350-351). Si
Jesús no ha dado a su vida y a su muerte un sentido redentor, entonces también
la compasión se vacía de su contenido originario]. En esta misma línea, la
última cena se presenta como una solemne cena de despedida, con gestos
simbólicos, cuya finalidad es que sus seguidores le recuerden en el futuro. Con
el pan y con el vino realizó unos gestos proféticos, «compartidos por todos»,
convirtiendo «aquella cena de despedida en una gran acción sacramental, la más
importante de su vida, la que mejor resume su servicio al reino de Dios...
Quiere que sigan vinculados a él y que alimenten en él su esperanza. Que lo recuerden
siempre entregado a su servicio» (p. 367). Las palabras Haced esto en memoria
mía (1 Cor 11, 24; Lc 22, 21) «no pertenecen a la tradición más antigua.
Probablemente provienen de la liturgia cristiana posterior, pero sin duda ese
fue el deseo de Jesús» (p. 367, n. 85). La cena es para que sus seguidores
recuerden siempre a Jesús. «Repitiendo aquella cena podrán alimentarse de su
recuerdo y su presencia» (p. 367).
d) La redención como liberación del pecado
La concepción reduccionista de la obra
redentora de Jesucristo se descubre también en el silencio sobre la realidad
del pecado. La razón de este silencio está en la contraposición establecida
entre Juan el Bautista y Jesús: la misión del primero «está pensada y
organizada en función del pecado... Por el contrario, la preocupación primera
de Jesús es el sufrimiento de los más desgraciados» (p. 174). Eso explica que
para el Autor, Satán sea un símbolo del mal (p. 98), «la personificación de ese
mundo hostil que trabaja contra Dios y contra el ser humano» (p. 98). Para el
Autor, hablar de “Satán” es una forma mítica de simbolizar toda forma de mal.
De ello se deduce también el modo en que el Autor entiende el perdón. «A estos
pecadores que se sientan a su mesa, Jesús les ofrece el perdón envuelto en acogida
amistosa. No hay ninguna declaración; no les absuelve de sus pecados;
sencillamente los acoge como amigos» (p. 205). La conversión es irrelevante
(porque “el perdón es gratuito”) y las “declaraciones” de perdón de los pecados
por parte de Jesús, no se consideran auténticas, porque en esas fórmulas «Dios
aparece como un “juez”» (p. 206), y no es eso lo que Jesús revela con su
“perdón-acogida”. Jesús habría practicado un “perdón-acogida”, pero no un
“perdón-absolución”. Por más que se hable de acogida, al final el Autor se
aproxima más a una “acogida impuesta”, que hace irrelevante la respuesta libre
del hombre].
e)
Jesús y la Iglesia
Según el Autor, Jesús no tuvo intención
de crear un grupo organizado y jerárquico, sino que quiso poner en marcha un
movimiento de hombres y mujeres, salidos del pueblo y unidos a él, «para que
ayuden a los demás a tomar conciencia de la cercanía salvadora de Dios» (p.
269). Jesús ve a todos sus seguidores como una familia (cf. p. 290). Nadie
ejercerá en su grupo un poder dominante. Tampoco hay diferencias jerárquicas
entre varones y mujeres (cf. pp. 291-292).
f)
La resurrección de Jesús
Al
presentar la resurrección de Jesús, el Autor, aunque afirma que es un hecho
histórico y real, interpreta esta historicidad en un sentido que no es conforme
con la enseñanza de la Iglesia, pues la entiende como algo que acontece en el
corazón de los discípulos. Tampoco es conforme con la fe de la Iglesia su modo
de entender la resurrección del cuerpo de Jesús y su explicación de la continuidad
entre el cuerpo crucificado y muerto, y el resucitado (cf. p. 433). Aunque
afirma que la resurrección es algo que le pasa a Jesús, se niega la referencia
a su cuerpo real y se explica como la convicción de los discípulos de que “Dios
le ha llenado de vida”, sin que se explique qué quiere decir con eso.
La NOTA termina
con las siguientes reflexiones críticas: “Teniendo en cuenta cuanto se lleva
dicho, se puede afirmar que el Autor parece sugerir indirectamente que algunas
propuestas fundamentales de la doctrina católica carecen de fundamento
histórico en Jesús. Este modo de proceder es dañino, pues acaba deslegitimando
la enseñanza de la Iglesia al carecer –según el Autor- de enraizamiento real en
Jesús y en la historia. En el libro no se quiere negar esa enseñanza pero, de
hecho, se muestra infundada. En el origen de las cuestiones señaladas se
encuentran dos presupuestos que condicionan negativamente la obra: la ruptura
entre la investigación histórica de Jesús y la fe en Él, y la interpretación de
la Sagrada Escritura al margen de la Tradición viva de la Iglesia. El Autor
parece dar a entender que, para mostrar la historia se debe dejar de lado la
fe, logrando como resultado una historia que es incompatible con la fe. El
problema no está sólo en pensar que se debe prescindir de la fe para saber
históricamente quién fue Jesús (éste es un prejuicio erróneo mantenido también
por numerosos exegetas que se dicen católicos)], sino sobre todo –dado que el
libro quiere ser una “aproximación histórica”- en reconstruir una historia, a
partir de un uso arbitrario de los evangelios, que resulta incompatible con la
fe. Si el “Jesús histórico” que muestra el Autor es incompatible con el Jesús
de la Iglesia, no es porque ésta haya inventado, con el pasar del tiempo, a un
Jesús diferente del que aconteció, sino porque la “historia” que se propone es
una historia falseada, aunque ésa, ciertamente, no sea su intención.
El Autor se sirve en esta obra de
investigaciones que mayoritariamente se encuentran fuera de la Tradición, tanto
por sus presupuestos metodológicos (asumidos acríticamente), como por sus
conclusiones. Los resultados a los que llega son la derivación lógica de su
punto de partida. La rápida difusión de la obra Jesús. Aproximación histórica
demuestra que, junto a los aspectos deficientes señalados, posee otros
positivos que hacen agradable su lectura. En una presentación histórica sobre
la figura de Jesús es deseable que se armonice el rigor científico con el
lenguaje sencillo y divulgativo. Sin embargo, cuando la apariencia de rigor
oculta deficiencias metodológicas y doctrinales, la fluidez literaria causa
confusión y siembra dudas. El fin de esta Nota no es otro que despejar la
confusión y las dudas, y reiterar con el autor de la Carta a los Hebreos: Ayer
como hoy, Jesucristo es el mismo y lo será siempre. No os dejéis seducir por
doctrinas varias y extrañas. Mejor es fortalecer el corazón con la gracia que
con alimentos que nada aprovecharon a los que siguieron ese camino (Hb 13,
8-9)”.
14.
Aclaraciones críticas
La introducción del término biocristología es novedosa, como
novedoso es el concepto de “cristología basura” y deseo que no haya malos
entendidos. Literalmente cristología significa loguía o discurso cognoscitivo sobre la persona y obra de Cristo.
En su sentido más amplio la cristología abarca cualquier aspecto de la persona
y obra de Cristo considerado como objeto de estudio por parte de historiadores,
biblistas, teólogos, filósofos o científicos, sean éstos creyentes o no
creyentes, cristianos o no cristianos. La persona de Cristo y su obra a través
de los siglos ha sido y sigue siendo objeto de estudio por parte de las
personas intelectualmente más serias y cualificadas. Se trata de un personaje
angular en la historia de la humanidad y de ahí el interés por descifrar los
secretos de su persona, de su personalidad y de las obras humanas y culturales
que se han llevado a cabo en su nombre. Llamo, pues, cristología en sentido amplio a todo discurso cognitivo sobre la
persona, hechos y dichos de Jesucristo. La cristología en sentido estricto, en cambio, se refiere a los tratados
académicos o magisteriales de teología dogmática cristiana en los que se
estudia y expone el contenido de la fe en Jesucristo como personificación del
Mesías bíblico, tal como es confesada por la Iglesia. Por ejemplo, la Nota
crítica de la CEE al libro de José Antonio Pagola está inspirada en la
cristología en el sentido más estricto y riguroso de la palabra por encima de
las diversas percepciones cristológicas existentes dentro del cristianismo.
Ahora bien, en qué coinciden y en qué se diferencian la cristología y la
biocristología?
La biocristología, literalmente, es un
neologismo que significa discurso o loguía
sobre el impacto intelectual y emocional causado por la persona de Cristo,
primero en sus contemporáneos y discípulos inmediatos, y después en sus
seguidores o simples admiradores a lo largo de los siglos hasta nuestros días.
Impacto que puede ser intelectual, moral y ambas cosas a la vez. La
biocristología coincide con la cristología en que el protagonista es siempre la
persona de Cristo y su obra. Se diferencia, en cambio, en el sentido de que la
cristología aspira a proporcionar un conocimiento lo más exacto y objetivo
posible de la persona de Jesús y de su obra salvadora, mientras que la
biocristología pone el acento prioritariamente en el impacto emocional y
gratificante de su persona. Lo ideal sería que el impacto emocional
(biocristología) estuviera cimentado en un conocimiento objetivo y verdadero
(cristología) de la persona de Jesús y que los conocimientos objetivos sobre la
persona de Jesús fueran acompañados por el seguimiento amoroso de Cristo
mediante la fe y las buenas obras. En la realidad práctica, sin embargo, ambas
cosas pueden darse por separado. La condición humana está hecha de tal manera
que el conocimiento perfecto de la persona de Cristo y de su obra no conduce
necesariamente a su seguimiento y al amor. Igualmente, el seguimiento afectivo
de Cristo no significa necesariamente poseer unos conocimientos sólidos y
objetivos sobre la persona y obra de Jesús.
Por último me parece oportuno y útil
introducir también el concepto de “cristología basura”. Me refiero a la
literatura apócrifa y nóstica entorno a la persona de Cristo. La encontramos
también en los textos antes citados del Talmud donde se trata de desprestigiar
a la persona de Cristo de una forma indirecta y solapada al no poder hacerlo
abiertamente con argumentos sólidos. En la literatura nóstica la forma de
referirse a la persona de Cristo es igualmente tendenciosa e intelectualmente
carente de objetividad. Los autores de los escritos apócrifos, por su parte,
trataron de suplir con la imaginación, el sentimiento y la piedad aspectos de
la infancia de Jesús omitidos en los relatos evangélicos canónicos. Leyendo
esos escritos llama pronto la atención la naturaleza pueril e irreal de los
mismos. La mayor parte de lo que allí se dice puede catalogarse entre lo que en
lenguaje corriente denominamos “tonterías” que no van a ninguna parte. Lo grave
es que los escritores sensacionalistas de todos los tiempos han utilizado estos
escritos como si fueran fuentes de información fidedignas, incluso más que los
escritos evangélicos canónicos. Este es el problema y la razón por la que no
dudo en calificarlos de “basura” porque que sólo sirven para difundir una
imagen deformada y ridícula de Cristo y, por tanto, a crear una loguia o”cristología basura”.
La “cristología basura” coincide con la
cristología cognitiva y la biocristología en poner a la persona de Cristo en el
centro de su consideración y se diferencia en que se utiliza como primera
fuente de información los escritos menos cualificados, la imaginación y los
sentimientos de hostilidad hacia las fuentes más serias, objetivas y canónicas.
En el siglo XXI la “cristología basura” es un arma arrojadiza contra el
Magisterio de la Iglesia sobre la figura de Jesús. Su impacto éxito es debido
principalmente a los medios de comunicación social que, salvo honrosas
excepciones, se prestan fácilmente a difundir ese tipo de escritos, sobre todo
cuando se presentan de forma novelada o seminovelada.
Dicho lo cual, insisto en que sería útil
introducir el concepto de biocristología por las siguientes razones. Al
distinguir e identificar las diversas percepciones cognitivas acerca de la
personalidad de Cristo del impacto emocional que ésta causa en quienes se
acercan a Él, resulta más fácil hacer una crítica objetiva de los conocimientos
cristológicos deficientes sin quebrantar el respeto a las personas cuyas opiniones
no compartimos. Por ejemplo, se puede rechazar desde el punto de vista
cristológico estricto la visión cognitiva emocionalmente sesgada que ofrecen de
la persona de Cristo, Renán, Busquets, Pagola o Chopra, pero ello no justifica
la demonización religiosa de sus personas.
Como personas todos tenemos una dignidad inviolable. Lo cual no es
válido cuando se trata de nuestras opiniones o percepciones personales de las
cosas. Nadie es más ni menos persona que otra. En esto todos somos iguales en
dignidad. Pero tratándose de nuestra personalidad todos somos diferentes. Hay
personalidades muy relevantes en lo bueno y otras en lo malo. Ahora bien, las
opiniones o percepciones diferentes acerca de la persona de Cristo y su obra
pertenecen al área de nuestra personalidad y por lo mismo pueden ser aceptables, rechazables o indeseables según
su calidad.
Estos autores, en efecto, constituyen un
testimonio personal de la grandeza de Cristo a pesar de que su percepción
cognitiva de Él resulte a veces sesgada, poco o nada convincente. El impacto
emocional positivo que causa la persona y la obra de Cristo en las personas
inteligentes y de buena voluntad es una oportunidad estupenda para encontrar el
equilibrio entre la cristología cognitiva y la cristología emocional o
biocristología. Sobre todo teniendo en cuenta que los conocimientos objetivos
sobre la persona de Cristo no implican de suyo el seguimiento fiel a su
persona, como tampoco su seguimiento piadoso y admirativo significa estar en
posesión de unos conocimientos exhaustivos y objetivos sobre Él. Hay personas,
en efecto, que son creyentes con un conocimiento cristológico muy elemental, y
otras con un bagaje cognitivo muy elevado pero que no creen en Él más que en
cualquiera otra persona cualificada. La fe cristiana termina siendo siempre un
misterio y una donación por encima de nuestros conocimientos cristológicos y de
las emociones que su persona y su obra pueda causar en nosotros.
En la percepción cristológica de Renán,
por ejemplo, la personalidad de Cristo podría ser comparada con un hermoso
cuerpo femenino descabezado al negarle desde prejuicios racionalistas toda
dimensión relacionada con la divinidad propiamente dicha. Los otros autores,
desde una percepción creyente más emocional y voluble que sólida y razonable,
presentan el mismo precioso cuerpo con cabeza, pero de cristal muy frágil. El
“Cristo de la fe” apenas se sostiene sobre el admirable “Cristo de la historia”
al presentar la dimensión divina de Cristo sólo de una manera “ligth” y
sentimentalmente atractiva. En todos estos casos se acepta sin fundamento como
un dogma indiscutible la teoría del Cristo histórico y el Cristo de la fe. Se
acepta como hecho indiscutible lo que en realidad sólo es aceptable como
hipótesis de trabajo con poca base real. Lo del “Tercer Cristo” de Chopra viene
a colmar el vaso de la falta de razón y exceso de emoción en todo este asunto.
En los cuatro casos, por increíble que
parezca y falto de razón, se niega abiertamente la credibilidad del Magisterio
cristológico de la Iglesia. Igualmente se cumple el pronóstico de Renán en el
sentido de que ninguna revolución podrá impedir que sigamos en materia
religiosa la gran idea intelectual y moral a cuyo frente brilla el nombre de
Jesús. Pero, eso sí, dando por supuesto que podemos ser cristianos por libre
“aún separándonos sobre casi todos los puntos de la tradición que nos ha
precedido”. O lo que es igual, estando en desacuerdo sistemático y permanente
con la imagen cristológica transmitida por la Iglesia. La hipótesis clásica de
los “dos Cristos”, el de la fe y el de la historia, degeneró así en ideología
en el contexto sincretista de la New Age.
La expresión Nueva Era (new age) se puso de moda durante la segunda mitad del
siglo XX y nació en el contexto exotérico e irracional de las creencias
astrológicas asociadas a cambios sociopolíticos importantes. Según estas
creencias, la Era de Acuario, por ejemplo, marcaría un cambio en la conciencia
del ser humano, que ya estaría empezando a notarse y que llevaría asociado un
tiempo de prosperidad, paz y abundancia. Actualmente hay una variedad de
corrientes filosóficas y espirituales relacionadas con estas creencias lo que
conduce a un confuso sistema de creencias, a un agregado o sincretismo de
creencias y de prácticas religiosas muchas veces contradictorias. Las ideas
reformuladas por sus partidarios suelen relacionarse con la exploración
espiritual, la medicina global y el misticismo. Sin olvidar perspectivas
generales en historia, religión, espiritualidad, medicina, estilos de vida y
arte musical. Con frecuencia estas creencias son reinterpretaciones de mitos y
religiones sin ningún tipo de compromiso. Nos encontramos así con personas
pintorescas, si no irresponsables, que emplean una aproximación del slogan
propagandístico del "hágalo-usted-mismo". Otros grupos, en cambio, se
apoyan en sistemas de creencias establecidas que recopilan religiones, y aun
otros sistemas de creencias fijos, como los clubs u organizaciones fraternales.
Por ejemplo, tratando de compatibilizar el dogma cristiano de la divinidad de
Jesucristo con el karma como mecanismo de justicia, y a la vez negar por
desagradable la existencia del infierno. Es frecuente que los conjuntos de
creencias así adoptados rechacen los aspectos más negativos de las mitologías o
religiones en que se basan adoptando los más agradables. En este contexto de la
new age hay gente (incluidos los
denominados neopaganos) que, debido a la variedad de creencias existentes “a la
carta”, consideran que cualquier categoría coherente puede parecer restrictiva
o incompleta. Una de las notas propias que caracterizan la new age consiste en no pertenecer a ninguna religión tradicional.
Sin embargo, a pesar de estos
presupuestos y estas actitudes tan poco razonables, creo que no sería acertado
seguir condenando como herejes a la “hoguera” del desprestigio personal a los
cuatro autores censurados y a otros escritores que tienen una percepción
cognitiva deficiente o incluso falseada de la persona de Cristo. La
desautorización de una opinión personal en el orden cognitivo no puede ser
nunca motivo para condenar a las personas que expresan esas opiniones
equivocadas o carentes de fundamento sólido sobre la persona de Cristo y su
obra. En contrapartida hay que decir también que el respeto a las personas no significa
comulgar con ruedas de molino aceptando sus opiniones cuando están fuera de
razón. El propio Cristo fue un maestro desautorizando formas de pensar y de
vivir sin condenar nunca a las personas. La historia de las herejías
cristológicas es un ejemplo patente de cómo sus protagonistas se aborrecieron
como personas en un afán desmedido por defender sus respectivas convicciones y
percepciones subjetivas sobre la personalidad de Cristo faltando al precepto
fundamental cristiano del respeto personal y del amor fraterno. Pienso que esta
práctica hay que desterrarla incluso por razones pragmáticas. Paradójicamente,
estos autores, catalogados desde la cristología cognitiva en la línea de la
cristología heterodoxa, suelen ser de hecho personas fascinadas por la persona
de Cristo y estimulan a conocerle mejor a pesar de sus apreciaciones
cognitivamente defectuosas o poco razonables. La cristología clásica cognitiva
no puede olvidar el valor testimonial de estos escritores para los cuales
Cristo ha sido o sigue siendo un verdadero líder espiritual. En determinados
ambientes este tipo de escritos son una oportunidad para que se hable de Cristo
y quede siempre abierta la posibilidad de acceso a un mejor conocimiento de su
persona y de su obra. Dicho lo cual, diré también que este criterio
“oportunista” no legitimará jamás la presentación de la persona de Cristo y de
su obra omitiendo u ocultando deliberadamente aspectos esenciales de su vida y
obra. En caso contrarió la biocristología podría degenerar fácilmente en “cristología
basura” o en ideología política. La cristología en sentido estricto genera
conocimiento de calidad sobre la persona de Cristo, la biocristología genera
simpatía y amor a su persona y la “cristología basura” genera morbosidad,
confusión y engaño. Por lo mismo, la “cristología basura”, como cualquiera otra
basura, debe ser botada sin compasión al museo del olvido. Pero la
biocristología, insisto, merece un respeto por su valor testimonial y la
cristología propiamente dicha merece ser aprendida con la inteligencia y puesta
en práctica con el corazón información véase Studium 49, 2009/2).
15.
El drama histórico de judíos, cristianos y musulmanes
De forma esquemática cabe diseñar la
senda del conflicto extremo entre judíos, cristianos y musulmanes del modo
siguiente. Con la desaparición definitiva del judaísmo de Templo a raíz de la
destrucción física del mismo por el ejército romano el año 70 los judíos se
reorganizaron en torno a la Misná, el Talmud y las sinagogas. Los cristianos,
por su parte, se constituyeron en lo que actualmente llamamos la Iglesia. Desde
entonces las peleas teológicas entre judíos y cristianos fueron identificadas
como la lucha entre la Iglesia y la Sinagoga. En la edad media prevaleció la
lucha con ventaja para los cristianos y en el siglo XX el nazismo europeo puso
el broche de la muerte y del exterminio masivo de todos los judíos habidos y
por haber con lo que conocemos como el Holocausto. En el siglo VI de la era
cristiana surgió el islam y el mahometismo. Todo inclina a pensar que Mahoma,
su fundador, trató de superar la presunta adulteración de la herencia religiosa
recibida del patriarca Abraham así como las peleas entre judíos y cristianos.
El islam surgió así como un correctivo del judaísmo y el cristianismo. Pero la primera
intuición religiosa del Mahoma degeneró en política y con ello se empezó a
hablar del peligro turco e invasiones de los musulmanes.
En el siglo XX y XXI los grupos extremistas musulmanes se han
convertido en una pesadilla mundial. El denominado fundamentalismo islámico
constituye de hecho uno de los retos históricos más difíciles del momento por
la negación institucionalizada de la libertad religiosa y las
instrumentalización de la fe religiosa islámica como caldo de cultivo de actos
de terrorismo. Las masacres de cristianos por parte de grupos islámicos
fanáticos son frecuentemente noticia y no hay quien ponga el cascabel al gato,
sobre todo por parte de los dirigentes políticos. Por otra parte existe el
eterno problema del Medio Oriente donde la convivencia pacífica entre judíos y
musulmanes resulta prácticamente imposible al no reconocer ninguna de las
partes en litigio el valor del perdón al enemigo, que constituye la flor y nata
de la ética cristiana. Así las cosas, se comprende que el diálogo de cristianos
con los musulmanes resulte más difícil que con los judíos no extremistas, los
cuales, sin ceder un ápice de su rigorismo teológico, dejan portillos abiertos
a la libertad personal. En septiembre de 2006 el Papa Benedicto XVI pronunció
una conferencia en la universidad de Ratisbona en el contexto de su visita
oficial a Alemania. Con motivo de una cita histórica alusiva a la conducta del
islam, muchos musulmanes acusaron al Pontífice de considerar al islam como una
religión violenta e irracional. Pero la sangre no llegó al río y pronto surgió
la réplica de los 138 intelectuales musulmanes enviando al Papa la célebre
Carta de simpatía a la que me referido más arriba. Pero hay más.
16. Forum católico-musulmán
Dos años más tarde, en noviembre del
2008, tuvo lugar en Roma un encuentro histórico de musulmanes y católicos en el
que se dieron cita veinticuatro participantes y cinco consejeros de cada religión. El tema
del Seminario fue El amor a Dios, amor al
prójimo. Dado su valor histórico, reproduzco el texto de la Declaración
Final.
1. Para los cristianos la fuente y
el ejemplo de amor de Dios y al prójimo son el amor de Cristo hacia su Padre,
hacia la humanidad y hacia cada persona. "Dios es Amor" (1 Jn 4, 16)
y "Dios amó tanto al mundo que le entregó a su único Hijo de modo que
quien crea en él no fallezca sino que tenga vida eterna" (Jn 3,16). El
amor de Dios es puesto en el corazón humano por el Espíritu Santo. Es Dios
quien nos amó primero y quien nos capacita para amarle a nuestra vez. El amor
no hace daño al prójimo, sino más bien procura hacer al otro lo que uno querría
que le hicieran (Cf. 1 Cor 13, 4-7). El amor es el fundamento y la suma de
todos los mandamientos (Cf. Gal 5, 14). El amor al prójimo no puede separarse
del amor a Dios, porque es una expresión de nuestro amor hacia Dios. Este es el
nuevo mandamiento, "Amaos unos a otros como yo os he amado" (Jn 15,
12). Profundamente conectado al amor expiatorio de Cristo, el amor cristiano es
misericordioso y no excluye a nadie; esto también incluye a los propios
enemigos. Deben ser no solamente palabras, sino también hechos (Cf. 1 Jn, 4,
18). Este es el signo de su autenticidad.
Para los musulmanes, como se explica en "Una Palabra Común", el
amor es un poder eterno trascendente que dirige y transforma el respeto humano
mutuo. Este amor, como indicó el Profeta Santo y Amado Mahoma, es anterior al
amor humano hacia el Dios Verdadero. Un Hadith indica que el amor compasivo de
Dios por la humanidad es aún mayor que el de una madre hacia su niño (El
Musulmán, Bab Al-Tawba: 21); por lo tanto, existe antes e independientemente de
la respuesta humana al que es "El Amor". Tan inmenso es este amor y
compasión que Dios ha intervenido para dirigir y salvar a la humanidad de un
modo perfecto muchas veces y en muchos lugares, enviando profetas y escrituras.
El último de estos libros, el Qunran, retrata un mundo de signos, un
maravilloso cosmos de arte Divino, que provoca nuestro completo amor y
devoción, de modo que "los que tienen fe, tengan más amor de Dios"
(2:165), y "aquellos que creen, y hacen buenas obras, el Misericordioso
engendrará amor entre ellos"' (19:96). En un Hadith leemos que
"Ninguno de vosotros tiene fe hasta que quiera para su prójimo lo mismo
que quiere para sí mismo" (Bukhari, Bab Al--Iman: 13).
2. La vida humana es el regalo más precioso
de Dios a cada persona. Por lo
tanto debería ser conservado y honrado en todas sus etapas.
3. La dignidad humana surge del hecho que cada
persona ha sido creada por un Dios de amor y por amor, y ha sido dotada con los dones de la razón y el libre
albedrío, y por lo tanto está capacitada para amar a Dios y a los demás. Sobre
la base firme de estos principios, la persona requiere el respeto de su
dignidad original y su vocación humana. Por lo tanto, él o ella son titulares
al reconocimiento pleno de su identidad y libertad por individuos, comunidades
y gobiernos, apoyados en una legislación civil que asegure la igualdad de
derechos y la plena ciudadanía.
4.
Afirmamos que la creación de la humanidad por parte de Dios tiene dos grandes
aspectos: la persona humana, la masculina y la femenina, y nos comprometemos
conjuntamente a asegurar que la dignidad humana y el respeto se extienda hacia
una igualdad básica entre hombres y mujeres.
5.
El amor genuino al prójimo implica el
respeto de la persona y a sus opciones en asuntos de conciencia y religión. Esto incluye el derecho de individuos
y comunidades para practicar su religión en privado y en público.
6. Las
minorías religiosas tienen derecho a ser respetadas en sus propias convicciones
y prácticas religiosas. También tienen derecho a sus propios sitios de
adoración, y sus figuras y símbolos fundamentales que consideran sagrados no
debería ser sujetos a ninguna forma de burla o ridículo.
7. Como
creyentes católicos y musulmanes, somos conscientes de la necesidad y el deber
de testimoniar la dimensión trascendente de la vida, a través de una
espiritualidad alimentada por la oración, en un mundo cada vez más secularizado
y materialista.
8.
Afirmamos que ninguna religión ni sus seguidores deberían ser excluidos de la
sociedad. Cada uno debería ser capaz de dar su contribución indispensable al
bien de sociedad, sobre todo en el servicio al más necesitado.
9.
Reconocemos que la creación de Dios en su pluralidad de culturas,
civilizaciones, lenguas y pueblos es una fuente de riqueza y por lo tanto nunca
debería convertirse en causa de tensión y conflicto.
10.
Estamos convencidos de que católicos y musulmanes tienen el deber de
proporcionar una sana educación en valores humanos, cívicos, religiosos y
morales a sus miembros respectivos y promover información exacta sobre las
distintas religiones.
11.
Creemos que católicos y musulmanes estamos llamados a ser instrumentos de amor
y armonía entre creyentes, y para la humanidad en general, renunciando a
cualquier tipo de opresión, violencia agresiva y terrorismo, sobre todo cuando
se cometen en nombre de la religión, y manteniendo el principio de justicia
para todos.
12.
Apelamos a los creyentes a que trabajen por un sistema financiero ético en el
cual los mecanismos reguladores tengan en cuenta la situación de los pobres y
desheredados, tanto individuos, como naciones endeudadas. Apelamos al primer
mundo a tener en cuenta la grave situación de aquellos afligidos más gravemente
por la actual crisis en la producción de alimentos y su distribución, y pedimos
a los creyentes de todas las religiones y a las personas de buena voluntad que
trabajen juntos para aliviar el sufrimiento de los hambrientos, y eliminar sus
causas.
13. Los
jóvenes son el futuro de las comunidades religiosas y de las sociedades en su
conjunto. Cada vez más, vivirán en sociedades multiculturales y
multi-religiosas. Es esencial que sean bien formados en sus propias tradiciones
religiosas, y bien informados sobre otras culturas y religiones.
14.
Estamos de acuerdo en explorar la posibilidad de establecer un comité
permanente católico-musulmán para coordinar respuestas a conflictos y otras
situaciones de emergencia y para organizar un segundo seminario en un país de
mayoría musulmana, aún por determinar.
15.
Intentaremos que el segundo Seminario del Foro Católico musulmán sea convocado
en aproximadamente dos años en un país de mayoría musulmana aún por determinar.
A
propósito de este histórico texto me parece oportuno destacar lo siguiente. En
primer lugar, que el fórum católico musulmán sigue activo y se ha pronunciado
ya con contundencia contra la instrumentalización de la religión para respaldar
la violencia entre las confesiones religiosas y en la vida social. Por lo que
se refiere al texto presente cabe destacar los números 2, 3 y 5. La vida es
considerada como la piedra angular del comportamiento humano y como tal ha de
ser respetada en todas las etapas de su existencia. Aquí hay una alusión clara
a las brutalidades que se están cometiendo en el campo de la bioética y que he
llamado en diversas ocasiones biotanasia. La dignidad humana, por su parte,
radica en Dios y no en convencionalismos humanos. En la teología cristiana se dice
que la persona es imagen de Dios y ahí
estriba su grandeza. Por último, el respeto a las personas exige que sus
opciones en asuntos de conciencia y religión sean respetadas. Aquí se toca un
punto neurálgico del islam tradicional que consiste en negar el derecho de
libertad religiosa que no sea favorable al islam.
Después
de lo dicho hasta aquí está claro que judíos, cristianos y musulmanes se
encuentran separados por barreras religiosas muy difícil de traspasar sin
grandes riesgos para la vida de quienes libremente y siguiendo los dictámenes
de su conciencia sienten la necesidad de emigrar de una confesión religiosa a
otra. Los judíos a ultranza quieren mantener su identidad étnica y religiosa
negando por principio la personalidad divina de Cristo. Los musulmanes
ortodoxos no quieren ni oír hablar de la percepción cristiana del Dios único ni
de la muerte y resurrección de Cristo. Los cristianos por su parte han cometido
importantes errores de intransigencia religiosa con judíos y musulmanes a lo
largo de la historia. Por si todo esto fuera poco, los judíos y musulmanes se
odian a matar aún hoy día por motivos religiosos y políticos. Así las cosas yo
no veo otra salida razonable y honrosa a esta triste situación que la promoción
del derecho natural de todo ser humano a la libertad religiosa desde las
instancias internacionales. Pero aquí tropezamos con un obstáculo difícil de
superar. Los políticos buscan poder y no verdad al tiempo que la religión es
tomada como instrumento de acción política. Dentro del islam el fanatismo
religioso y el político van juntos mientras que entre judíos y cristianos los
problemas teológicos son excluidos sistemáticamente de la política. En esta
situación los diplomáticos evitan cuidadosamente tocar ningún asunto de derechos
humanos que pueda enojar a los gobiernos de las naciones donde el fanatismo
religioso, ateo o cultural inspira las leyes y las normas de conducta de los
ciudadanos. En los países democráticos la religión es vista por los políticos
como un factor siempre peligroso y difícil de controlar. En el mejor de los
casos la religión es tolerada como un asunto propio de la vida privada de los
ciudadanos pero sin derecho a expresarse en la vida pública.
Lo más
triste de todo esto es que judíos, cristianos y musulmanes, han dado
históricamente un pésimo ejemplo de convivencia pacífica y esto tiene un
precio. Algo se ha progresado pero las murallas teológicas y los odios no han
desaparecido. Por ello me parece urgente que en estos encuentros ecuménicos de
buena voluntad que tienen lugar en nuestro tiempo se insista más en la defensa
del derecho natural de toda persona a la libertad religiosa que en la mera
descripción de esas murallas teológicas de separación existentes y el recuento
de las injusticias cometidas en el pasado de unos contra otros. Por ese camino
no llegamos a parte ninguna como no sea a la planificación política de una
“alianza de civilizaciones”. Pero esta alianza sólo contribuiría a convalidar
cualquier injusticia o violación de derechos humanos que pueda ser considerada
como signo de identidad étnica o cultural de cada uno de los pueblos
protagonistas de ese pacto o alianza de civilizaciones. Esa alianza política de
civilizaciones sería algo así como si los dirigentes de dos ciudades pactaran
no robar la una a la otra y al mismo tiempo estuvieran de acuerdo en que en el
ámbito de cada una de ellas sus ciudadanos respectivos pudieran seguir robando
impunemente si esa forma de conducta era habitual. Otro ejemplo ilustrativo
podía ser el siguiente. Los dirigentes políticos de una nación pactan con un
grupo terrorista que no ataquen a sus intereses, en cuyo caso pueden seguir
matando y distorsionando en otros países si ese es su trabajo. El pacto
político de civilizaciones nos lleva de la mano a la tolerancia irresponsable
de aquellas injusticias que con el tiempo terminan convirtiéndose en un signo
de identidad étnica y cultural. Sería fascinante seguir hablando sobre este
tema pero lo he traído a colación sólo para destacar la necesidad de que
judíos, cristianos y musulmanes ayuden más a salir de esta triste situación de
estancamiento teológico empezando por reconocer la plena libertad de cada
persona para emigrar de una confesión a otra sin miedo a recibir castigos por
parte de nadie. Cada vez estoy más convencido de que con el reconocimiento de
este derecho humano fundamental otro gallo cantaría mejor en las relaciones
entre judíos, cristianos y musulmanes y de estos con el resto de la humanidad.
17.
Conclusiones finales
Para terminar este repaso selectivo de
cuestiones de teología pastoral me parece oportuno destacar algunos puntos
neurálgicos. Sobre la homilía dominical, por ejemplo, me es grato insistir con
el Papa Francisco en la brevedad, esclarecimiento del mensaje teológico
envuelto en los géneros literarios bíblicos y uso del lenguaje adecuado para
que la audiencia se percate de la importancia para la vida humana del mensaje
redentor de Dios manifestado a través de la vida, muerte y resurrección de
Jesucristo. Por lo que se refiere a la administración del sacramento de la
confesión conviene no olvidar la
denuncia hecha por el Papa Francisco de los confesores maltratadores de sus
penitentes. Los que no se sientan dispuestos a considerarse ellos mismos pecadores
y tratar a los demás con la misericordia y comprensión con la que acogía Cristo
a los pecadores que acudían a Él, lo mejor que pueden hacer es dejar por propia
iniciativa ese ministerio y dedicarse a otra cosa. El Papa Francisco ha sido
explícito y contundente a este respecto como puede comprobarse en algunas de
sus breves homilías diarias en la capilla de Santa Marta durante el año 2013.
Otro tema capital práctico de teología
pastoral se refiere a la santidad de la Iglesia en la que hay justos y muchos
pecadores, incluidos Papas y obispos, como dijo también el Papa Francisco en la
Audiencia General del miércoles 2 de octubre de 2013 “¿Pero en qué sentido la
Iglesia es santa si vemos que la Iglesia histórica, en su camino a lo largo de
los siglos, ha tenido tantas dificultades, problemas y momentos oscuros? ¿Cómo
puede ser santa una Iglesia formada por seres humanos, por pecadores? ¿Hombres
pecadores, mujeres pecadoras, sacerdotes pecadores, religiosas pecadoras,
obispos pecadores, cardenales pecadores, Papa pecador? Todos. ¿Cómo puede ser
santa una Iglesia así?”. Y responde: “La Iglesia es santa porque procede de
Dios que es santo, le es fiel y no la abandona en poder de la muerte y del mal
(cf. Mt 16, 18). Es santa porque Jesucristo, el Santo de Dios (cf. Mc 1, 24),
está unido de modo indisoluble a ella (cf. Mt 28, 20); es santa porque está
guiada por el Espíritu Santo que purifica, transforma, renueva. No es santa por
nuestros méritos, sino porque Dios la hace santa, es fruto del Espíritu Santo y
de sus dones. No somos nosotros quienes la hacemos santa. Es Dios, el Espíritu
Santo, quien en su amor hace santa a la Iglesia”. Más arriba dijimos que la
Iglesia es santa en su estructura mística pero no necesariamente en sus
miembros vivos. Pero, insiste el Pontífice:
“Me podréis decir: pero la Iglesia está formada por pecadores, lo vemos cada
día. Y esto es verdad: somos una Iglesia de pecadores; y nosotros pecadores
estamos llamados a dejarnos transformar, renovar, santificar por Dios. Ha
habido en la historia la tentación de algunos que afirmaban: la Iglesia es sólo
la Iglesia de los puros, de los que son totalmente coherentes, y a los demás
hay que alejarles. ¡Esto no es verdad! ¡Esto es una herejía! La Iglesia, que es
santa, no rechaza a los pecadores; no nos rechaza a todos nosotros; no rechaza
porque llama a todos, les acoge, está abierta también a los más lejanos, llama
a todos a dejarse envolver por la misericordia, por la ternura y por el perdón
del Padre, que ofrece a todos la posibilidad de encontrarle, de caminar hacia
la santidad. «Padre, yo soy un pecador, tengo grandes pecados, ¿cómo puedo
sentirme parte de la Iglesia?». Querido hermano, querida hermana, es
precisamente esto lo que desea el Señor; que tú le digas: «Señor, estoy aquí,
con mis pecados». ¿Alguno de vosotros está aquí sin sus propios pecados?
¿Alguno de vosotros? Ninguno, ninguno de nosotros. Todos llevamos con nosotros
nuestros pecados. Pero el Señor quiere oír que le decimos: «Perdóname, ayúdame
a caminar, transforma mi corazón». Y el Señor puede transformar el corazón. En
la Iglesia, el Dios que encontramos no es un juez despiadado, sino que es como
el Padre de la parábola evangélica. Puedes ser como el hijo que ha dejado la
casa, que ha tocado el fondo de la lejanía de Dios. Cuando tienes la fuerza de
decir: quiero volver a casa, hallarás la puerta abierta, Dios te sale al
encuentro porque te espera siempre, Dios te espera siempre, Dios te abraza, te
besa y hace fiesta. Así es el Señor, así es la ternura de nuestro Padre
celestial. El Señor nos quiere parte de una Iglesia que sabe abrir los brazos
para acoger a todos, que no es la casa de pocos, sino la casa de todos, donde
todos pueden ser renovados, transformados, santificados por su amor, los más
fuertes y los más débiles, los pecadores, los indiferentes, quienes se sienten
desalentados y perdidos. La Iglesia ofrece a todos la posibilidad de recorrer
el camino de la santidad, que es el camino del cristiano: nos hace encontrar a
Jesucristo en los sacramentos, especialmente en la Confesión y en la
Eucaristía; nos comunica la Palabra de Dios, nos hace vivir en la caridad, en
el amor de Dios hacia todos. Preguntémonos entonces: ¿nos dejamos santificar?
¿Somos una Iglesia que llama y acoge con los brazos abiertos a los pecadores,
que da valentía, esperanza, o somos una Iglesia cerrada en sí misma? ¿Somos una
Iglesia en la que se vive el amor de Dios, en la que se presta atención al
otro, en la que se reza los unos por los otros?”.
Y como Francisco ha mencionado a Papas y
Obispos pecadores, séame permitido hacer la siguientes matizaciones al
respecto. En mi obra El otoño de la vida
(Madrid, 2012) hice un recuento de los pecados y corrupciones de los Papas
siguientes: ESTEBAN VI (896 - 897);
SERGIO III (904 – 911); JUAN IV (928-929); JUAN XII (955-964); BONIFACIO VII
(984-985); JUAN XV (985-996); BENEDICTO IX (1033-1045); BONIFACIO VIII
(1294-1303); JUAN XXII (1410- 1415); PIO II (1458 -1464); PABLO II (1464
-1471); SIXTO IV (1471 -1484; ALEJANDRO VI (1492 -1503); PABLO III (1534 -1549)
y INOCENCIO X (1644-1655). Obviamente, lo mismo que he recordado los nombres de
estos Papas pecadores corruptos, podíamos recordar los nombres de obispos
pecadores y corruptos actuales bien conocidos por haber caído en el cepo del
enamoramiento o de algunas desviaciones afectivas importantes. Pero esto nos
llevaría muy lejos y quiero terminar con esta referencia exclusiva de Papas.
Algunas reflexiones sobre los pecados papales son las siguientes.
En primer lugar, sobre la conducta de
los papas existen “leyendas negras”, exageraciones y malos entendidos producidos
por enemigos personales bien conocidos y por la ignorancia de la historia real
y no sesgada de la Iglesia. Dicho lo cual es necesario reconocer sin tapujos y
sin escandalizarnos, que, según buenos y
bien informados historiadores, la historia general del papado tiene muchas
luces y sombras. La Iglesia es “santa”, en efecto, y digna de toda confianza en
su fundador, Jesucristo, los sacramentos de la redención y la acción del
Espíritu Santo. Pero los hombres y mujeres que administran este tesoro salvador
son seres de carne y hueso sometidos a toda suerte de pasiones y debilidades
humanas. Ya desde el momento fundacional surgió un traidor, Judas, entre los
doce hombres elegidos a dedo para anunciar con autoridad y prestigio moral el
Evangelio. Poco después Pedro se avergonzó de pertenecer al grupo de los
seguidores más cercanos de Cristo. Judas reconoció su culpa pero no la
misericordia de Dios y desesperado se suicidó. Pedro, por el contrario,
reconoció su culpa e invocó, llorando como un niño pillado haciendo travesuras,
la misericordia de Dios. Como respuesta a su actitud Cristo le confió la
importante tarea de ser su sucesor inmediato para confirmar a los demás en la
fe. No se suicidó cobardemente como Judas sino que entregó su vida, como
Cristo, por amor a los seres humanos.
Durante los tres primeros siglos de
andadura histórica de la Iglesia los papas se entregaron por encima de todo a
predicar el reino de los cielos anunciado por Jesucristo y muchos de ellos
sufrieron persecuciones y hasta el martirio por causa del Evangelio. Estos tres
primeros siglos son considerados por los historiadores como “la era de los
mártires”. Pero llegó el siglo IV y se cambiaron las tornas. Con el apoyo de
Constantino I los cristianos consiguieron la libertad religiosa que hasta
entonces se le había brutalmente negado. Los obispos a los que antes se
arrestaba, atormentaba y ejecutaba, ahora eran eximidos del pago de impuestos,
recibían regalos del tesorero imperial y adquirían prestigio e influencia en la
corte. Sus iglesias obtuvieron nueva riqueza, poder y prominencia. Se habían
hecho amigos del emperador y amigos del mundo romano. Flavio Valerio Aurelio
Constantino (272 –337) fue Emperador de los romanos desde su proclamación por
sus tropas el 25 de julio de 306, y gobernó el Imperio hasta su muerte. Se le
conoce también como Constantino I, Constantino el Grande o, en la iglesia
ortodoxa, las antiguas iglesias orientales y la iglesia católica bizantina
griega, como San Constantino. Suele decirse que éste no solo legalizó la
religión cristiana por el Edicto de Milán en el 313, sino que la convirtió en
la religión oficial del Imperio. Pero esto no es del todo exacto. Con
Constantino la libertad religiosa fue reconocida a los cristianos y a las demás
confesiones religiosas existentes en el Imperio y fue después el Emperador
Teodosio quien declaró al cristianismo religión oficial del Imperio Romano. Se
dice incluso que Constantino fue quien convocó quien convocó el Concilio de
Nicea en el 325. Se considera que esto fue esencial para la expansión del
cristianismo y los historiadores le presentan como el primer emperador
cristiano, si bien fue bautizado cuando ya se encontraba en el lecho de muerte.
Llegados a este punto quisiera destacar lo siguiente.
En mi opinión, la Iglesia había sido
hasta entonces sistemáticamente reprimida y encontró la oportunidad de
desarrollarse en libertad. La Iglesia necesitaba libertad religiosa y la había
conseguido a base de sufrimiento y prestigio moral público. Sin embargo,
cometió un error histórico importante al aceptar que fuera declarada por el
Emperador Teodosio religión oficial del Estado. Los cristianos necesitaban
libertad pública de expresión, en efecto, pero fueron demasiado lejos al
convertirse en arma arrojadiza del Emperador para asegurar la unidad política
del Imperio. Con esta oficialización los obispos se amoldaron a las costumbres
de los reinos de este mundo tratando de compatibilizarlas con los intereses del
“reino de los cielos” del que hablaba Cristo. Esta situación se agravó después
con la aceptación posterior de los denominados Estados Pontificios. A partir de
este momento histórico los Papas empezaron a jugar a dos bandas: como sucesores
de Pedro en el gobierno de la Iglesia y como reyes y jefes de Estado. Como es
sabido, los Estados Pontificios fue el regalo o donación de
Pipino el Breve al Papa Esteban
II (Tratado de Quierzy o Donación de Quierzy) en el año 756
estableciendo una base legal para la formación de dichos Estados extendiendo el
poder temporal del Papa más allá de la Diócesis y el Ducado de Roma. Estoy
convencido de que el trueque de libertad religiosa por la oficialización
imperial del cristianismo, la aceptación de los Estados Pontificios y, como
consecuencia de ello, la consideración de las disidencias religiosas como
delitos sociales susceptibles de ser castigados incluso con la pena de muerte por la Inquisición
fueron tres pecados capitales históricos de la Iglesia que favorecieron en
buena parte las calamidades papales protagonizadas por los Papas antes mencionados. Afortunadamente el Espíritu
Santo está por encima de todas las calamidades humanas de los que administran
el capital redentor legado por Cristo y los Papas posteriores a la pérdida
afortunada de los Estados Pontificios han recuperado felizmente la imagen
apostólica que muchos de sus predecesores habían desfigurado y moralmente
desacreditado. Las miserias humanas no prevalecen nunca sobre la grandeza y
misericordia de Dios. Eso sí, hay que reconocer esa grandeza y misericordia,
como Pedro, y no imitar la insensatez y cobardía de Judas. Todo lo demás viene
por añadidura.
En el islam no existe la libertad religiosa
interna ni inter-confesional. Al menos como norma general aunque haya regímenes
políticos islámicos que en la práctica toleran ciertas formas de culto privado.
El islam puro y duro no soporta ninguna confesión religiosa que no sea la suya
y considera a los demás como “gentiles” indeseables susceptibles de persecución
y exterminio como puede apreciarse en los actos de terror de musulmanes contra
cristianos en algunos países de predominio político islámico. Por esta razón
fundamental pienso que el diálogo religioso y civilizado con ellos resulta en
la práctica inútil y hasta contraproducente.
La libertad religiosa significa que cada cual pueda emigrar de una
confesión a otra buscando la verdad sin ser reprimido por las autoridades
políticas o religiosas correspondientes. Cosa que en el islam puro y duro no
tiene lugar reconocido.
Por lo que se refiere al judaísmo, la
piedra de toque con la que topamos siempre desde el punto de vista religioso es
el rechazo absoluto de la mesianidad de Cristo. Dentro del judaísmo hay muchos
márgenes de libertad desde la creencia religiosa trasnochada y cerril de los
ultras de Jerusalén hasta el ateísmo más crudo y frío. Hay quienes piensan que
todos los judíos son personas religiosas porque de ellos procede la Biblia.
Pero la biblia judía es sólo un signo de identidad étnica y cultural compatible
con la increencia. Lo que bajo ningún concepto aceptan como signo de su
identidad como pueblo es que Cristo sea reconocido como el verdadero Mesías
anunciado por los profetas. Por lo mismo, quien reconoce el carácter mesiánico de Cristo es considerado
automáticamente como no judío. Así las cosas, el ecumenismo religioso con estas
dos confesiones tan poderosas no es más que una modalidad de convivencia social
que interesa a todos, pero no una garantía de libertad religiosa y de mutua
comprensión entre creyentes en un Dios personal justo y misericordioso.
Por último está la cuestión del perdón.
En el cristianismo auténtico perdonar a una persona significa no devolver mal
por mal ni guardar rencor en el corazón
contra quienes nos han ofendido. Es verdad que el instinto de venganza se
disfraza muchas veces de justicia pero este disfraz choca frontalmente con los
hechos y dichos de Cristo que, sin avalar en ningún caso la injusticia, no deseó
ningún mal a sus enemigos. Al contrario, los incluyó amorosamente en los planes
de su obra de redención. Ahora bien, esto suena muy mal a los oídos de judíos y
musulmanes los cuales desconocen el perdón propiamente dicho y sólo reconocen las
disculpas diplomáticas como estrategia psicológica para controlar mejor al
presunto enemigo y ajustarle las cuentas tan pronto se produzca el momento
oportuno para hacerlo. Pero así no vamos a ninguna parte si no es al odio y
destrucción de vidas humanas al no romper por alguna parte el círculo vicioso
de la violencia vengativa mediante el perdón al enemigo y no sólo a los de la
propia etnia racial o religiosa.
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