CAPÍTULO II
CREER RAZONANDO Y RAZONAR CREYENDO
El 15 de septiembre de 1998 S.S. Juan
Pablo II publicó su decimotercera encíclica “Fe y Razón” (Fides et ratio). El antiguo profesor Wojtyla se decidió a explicar
en términos académicos y con autoridad papal cómo la fe y la razón están
condenadas a dialogar y entenderse. Nos encontramos ante un texto denso y
comprometido con la fe y la razón al mismo tiempo. Primero trazo las líneas maestras del documento
de forma condensada al tiempo que hago una valoración crítica personal sobre el
contenido sustancial y la forma expresiva del mismo. Mi exposición y comentario
no dispensan de la lectura atenta y reflexiva del texto pontificio.
1.
Las preguntas de fondo sobre el sentido y la existencia
¿Quién soy? ¿De dónde vengo y a dónde voy? Por qué existe
el mal? Qué hay después de esta vida?
Estas son preguntas que se hace
cualquiera que llega a la madurez de la autoconciencia personal. Y lo que es
más. Se encuentran también de diversos modos formuladas en los escritos de Israel, en los Veda y en los Avesta, en
Confucio y Lao-Tze. Igualmente, en la predicación de los Tirthankara y Buda. Y, por supuesto, en Homero, Eurípides,
Sófocles, Platón y Aristóteles. Juan Pablo II comienza su encíclica evocando
cuestiones sobre el sentido de la existencia humana que puede plantearse
cualquier persona intelectualmente madura y realista. Las mismas, por otra
parte, que se encuentran diversamente formuladas en las culturas más
representativas de Oriente y Occidente. El Pontífice hace suyo todo lo que de
válido pueda encontrarse en esas culturas, como respuesta al sentido último de
la vida, lo cual constituye una novedad
metodológica muy importante en la redacción de una encíclica papal. (n.1).
2.
Origen y naturaleza de la filosofía
La
filosofía destaca entre los otros muchos medios de conocimiento de la verdad en tanto que “contribuye directamente a
formular la pregunta sobre el sentido de la vida y trazar la respuesta”. Nació
y se desarrolló desde el momento en que el hombre, tanto en Oriente como en
Occidente, “empezó a interrogarse sobre el porqué de las cosas y su finalidad”,
asombrado por la contemplación de la creación y los problemas específicos de la
existencia humana (n.3-4). La filosofía
es definida como una forma superior de conocimiento sobre el sentido de la
vida. Su origen, pues, se remonta a los orígenes mismos de la humanidad. Los
hombres de todas las épocas y culturas, observando y admirando la realidad
cósmica y humana, terminaron interrogándose a su modo sobre el sentido último
de la existencia. La filosofía occidental de cuño griego queda así enmarcada en
el contexto más amplio de esa filosofía de la vida que es común a todas las
grandes culturas de Oriente y Occidente.
3.
La “soberbia filosófica” del pensamiento único
Contra la “tentación de identificar una
sola corriente con todo el pensamiento filosófico”, el Pontífice afirma la
prioridad del pensar contra la
pretensión de “erigir la propia perspectiva incompleta en lectura
universal”. Pero el rechazo de esta
tentación no significa quedarnos con la fragmentariedad como si no existieran
conocimientos filosóficos compartidos en cierto modo por todos. Por el contrario,
existe una filosofía implícita o
patrimonio espiritual de la humanidad. O lo que es igual, “un núcleo de
conocimientos filosóficos cuya presencia es constante en la historia del
pensamiento. Por ejemplo, los principios de no contradicción, de finalidad y de
causalidad; la concepción de la persona humana como sujeto libre e inteligente,
así como algunas normas morales fundamentales (n.4). A la tentación de
universalizar orgullosamente formas particulares de pensar, o la de entregarnos
cobardemente a una filosofía fragmentaria y “ligth” de corte posmoderno, el
Pontífice propone como alternativa la adhesión a una filosofía perennis de la vida con valor universal.
La humildad del realismo debe prevalecer contra la arrogancia intelectual.
4.
Frutos y fallos de la filosofía moderna
La filosofía moderna “tiene el gran
mérito de haber concentrado su atención en el hombre”. Se han construido
sistemas de pensamiento complejos que han dado sus frutos en el campo de la
antropología, la lógica, las ciencias naturales, la historia y el lenguaje.
Pero se ha centrado en el hombre de una forma muy unilateral habiéndose
olvidado de que éste, el hombre, “está también llamado a orientarse hacia una
verdad que lo trasciende”. La razón se ha doblegado sobre sí misma, cerrándose
a la trascendencia e imponiéndose el dominio absoluto de la técnica “dejando de
orientar su investigación sobre el ser”. Como consecuencia, han surgido
diversas formas de agnosticismo y relativismo convergentes en un escepticismo
generalizado. Igualmente, ha surgido una curiosa simpatía en occidente por
formas de vida exóticas orientales. En este contexto, todo se reduce a opinar
con falsa modestia promocionando sólo verdades parciales y provisionales “sin
intentar preguntas radicales sobre el sentido y el fundamento último de la vida
humana, personal y social” (n.5).
En la filosofía posmoderna, en efecto, el
pensamiento filosófico ha perdido su vigor natural y algunos tratan de llenar
ese vacío en Occidente asumiendo formas de vida extravagantes importadas del
exótico Oriente. En contrapartida, Juan Pablo II propone una filosofía de la
vida con valor perenne y universal, referida a las preguntas radicales sobre el
fundamento último de la vida humana en todas sus dimensiones. La filosofía, así
entendida, tiene que encontrar su estatuto propio de reconocimiento social. El
pensamiento filosófico no puede quedar relegado a la esfera de la vida privada
de cada uno. Esta observación resulta particularmente interesante cuando la
dinámica parlamentaria de los votos en los asuntos públicos sustituye
sistemáticamente a las razones.
5. La intención
del Pontífice en la nueva encíclica
Reafirmar
“la necesidad de reflexionar sobre la verdad” haciendo en voz alta con los obispos “algunas reflexiones sobre la
vía que conduce a la verdadera sabiduría” manifestada en Cristo. Y, al mismo
tiempo, “ofrecer a la filosofía un estímulo para que pueda recuperar y
desarrollar su plena dignidad”. La Fides
et ratio se inscribe en el contexto de la Veritatis splendor, de la que es una continuación. El propio Juan
Pablo II lo advierte explícitamente: “Con la presente Encíclica deseo continuar
aquella reflexión centrando la atención sobre el tema de la verdad y de su fundamento en relación con la fe”.
Aquella reflexión se refería a llamar la atención sobre algunas verdades
fundamentales de la doctrina católica que corren el riesgo de ser deformadas o
negadas. Ahora quiere salir al paso “de propuestas que elevan lo efímero al
rango de valor, creando ilusiones sobre la posibilidad de alcanzar el verdadero
sentido de la existencia, prefiriendo el éxito inmediato en lugar del esfuerzo
de la investigación paciente sobre lo que merece ser vivido”(n.6). En la Redemptor hominis Juan Pablo II
anunció su programa papal afirmando el carácter epi- céntrico de Jesucristo en
la vida e historia de la humanidad. En la
Veritatis splendor recordó a los
teólogos moralistas algunas normas fundamentales de metodología y deontología
profesional. En la Fides et ratio
recuerda a los teólogos católicos y pensadores la conveniencia y necesidad de
recuperar la correcta reflexión filosófica en el trato intelectual de la
Palabra de Dios. Las tres encíclicas constituyen un “corpus” doctrinal muy
característico de Juan Pablo II. En los tres documentos mantiene coherentemente
una línea de pensamiento de inspiración tomista actualizada en diálogo crítico
con el pensamiento “débil” posmoderno. El Pontífice quiere estimular a los
filósofos para que la filosofía recupere su dignidad perdida en el mundo
contemporáneo y sea incorporada a la reflexión teológica.
6.
La historia como lugar de encuentro con la sabiduría de Dios con rostro humano
A contrapelo del camino seguido por la
Iglesia para la inteligencia de la fe reflexionando sobre el misterio de la
revelación en Cristo, la crítica racionalista ha pretendido “negar todo
conocimiento que no fuese fruto de las capacidades naturales de la razón”. Pero
la Iglesia mantiene que, además del conocimiento propio de la razón, “existe un
conocimiento que es peculiar de la fe”. La clave para entender esta segunda
dimensión del conocimiento es el hecho histórico de Cristo encarnado como
rostro visible de Dios y plenitud de los tiempos. La revelación de Dios se
inserta, pues, en el tiempo y en la historia. Se cumplen dos mil años del
fausto acontecimiento del nacimiento de Cristo y es preciso reconocer la
importancia fundamental del factor tiempo en el cristianismo. De hecho, en el
tiempo tiene lugar toda la obra de la creación y de la salvación. “La verdad
que Dios ha comunicado al hombre sobre sí mismo y sobre su vida se inserta,
pues, en el tiempo y en la historia”. Por lo mismo, “la historia es el lugar
donde podemos constatar la acción de Dios a favor de la humanidad”. A partir
del hecho de la encarnación, se puede constatar cómo “el Eterno entra en el
tiempo, el Todo se esconde en la parte y Dios asume el rostro del hombre”.
Así las cosas, el Pontífice destaca cómo
“ahora todos tienen en Cristo acceso al Padre”. Como afirma el Vaticano II, el
misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Y el
Pontífice añade: “Fuera de esta perspectiva, el misterio de la existencia
personal resulta un enigma insoluble: ¿Dónde podría el hombre buscar la
respuesta a las cuestiones tan dramáticas como el dolor, el sufrimiento de los
inocentes y la muerte, sino en la luz que brota del misterio de la pasión,
muerte y resurrección de Cristo?”(n.7-12).
La realidad de Cristo es un hecho sustancial de la historia de la
humanidad y el realismo histórico pasa por la aceptación de este hecho único e
irrepetible más allá de las meras hipótesis y las teorías.
7. La razón ante
el misterio de la fe
Jesús revela el
rostro del Padre, pero “el conocimiento que nosotros tenemos de ese rostro se
caracteriza por el aspecto fragmentario y por el límite de nuestro
entendimiento”. Así las cosas, la fe es la respuesta de obediencia a Dios, el
cual se da a conocer desde la autoridad de su absoluta trascendencia que
comporta la “credibilidad de aquello que revela. Desde la fe el hombre da su asentimiento a ese testimonio divino”. La fe es definida, en
consecuencia, como “el acto con el que uno confía en Dios” y es considerado por
la Iglesia como “un momento de elección fundamental, en la cual está implicada
toda la persona”. Más aún. La fe es la que permite expresar mejor la propia
libertad. O lo que es igual, “la libertad no se realiza en las opciones contra
Dios” ni en el uso de la libertad para cerrarnos a la trascendencia. La verdad
de la Revelación cristiana expresada en la persona de Cristo, “a la vez que
respeta la autonomía de la criatura y su libertad, la obliga a abrirse a la
trascendencia”. Por otra parte, “la verdad que la Revelación nos hace conocer
no es el fruto maduro o el punto culminante de un pensamiento elaborado por la razón. Por el contrario, ésta se
presenta con la característica de la gratuidad, genera pensamiento y exige ser
acogida con expresión de amor” (n.13-15).
El Pontífice desgrana los elementos
constitutivos del acto de la fe, la cual exige la apertura de la razón a la
trascendencia. La afirmación de que “la libertad no se realiza en las opciones
contra Dios” puede resultar chocante. De hecho, el estado de libertad del
hombre en pleno dominio de sus facultades
se manifiesta en la opción positiva por Dios y en contra de Él. Sin la
capacidad real de ambas opciones no cabría hablar de libertad. Lo que el
Pontífice quiere decir es que, cuando el hombre en nombre de la libertad se
cierra a la trascendencia o se opone activa y deliberadamente a los planes de
Dios, lo que hace es un uso indeseable de su libertad en perjuicio propio. Es
como tirar piedras al propio tejado.
8. Creer para entender
El Pontífice hace un recorrido por el Antiguo y
Nuevo Testamento exponiendo “el vínculo
tan profundo que hay entre el conocimiento de fe y el de la razón. El hombre
sabio en el texto sagrado es presentado “como el que ama y busca la verdad”.
Para el autor inspirado, “el deseo de conocer es una característica común a
todos los hombres”. Más aún, en la Biblia existe una aportación propia y
original al pensamiento universal. “La peculiaridad que distingue el texto
bíblico consiste en la convicción de que hay una profunda e inseparable unidad
entre el conocimiento de la razón y el de la fe”. No sólo no hay en la Biblia
motivo de competitividad entre la razón y la fe, sino que “una está dentro de
la otra y cada una tiene su propio espacio de realización”. Israel, con su
reflexión, “ha sabido abrir a la razón el camino hacia el misterio”. Eso sí,
respetando algunas reglas de fondo para expresar su propia naturaleza. Por
ejemplo, teniendo en cuenta el hecho de que el conocimiento humano del hombre
es un camino sin descanso. Recorriendo ese camino con realismo y no con el
orgullo de creer que todo es fruto de una conquista personal. En cualquier
caso, con “temor de Dios”, es decir, reconociendo su trascendencia y amor
providente sobre el mundo. En esta perspectiva bíblica veterotestamentaria, “la razón es valorizada,
pero no sobrevalorada”. Para el Antiguo Testamento, “la fe libera la razón en
cuanto que le permite alcanzar coherentemente su objeto de conocimiento y colocarlo
en el orden supremo en el cual todo adquiere sentido”. El conocimiento no se
funda sólo en la observación atenta del hombre, del mundo y de la historia,
sino que supone una relación indispensable con la fe y con los contenidos de la
Revelación (n.17-21).
En la carta a los romanos, S. Pablo
desarrolla una argumentación filosófica con lenguaje popular. “Se reconoce a la
razón del hombre una capacidad que parece superar casi sus mismos límites
naturales”. Es más, “con terminología filosófica podríamos decir que en este
importante texto paulino se afirma la capacidad metafísica del hombre” (n.22).
Por otra parte, habida cuenta de “la contraposición entre la sabiduría de este mundo y la de Dios,
revelada en Jesucristo”, destacada por S. Pablo en la primera carta a los
corintios, la relación del cristiano con la filosofía requiere un
discernimiento radical. En el hecho histórico de Cristo muerto y resucitado “se
evidencia la frontera entre la razón y la fe, pero se aclara también el espacio
en el cual ambas pueden encontrarse” (n.23).
La Biblia no tiene intencionalidad
filosófica en el sentido griego y occidental de la palabra. Pero en el texto
sagrado existe un “corpus” de
pensamiento filosófico relacionado con la búsqueda y experiencia de Dios. Juan
Pablo II hace un repaso magistral del Antiguo y Nuevo Testamento destacando los
textos más significativos al respecto. La conclusión más obvia de su análisis
es que cabe hablar de una filosofía bíblica caracterizada por la experiencia
previa de Dios y no meramente conceptual al estilo griego. En la filosofía
griega Dios es algo desconocido como
persona y que se busca especulativa y conceptualmente. En la Biblia, Dios no es
un asunto de discusión intelectual sino la base de toda experiencia humana y
motivo supremo de reflexión. La filosofía griega es un conocimiento sapiencial.
La filosofía bíblica es la Sabiduría en sí misma. Dios en persona, cuya
manifestación con rostro humano es Jesucristo. De ahí el vínculo tan profundo
que hay en la Biblia entre el conocimiento de fe y el uso de la razón.
9.
Entender para creer
En Atenas,
ciudad de los filósofos, Pablo habló de Dios como creador y Ser que trasciende
todas las cosas. Y puso de relieve cómo
“en lo más profundo del corazón del hombre está el deseo y la nostalgia
de Dios”. En lo cual coincide con Aristóteles cuando proclama que todos los
hombres desean saber. De ahí el deber moral de buscar la verdad en el orden
teórico y de seguirla, una vez conocida, en el orden práctico de la vida
(n.24-25). Ahora bien, la verdad, objetivo específico del deseo natural de
saber, se nos presenta inicialmente como un interrogante en el que está
implicado el sentido mismo de nuestra existencia. ¿Tiene sentido la vida?.
¿Hacia dónde se dirige?. Nadie, “ni el
filósofo ni el hombre corriente, puede sustraerse a estas preguntas”. Al
plantearnos estos interrogantes, lo que en última instancia buscamos es
encontrar un absoluto que sea capaz de dar respuesta y sentido a toda nuestra
existencia. Es decir, “una explicación definitiva, un valor supremo, más allá
del cual no haya ni pueda haber interrogantes o instancias superiores”. Buscamos
una verdad definitiva “que dé una certeza no sometida ya a la duda”. En este
quehacer de búsqueda, han surgidos los diversos sistemas filosóficos y las
escuelas de pensamiento. Pero más allá de los sistemas y escuelas de filosofía
están las convicciones o experiencias personales, tradiciones e
itinerarios existenciales en los cuales
se confía en la autoridad de determinados maestros. “En cada una de estas
manifestaciones lo que permanece es el deseo de alcanzar la certeza de la
verdad y de su valor absoluto” (n. 24-27).
Pero la búsqueda de la verdad sobre el
sentido de la existencia humana no siempre se presenta de forma trasparente y
consecuente. A menudo, con el deseo natural de saber y encontrar la verdad se
mezclan otros intereses ajenos a la verdad en sí misma como valor primordial. A
pesar de lo cual, incluso cuando se pretenden fundar la propia vida sobre la
duda, la incertidumbre o la mentira, el hombre no deja de ser “aquel que busca la verdad” en el ámbito
de las cuestiones últimas (n.28-29).
Desde esta perspectiva de búsqueda e
inteligencia de las razones últimas, sobre todo de la vida humana, el Pontífice
recuerda diversas formas de verdad o niveles de conocimiento. 1) Verdades que
se apoyan sobre evidencias inmediatas o confirmadas por la experiencia. 2) Las
de carácter filosófico a las que se llega mediante la especulación
intelectiva. El ámbito de las verdades
filosóficas va más allá de las meras
enseñanzas de los filósofos de profesión, a veces efímeras. Re refiere, sobre
todo, a las respuestas que cada hombre trata de encontrar en la búsqueda del sentido de la propia
existencia. En este contexto surge la pregunta sobre la relación entre las
verdades filosóficas y la verdad revelada en Jesucristo. 3) Verdades
religiosas, contenidas en las diversas religiones como respuesta a las
cuestiones últimas. 4) Verdades “recuperadas” sobre la base de la experiencia o
en virtud del razonamiento sucesivo. Y es que el hombre, además de ser
naturalmente buscador de verdad, puede definirse también como aquel que vive de creencias. El
conocimiento por creencia se funda sobre la confianza interpersonal. El hombre,
creyendo, confía en la verdad que el otro le manifiesta (n.30-32). El hombre
busca la verdad y también la persona de quien fiarse. En esta perspectiva
emerge la cuestión sobre la verdad revelada en Cristo como horizonte de unidad
del pensamiento en la búsqueda azarosa y coherente del sentido de la existencia
humana. En consecuencia, el entender reflexivamente la cuestión del sentido nos
prepara para el asentimiento por la fe a las verdades reveladas en la persona
de Cristo (n.33-34). Desde el punto de
vista de la filosofía de la vida, el filósofo es definido por Juan Pablo II como
aquel que busca la verdad en el ámbito de las cuestiones últimas sobre el
sentido de la propia existencia y, al
mismo tiempo, vive de creencias profundas. El realismo de la vida nos obliga a
razonar creyendo y a creer razonando. Son dos aspectos que de suyo se implican
mutuamente.
10. Encuentro feliz y separación dramática entre fe
y razón
El capítulo cuarto está
dedicado a la descripción sumaria de las etapas más significativas en el
encuentro entre la fe y la razón, el papel decisivo y culminante desempeñado
por Sto. Tomás en el siglo XIII y la dolorosa separación consumada en el siglo
pasado.
El anuncio cristiano tuvo que
confrontarse desde el inicio con las corrientes filosóficas de su tiempo. El
hecho de referencia más emblemático al respecto es el discurso de S. Pablo en
el Areópago con algunos filósofos epicúreos y estoicos. Los cristianos de la
primera hora, para hacerse comprender por los paganos, no podían referirse sólo
a Moisés y los profetas. “Debían también apoyarse en el conocimiento natural de
Dios y en la voz de la conciencia moral de cada hombre. Pero ese pensamiento
natural había degenerado en idolatría, por lo que el Apóstol deja a un lado las
convicciones populares considerando más oportuno relacionar su argumentación
“con el pensamiento de los filósofos, que desde siempre habían opuesto a los
mitos y a los cultos mistéricos conceptos más respetuosos de la trascendencia
divina”. Los filósofos, en efecto, mediante el análisis racional, purificaron
en parte las formas mitológicas e idolátricas de las religiones populares.
Después tuvieron que salir al paso de la gnosis
y sus especulaciones esotéricas. En fin, que “el encuentro del cristianismo con
la filosofía no fue ni inmediato ni fácil (n.36-37).
A continuación, el Pontífice recuerda
sumariamente las etapas que siguieron, de acuerdo con el esquema bien conocido
por la historia de la filosofía y de la
teología. De entrada y como pionero, menciona a S. Justino, que era filósofo de
profesión antes de ser cristiano. Amante de la filosofía griega, la utilizó
como herramienta apologética de la fe. Por su parte, Orígenes asume la
filosofía platónica sin escrúpulos comenzando la elaboración de una “primera
forma de teología cristiana”, entendida como “reflexión racional sobre Dios”.
No como culmen de la reflexión filosófica o filosofía primera al estilo
aristotélico. El concepto aristotélico de teología es superado adquiriendo un
significado totalmente nuevo, en cuanto que la teología se define ahora como
“la reflexión que el creyente realizaba para expresar la verdadera doctrina sobre Dios”. En este trueque de significado, “el
pensamiento platónico asumido en la teología sufrió profundas transformaciones,
en particular por lo que se refiere a
conceptos como la inmortalidad del alma, la divinización del hombre y el origen
del mal” (n.39).
Los Apóstoles y los cristianos de la
primera hora quedaron tan impactados por el acontecimiento de la resurrección
de Cristo que poco o nada les podía importar la filosofía como especulación al
estilo griego. Lo mismo cabe decir de los Padres Apostólicos, cuya misión
inmediata era la de transmitir lo más fielmente posible a la posteridad las
enseñanzas de los Apóstoles. Pero en el ambiente estaba la filosofía nóstica y
otros movimientos culturales con los cuales los cristianos tenían que
enfrentarse. Sobro todo, para defenderse dialécticamente. Surgieron así los
Apologistas, los cuales empezaron a servirse de la filosofía como herramienta
de defensa. El propio Tertuliano, que llegó a considerar la filosofía de
Aristóteles como la principal responsable de la deformación del mensaje
evangélico, pensó después que era mejor agarrar al toro por los cuernos y
utilizar la filosofía como herramienta de defensa intelectual. “No sólo
refutaré las culpas de que nos acusan-dice en el c.4 del Apologético- sino que
heriré con sus propias armas a los acusadores”. En resumen. Los Apóstoles y
Padres Apostólicos, como es sabido, se desentendieron por completo de la
filosofía. Los apologistas se vieron obligados a utilizarla como arma defensiva
y los Santos Padres dieron un paso adelante asimilándola en la nueva
cosmovisión derivada de la irrupción del cristianismo en la historia humana.
La culminación patrística de esta obra
en Occidente es atribuida, como era de esperar, a S. Agustín. “El Obispo de
Hipona consiguió hacer la primera gran síntesis del pensamiento filosófico y
teológico en la que confluían las corrientes del pensamiento griego y
latino”. Con una matización importante.
Los Padres, tanto en Oriente como en Occidente, entraron deliberadamente en
contacto con las diversas escuelas filosóficas. Ahora bien, “esto no significa
que hayan identificado el contenido de su mensaje con los sistemas a que hacían
referencia”. Un poco más adelante el Pontífice matiza que “es injusto y
reductivo limitar su obra a la sola trasposición de verdades de la fe en
categorías filosóficas”. La razón filosófica por sí sola se encontraba en un
callejón sin salida y los Padres la abrieron a la trascendencia. “Ellos
acogieron plenamente la razón abierta a lo absoluto y en ella incorporaron la
riqueza de la Revelación. El encuentro no fue sólo entre culturas, donde tal
vez una es seducida por el atractivo de otra, sino que tuvo lugar en lo
profundo de los espíritus, siendo un encuentro entre la criatura y el Creador”.
Ante las filosofías, “los Padres no tuvieron miedo, pero fueron conscientes
tanto de las convergencias como de las profundas diferencias entre los
contenidos formales de la filosofía y los de la Revelación (n.40-41). En el n.
42 el Pontífice se refiere a la teología
escolástica destacando el papel que
desempeñó S. Anselmo con su teoría del intellectus fidei en la línea de S. Agustín.
La fe requiere que su objeto sea comprendido con la ayuda de la razón al tiempo
que la razón, en el culmen de su búsqueda, admite como necesario lo que la fe
le presenta (n. 42).
Veamos, por ejemplo, cómo incorpora S. Agustín al pensamiento
cristiano la teoría platónica de las ideas modificando por completo su
contenido original. Según la versión neoplatónica, de la que se sirve el
Hiponense, el mundo de las realidades superiores estaría jerárquicamente
constituido por el Uno, el Logos o NOUS y el Alma del mundo. S. Agustín
modifica este esquema adaptándolo a la fe cristiana, como lo hiciera Filón a la
judaica. Así, el Unum neoplatónico es suplantado en el pensamiento de S.
Agustín por el Dios Uno y Trino de la Biblia. El Demiurgo platónico es sustituido
por el Verbo consustancial a Dios. Y el emanatismo cede su lugar a la creación
bíblica. El Hiponense se sirve del esquema mental neoplatónico, pero vaciándolo
de su contenido propio para rellenarlo
con contenidos metafísicos de corte bíblico-cristiano. Véase mi obra Filosofía de S. Agustín (Madrid 2012).
11.
La novedad perenne del pensamiento de santo Tomás de Aquino
En la exposición sumaria de las etapas
del camino histórico del encuentro, el Pontífice dedica los números 43 y 44
monográficamente al destaque del “puesto singular” que corresponde a santo
Tomás. En realidad, Sto. Tomás representa la culminación de la feliz armonía
entre fe y razón así como la afirmación decisiva de sus respectivas autonomías
(n.45). En este sentido, en el pensamiento tomasiano cabe resaltar “la relación
dialogal que supo establecer con el pensamiento árabe y hebreo de su tiempo”.
En segundo lugar, “tuvo el gran mérito de destacar la armonía que existe entre
la razón y la fe”. Esta obra intelectual de armonización de la fe y la razón,
(“las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la
contemplación de la verdad”), es la razón principal por la que la Iglesia “ha propuesto siempre a santo
Tomás como maestro de pensamiento y modelo del modo correcto de hacer teología”
(n.43). El Pontífice destaca después la gran intuición tomasiana referente “al
papel que el Espíritu Santo realiza haciendo madurar en sabiduría la ciencia
humana” (n.44). Pero la prioridad reconocida a esta sabiduría no hace olvidar
al Aquinate “la presencia de otras dos formas de sabiduría complementarias: la filosófica, basada en la capacidad del
intelecto para indagar la realidad dentro de sus límites connaturales, y la teológica, fundamentada en la Revelación
y que examina los contenidos de la fe” (n.44).
Santo Tomás goza de la preferencia del
Magisterio por dos razones fundamentales, porque es maestro de pensamiento y
por su correcto modo de hacer teología. O lo que es igual, porque enseña a
pensar usando correctamente la razón y a hacer razonable la fe sin devaluarla.
Sobre esta base pedirá después a los filósofos cristianos que desarrollen una
reflexión comprensible y sensata, incluso para los no creyentes. Para entender
el sentido y las razones de Juan Pablo II para insistir en la preferencia
modélica del pensamiento de santo Tomás, léase detenidamente la I, q.1. Aquí
está la clave del método teológico tomasiano. Por otra parte, Juan Pablo II ya
se había pronunciado antes sobre este asunto. Lo que dice en la presente encíclica sobre Santo Tomás es un resumen
sustancial de la conferencia de clausura, pronunciada el 17 de noviembre de
1979 en la Universidad de Santo Tomás en Roma, con motivo de la celebración
del primer centenario de la encíclica Aeterni Patris de León XIII. Véase mi
artículo Tomás de Aquino cien años
después de la “Aeterni Patris” de León XIII en Studium 20 (1980) 101-113.
12.
El drama de la separación entre fe y razón
S. Alberto Magno y santo
Tomás culminaron el proceso histórico de armonización y autonomía entre la filosofía, las ciencias y la
teología, pero “a partir de la baja Edad Media la legítima distinción entre los
dos saberes se transformó progresivamente en una nefasta separación”. Como
consecuencia, surgió el recelo cada vez mayor hacia la razón misma. “En
resumen, lo que el pensamiento patrístico y medieval había concebido y
realizado como unidad profunda, generadora de un conocimiento capaz de llegar a
las formas más altas de la especulación, fue destruido de hecho por los
sistemas que asumieron la posición de un conocimiento racional separado de la
fe o alternativo a ella”(n.45). Hasta el punto de que, en Occidente, “buena parte
del pensamiento filosófico moderno se ha desarrollado alejándose
progresivamente de la Revelación cristiana”. Movimiento que culminó en el siglo
pasado con el positivismo y el olvido de toda relación con la visión metafísica
y moral de la vida. Como consecuencia de la crisis del racionalismo, se ha
fortalecido el nihilismo o filosofía
de la nada, en la que la existencia es sólo una oportunidad para sensaciones y
experiencias con primacía sistemática de lo efímero. En esta mentalidad
nihilista radica también la actitud generalizada de no asumir compromisos
definitivos (n.46).
Más aún. En la cultura
moderna, “ha cambiado el papel mismo de la filosofía”. Ha dejado de ser
considerada como una sabiduría y un saber universal para convertirse en algo
marginal y como razón instrumental al servicio de fines utilitaristas, de
placer o de poder, sin relación con la búsqueda del sentido último de la vida
(n.47). La razón, por sí sola, privada de la aportación de la Revelación, corre
el riesgo de perder de vista su meta
final. Y la fe, privada de la razón, corre el riesgo de dejar de ser una
propuesta universal perdiéndose en el sentimiento y la experiencia. La fe,
“ante una razón débil”, cae en el “grave peligro de ser reducida a mito o
superstición”. Igualmente, “una razón que no tenga ante sí una fe adulta no se
siente motivada a dirigir la mirada hacia la novedad y radicalidad del ser”. La
fe y la filosofía tienen que recuperar su unidad y recíproca autonomía. “A la
parresía de la fe debe corresponder la audacia de la razón” (n.48). Aunque en
algunos casos pudiera parecer lo contrario, la fe no ofende a la razón. La
ayuda a madurar y la ennoblece.
13.
Intervenciones del Magisterio en cuestiones filosóficas
El capítulo quinto está dividido en dos
importantes apartados en los que el Pontífice se decanta con afirmaciones
firmes relativas al interés de la Iglesia por la filosofía y las formas de
filosofar que considera poco o nada recomendables. De entrada, quede claro que
“la Iglesia no propone una filosofía propia ni canoniza una filosofía en
particular con menoscabo de otras”. La filosofía debe proceder a la luz de la
razón, según sus propios principios y metodologías, abierta a la verdad. Efectivamente, el papel de la filosofía ha
cambiado hasta el punto de ser condenada a la marginación cultural. El mismo
nombre de filosofía suena mal en determinados ambientes. Su significado
original y secular se ha devaluado. Lo más frecuente es considerar la actividad
filosófica como una respetable forma de perder el tiempo. Existe una fuerte
tendencia a excluirla incluso de los planes de estudios universitarios de los
que tradicionalmente fue la reina. La reflexión filosófica ha perdido el
estatuto social que había conquistado en la historia cultural de Occidente. Con
el impacto de la tecnología actual y la frivolidad de la llamada filosofía
posmoderna los filósofos de pura raza son una especie a extinguir. En el mejor
de los casos, son aceptados como personajes pintorescos y socialmente
decorativos
Por otra parte, “no es tarea ni competencia
del Magisterio intervenir para colmar las lagunas de un razonamiento filosófico
incompleto”. Pero “es deber suyo reaccionar de forma clara y firme cuando tesis
filosóficas discutibles amenazan la comprensión correcta del dato revelado”. O
confunden la fe del pueblo. El Magisterio tiene la autoridad y el deber: 1) De
indicar los presupuestos y conclusiones filosóficas incompatibles con la verdad
revelada. 2) De expresar su juicio sobre la compatibilidad o no con la
revelación, de las concepciones de fondo que inspiran a la diversas escuelas de
pensamiento. “La Iglesia tiene el deber de indicar lo que en un sistema
filosófico puede ser incompatible con su fe”. O sea, el deber de ejercer una
diaconía o servicio tenaz en favor de la recta
ratio, es decir, “de la razón que reflexiona correctamente sobre la verdad”
(n.49-50). En este sentido, “sus intervenciones se dirigen, en primer lugar a
estimular, promover y animar el pensamiento filosófico“ (n.51). La Iglesia tiene la autoridad y el deber de
estimular, promover y animar el pensamiento filosófico en lo que atañe a su misión en el mundo. Cualquier
institución pública al servicio de los demás tiene la autoridad y el deber de
velar por sus legítimos intereses en función del bien que representa en la
sociedad. En esto la Iglesia no puede ser menos que cualquier otra institución
histórica de carácter público. El Pontífice nos dijo ya en el n.6 que desea
ofrecer a la filosofía un estímulo para que recupere la dignidad perdida en la
sociedad contemporánea. Aquí insiste en la misma idea. Conviene advertir, sin
embargo, que el Pontífice dirige su mensaje
a unos destinatarios y pensadores cristianos en general. El estilo y el
lenguaje de la encíclica sólo pueden ser comprendidos en sus justos términos por pensadores que también son creyentes.
En
los números 52-54 el Pontífice recuerda casos concretos en los que el
Magisterio ha intervenido en relación con determinadas doctrinas filosóficas.
Por ejemplo, a partir de la mitad del siglo XIX, intervino para censurar, por
una parte, el fideísmo y el tradicionalismo radical por su desconfianza
en la razón y por otra, el racionalismo
y el ontologísmo, por atribuir a la
razón competencias propias de la fe. El Magisterio sale al paso de estos
extremos insistiendo en la “necesidad del conocimiento racional y, por tanto,
filosófico para la inteligencia de la fe”. Contra el racionalismo, propone “la
distinción entre los misterios de la fe y los hallazgos filosóficos”. Contra las
tentaciones del fideísmo, se ha de recalcar la unidad de la verdad y la
aportación positiva del conocimiento racional (n.53).
En el siglo XX, Juan Pablo
II recuerda cómo y por qué intervinieron Pío XI y Pío XII en relación con
algunas tesis filosóficas modernistas, la filosofía marxista, el comunismo
ateo, el evolucionismo, existencialismo e historicismo sin olvidar que por el
hecho de que un sistema filosófico sea falso en su infraestructura intelectual,
no por ello hemos de rechazar las verdades particulares que eventualmente
pueden encontrarse en él. En relación con la Congregación para la Doctrina de la Fe, el Pontífice menciona la
censura hecha a “algunos teólogos de la liberación, tesis y metodologías
derivadas del marxismo” (n.54). Se trata de ejemplos concretos en los que puede
apreciarse el verdadero sentido de las intervenciones del Magisterio en asuntos
en los que está implicada algún tipo de filosofía de la vida en conflicto con
los postulados de la fe y su correcta inteligencia. En este repaso de casos
concretos, en los que la Iglesia ha intervenido en cuestiones filosóficas, el
Pontífice destaca las valoraciones que mantienen su validez a través del
tiempo. Por otra parte, para entender la
validez perenne de las mismas, es preciso contextuarlas en sus peculiares
circunstancias históricas y personales. Formas de llevar a cabo ese legítimo
control doctrinal en tiempos pasados pueden resultar actualmente anacrónicas o
chocantes. El Pontífice se refiere únicamente a los contenidos sustanciales de
esas evaluaciones y no a las formas.
En la actualidad vuelven los problemas
del pasado con nuevas peculiaridades. En el campo filosófico, por ejemplo, “la
desconfianza radical en la razón”. En la teología, por una parte, un cierto racionalismo, paradójicamente debido a
la falta de competencia filosófica de algunos teólogos. Por otra, se aprecian
“rebrotes peligrosos de fideísmo. No
se reconoce la importancia del conocimiento racional y de la reflexión
filosófica para la inteligencia de la fe. En este contexto fideísta describe y
critica el “biblicismo” que puentea
la Tradición y el Magisterio, rompiendo la suprema norma de la fe “proveniente
de la unidad que el Espíritu ha puesto entre la Sagrada Tradición, la Sagrada
Escritura y el Magisterio de la Iglesia en reciprocidad tal que los tres no
pueden subsistir de forma independiente”. En el fondo del “biblismo” como uso y
abuso de la Biblia, está el problema de las diversas metodologías
hermenéuticas. El Pontífice censura también como formas latentes de fideísmo
“la escasa consideración que se da a la teología especulativa, como
también el desprecio de la filosofía
clásica” (n.55). En definitiva, que, a juicio del Pontífice, “se nota una
difundida desconfianza hacia las afirmaciones globales y absolutas, sobre todo
por parte de quienes consideran que la verdad es el resultado del consenso y no
de la adecuación del intelecto a la realidad objetiva” (n.55).
Ese desprecio del que habla el Papa es debido, en parte, al abuso del
manualismo y la pedagogía autoritaria y academicista. Los manuales de filosofía y teología son una
herramienta pedagógica estupenda cuando ofrecen una infraestructura de
pensamiento lógico y coherente que ayuda al alumno a distinguir lo sustancial
de lo accidental y, sobre todo, a aprender a pensar por su cuenta al filo de la
realidad. Por el contrario, cuando los manuales se utilizan como mero
instrumento para trasmitir conocimientos del pasado de forma impositiva por
profesores rutinarios e intelectualmente mediocres, terminan haciéndose odiosos
y contraproducentes. Por otra parte, la enseñanza universitaria de la filosofía
y de la teología en ocasiones ha degenerado en pura especulación o en peleas
dialécticas de unas escuelas contra otras. La filosofía de la vida y la sabiduría
de la fe degeneraron así en conceptualismos estériles o en ideologías
eclesiales utilizadas para fines sociopolíticos ajenos a la misión fundamental
de la fe y la razón.
De lo expuesto hasta aquí
se podría sacar la conclusión de que el Magisterio se ha limitado a mostrar los
errores y desviaciones de las doctrinas filosóficas. El Pontífice quiere evitar
esa impresión recordando otras intervenciones solemnes del Magisterio
estimulando y promocionando el pensamiento filosófico como búsqueda del sentido
último de la vida. Por ejemplo, la promoción leonina del pensamiento de santo Tomás, y de otros escolásticos, como el mejor camino “para recuperar un uso
de la filosofía conforme a las exigencias de la fe”. Se dio así un vigoroso
empuje a los estudios históricos y surgieron nuevas escuelas tomistas. En este
contexto, “los teólogos católicos más influyentes de este siglo son hijos de
esta renovación de la filosofía tomista y neo-tomista así como de otros
movimientos filosóficos de inspiración cristiana.
El mismo Concilio Vaticano II, sobre
todo en la Constitución Gaudium et spes,
ha ofrecido un compendio de antropología bíblica altamente estimulador de la
filosofía. De hecho, el Concilio exigió el estudio de la filosofía en los
planes de estudio para la formación sacerdotal. “Las asignaturas filosóficas
deben ser enseñadas de tal manera que los alumnos lleguen a adquirir un
conocimiento fundado y coherente del hombre, del mundo y de Dios, basados en el
patrimonio filosófico válido para siempre, teniendo en cuenta también las
investigaciones filosóficas de cada tiempo”(n.60).
A pesar de tantas
recomendaciones del modelo tomista y no tomista de la filosofía, por parte del
Magisterio, Juan Pablo II reconoce que no pocos teólogos se desinteresan por
completo del estudio de la filosofía. Entre los motivos de esta poca o nula
estima de la filosofía, destaca los siguientes: 1) Desconfianza generalizada en
la razón. 2) El equívoco que se ha creado en relación con las llamadas
“ciencias humanas”. El que los teólogos deban conocer lo mejor posible otras
disciplinas modernas, no debe ser interpretado como autorización o excusa para
“marginar la filosofía o sustituirla en la formación pastoral y la preparación
para la fe (n.61). Juan Pablo II desea “reafirmar decididamente que el estudio
de la filosofía tiene un carácter fundamental e imprescindible en la estructura
de los estudios teológicos y en la formación de los candidatos al sacerdocio”.
En este contexto hace una mención honrosa de la saludable influencia que
tuvieron las Disputationes metaphysicae
de Francisco Suárez, incluso en las universidades luteranas alemanas (n.62). Como
reacción a la arbitrariedad y el desorden en la enseñanza, vuelve la añoranza
de los manuales. En tiempos pasados el manual de teología suplantó con
frecuencia a la Biblia. Ahora se corre el riesgo de que se convierta en un
catecismo de preguntas y respuestas. Si así fuere, cabe sospechar que la
constatación papal sobre el escaso interés por la teología especulativa y el
desprecio de la filosofía clásica va para largo.
14.
La ciencia de la fe y las exigencias de la razón filosófica
El hombre es naturalmente filósofo y la
teología elaboración refleja y científica de la inteligencia de la palabra de
Dios a la luz de la fe (n.64). En consecuencia, la teología se organiza como
ciencia de la fe a la luz del doble principio metodológico: el auditus fidei y el intellectus fidei. Primero se escucha la palabra de Dios y después
tratamos de entenderla lo más y mejor posible mediante la reflexión
especulativa (n. 65-66). En este sentido, la teología dogmática debe esforzarse
por articular el sentido universal del misterio de Dios y de la economía de la
salvación de forma narrativa y, sobre todo, de forma argumentativa. “La teología dogmática especulativa
presupone e implica una filosofía del hombre, del mundo y, más radicalmente,
del ser, fundada en la verdad objetiva”. Lo mismo cabe decir de la teología moral, habida cuenta de que
resulta ineludible el recurso inmediato a conceptos específicos de la ética
filosófica (n.66).
Por su parte, la teología fundamental, por ser una disciplina “que tiene la misión
de dar razón de la fe, debe encargarse de justificar y explicar la relación
entre la fe y la reflexión filosófica”. Al estudiar la Revelación y su
credibilidad, así como el correspondiente acto de fe, “la teología fundamental
debe mostrar cómo, a la luz de lo conocido por la fe, emergen algunas verdades
que la razón ya posee en su camino autónomo de búsqueda”. A esta disciplina
corresponde “mostrar la íntima compatibilidad entre la fe y su exigencia
fundamental de ser explicitada mediante una razón capaz de dar su asentimiento
en plena libertad” (n.67). Tratándose de la teología
moral la aportación filosófica resulta aún más necesaria. El Evangelio y
los escritos apostólicos proponen principios generales de conducta cristiana y
enseñanzas y preceptos concretos. “Para aplicarlos a las circunstancias particulares de la vida individual y social,
el cristiano debe ser capaz de emplear a fondo su conciencia y la fuerza de su
razonamiento”. O lo que es igual: “la teología moral debe acudir a una visión
filosófica correcta tanto de la naturaleza humana y de la sociedad como de los
principios generales de una decisión ética” (n.68). Algunos pueden objetar que
actualmente sería más recomendable que el teólogo acuda, no a la filosofía, a
la historia y a las ciencias en razón de los progresos que se realizan en ese
campo. Otros, en cambio, sostienen que “la teología debería dirigirse preferentemente
a las sabidurías tradicionales, más que a una filosofía de origen griego y de
carácter euro-céntrico”. Otros insisten en negar llanamente el presunto valor
universal del patrimonio filosófico asumido por la Iglesia.
El Pontífice responde recordando
que el recurso a las ciencias es indispensable, pero sin “olvidar la necesaria
mediación de una reflexión filosófica, crítica y dirigida a lo universal,
exigida además por el intercambio fecundo entre las culturas”. Además, “la
aportación peculiar del pensamiento filosófico permite discernir entre lo que
piensan los hombres y lo que las cosas realmente son. No son las opiniones sino
la verdad objetiva lo que realmente ayuda a hacer buena teología. Más aún. Una
cultura nunca puede ser criterio de juicio
y menos aún criterio último de verdad (n.70-71). Cierto que la misión
evangelizadora se encontró inmediatamente con la filosofía griega. Pero ello no
significa en modo alguno que se excluyan otras aportaciones. Por ejemplo, las
tradiciones religiosas y filosóficas provenientes de la India, China, Japón y
demás países asiáticos así como de las culturas tradicionales africanas. Una
vez más el Pontífice reconoce el primado otorgado por la Iglesia a la filosofía
griega, pero con las puertas abiertas a los valores universales que puedan
encontrarse en el resto de las culturas. Esta constante alusión a las grandes
culturas orientales y africanas constituye una novedad muy notable de esta
encíclica
Pero se imponen algunos
criterios de discernimiento. 1) El de la universalidad del espíritu humano,
cuyas exigencias fundamentales son idénticas en medio de la diversidad de
culturas. 2) Cuando la Iglesia se encuentra por primera vez con una gran
cultura, “no puede olvidar lo que ha adquirido en la inculturación en el
pensamiento grecolatino. Rechazar esta herencia sería ir en contra del designio
providencial de Dios, que conduce su Iglesia por los caminos del tiempo y de la
historia”. 3) No hay que confundir la legítima reivindicación de lo específico
y original del pensamiento indio, por ejemplo, con el encerramiento en su
diferencia para oponerse por principio a
otras tradiciones. Esta actitud es contraria a la tendencia natural del
espíritu humano a la universalidad (n.72). En el n. 74 propone como modelos
concretos del quehacer filosófico cristiano a teólogos y filósofos con sus
nombres propios. Eso sí, advierte, “no trato de avalar ningún aspecto de su
pensamiento, sino sólo de proponer ejemplos significativos de un camino de
búsqueda filosófica que ha obtenido considerables beneficios de la
confrontación con los datos de la fe” (n.74).
El citar con nombres propios a filósofos cristianos y teólogos de
nuestro tiempo como modelos del quehacer filosófico constituye otra gran
novedad en el estilo de una encíclica papal. Tanto más cuanto que algunos de
esos personajes fueron vistos en algún momento como conflictivos.
15. Posiciones de la filosofía respecto a la fe cristiana
De la historia de las
relaciones entre fe y filosofía el Pontífice destaca tres posiciones de la
filosofía respecto a la fe cristiana.
1) Filosofía
totalmente independiente de la revelación evangélica. Así se desarrolló el pensamiento
filosófico antes de la era cristiana. Durante este período de tiempo “la
filosofía manifiesta su legítima aspiración a ser un proyecto autónomo, que
procede de acuerdo con sus propias leyes, sirviéndose de la sola fuerza de la
razón” Es una forma de búsqueda desprejuiciada de la verdad y, por lo mismo,
implícitamente abierta a la trascendencia. El rigor racional es garantía para
lograr resultados universalmente válidos. Esta postura filosófica no solo
afirma la justa autonomía del filosofar sino que reivindica una legítima
autosuficiencia del pensamiento racional. Cosa que no puede decirse de la misma
forma de las filosofías actuales separadas,
pero cerradas a la trascendencia.
2)
La llamada filosofía cristiana. Una
denominación que se presta a confusiones. Para evitarlas, el Pontífice aclara:
“con ella no se pretende aludir a una filosofía oficial de la Iglesia, puesto
que la fe como tal no es una filosofía”. Se trata de indicar “un modo de
filosofar cristiano, una especulación filosófica concebida en unión vital con
la fe”. En la filosofía cristiana cabe distinguir un aspecto subjetivo y otro objetivo. El primero consiste en la purificación de la razón por
parte de la fe. “Como virtud teologal, la fe libera la razón de la presunción,
tentación típica a la que los filósofos están fácilmente sometidos”. Sobre todo
tratándose de cuestiones fuertes como las relativas al sufrimiento humano o al
sentido último de la vida. El aspecto objetivo se refiere a los contenidos. Por
ejemplo, el concepto de Dios como persona y creador. O la concepción de la
persona humana como ser espiritual.
Al reflexionar
filosóficamente sobre los contenidos, los filósofos no se convierten en
teólogos ya que no buscan comprender e ilustrar las verdades de la fe a partir
de la Revelación, sino de la razón. Así las cosas, el Pontífice no duda en
afirmar que sin el influjo estimulante de la Palabra de Dios, “buena parte de
la filosofía moderna y contemporánea no existiría” (n.76).
3)
Cuando la misma teología recurre a la
filosofía. A la filosofía se la ha llamado, desde el tiempo de los Padres, ancilla theologiae. El Pontífice
reconoce que actualmente este título no es aconsejable a fin de evitar malos entendidos
o dudas sobre los principios de autonomía de la razón filosófica. Por ello
aclara las cosas con estas palabras: “El título no fue aplicado para indicar
una sumisión servil o un papel puramente funcional de la filosofía en relación
con la teología. Se utilizó más bien en el sentido con que Aristóteles llamaba
a las ciencias experimentales como ‘siervas’ de la ‘filosofía primera’” (n.77).
Así las cosas, “se comprende por qué el
Magisterio ha elogiado repetidamente los méritos del pensamiento de santo Tomás
y lo ha puesto como guía y modelo de los estudios teológicos. Lo que interesaba
–insiste el Pontífice- no era tomar posiciones sobre cuestiones propiamente
filosóficas, ni imponer la adhesión a tesis particulares. La intención del
Magisterio era, y continúa siendo, la de
mostrar cómo santo Tomás es un auténtico modelo para cuantos buscan la
verdad”. Y remata el capítulo el
capítulo con estas palabras: “Es deseable, pues, que los teólogos y los
filósofos se dejen guiar por la única autoridad de la verdad, de modo que se
elabore una filosofía en consonancia con la Palabra de Dios. Esta filosofía ha
de ser el punto de encuentro entre las culturas y la fe cristiana, el lugar de
entendimiento entre creyentes y no creyentes. Ha de servir de ayuda para que
los creyentes se convenzan firmemente de que la profundidad y autenticidad de
la fe se favorece cuando está unida al pensamiento y no renuncia a él”. El
mismo acto de fe es pensar con el asentimiento de la voluntad. Todo el que
cree, piensa. Hay que pensar creyendo y creer pensando (n. 79).
16.
Exigencias irrenunciables de la Palabra de Dios
Existe lo que podría llamarse una
‘filosofía bíblica’ de la que la Palabra de Dios no puede desentenderse. Es
decir, “una serie de elementos que permiten obtener una visión del hombre y del
mundo de gran valor filosófico”. Por ejemplo, que sólo Dios es el Absoluto. O
la definición del hombre como imagen de
Dios, la afirmación de la libertad como ingrediente esencial humano y la
inmortalidad de su espíritu. En las sagradas escrituras hay una ‘filosofía’
explícita del mal moral entendido como “manifestación desordenada de la
libertad humana”. Más aún. En la Biblia se plantea abiertamente el problema
sobre el sentido de la existencia y se ofrece una respuesta cuyo epicentro es
el propio Cristo en persona. A juicio del Pontífice, la ‘filosofía bíblica’
descarta el relativismo como
absolutización de la contingencia, el materialismo
como afirmación totalitaria de la materia, y el panteísmo como confusión de Dios con su creación.
La convicción fundamental latente en esta
‘filosofía’ contenida en la Biblia “es que la vida humana y el mundo tienen un
sentido y están orientados hacia su cumplimiento, que se realiza en Jesucristo”
(n.80). Habida cuenta de la “crisis del sentido” y la fragmentariedad reinantes
del saber así como la falta de referencia a lo trascendente, la filosofía que
se obstinara en seguir en esta situación incurriría en el riesgo de degradar la
razón en funciones meramente instrumentales sin el aliciente por la búsqueda de
la verdad.
En consecuencia, para que la filosofía
esté en consonancia con la Palabra de Dios, es necesario: 1) Que recupere su
dimensión sapiencial de búsqueda del sentido último y global de la vida.
Además, de una manera crítica y como última instancia de unificación del saber
y del obrar humano al tiempo que busca el fundamento natural del sentido último
y global de la existencia humana. 2) Que verifique la capacidad del hombre de
llegar al conocimiento de la verdad objetiva mediante la debida y correcta adequatio rei et intellectus a la que se
refieren los doctores escolásticos. La verdad adquirida con nuestras
investigaciones en cualquier ámbito de la realidad es el resultado de un
ajustamiento de nuestras facultades cognoscitivas a la realidad.
Ahora bien, para comprender y explicar
estas condiciones, la teología “necesita la aportación de la filosofía que no
renuncie a la posibilidad de un conocimiento objetivamente verdadero, aunque
siempre perfectible”. Lo cual se ha de aplicar también a los juicios de la
conciencia moral (n.82). 3) Que tal filosofía sea de alcance metafísico, capaz de trascender los datos empíricos y
adentrarse en lo absoluto, último y esencial de las cosas. Pero el Pontífice
puntualiza: “No quiero hablar aquí de la metafísica como si fuera una escuela
específica o una corriente histórica particular. Sólo deseo afirmar que la
realidad y la verdad trascienden lo fáctico y lo empírico, y reivindicar la
capacidad que el hombre tiene de reconocer esta dimensión trascendente y
metafísica de manera verdadera y cierta, aunque imperfecta y analógica”. Por
otra parte, no es cuestión de que la metafísica suplante a la antropología,
sino de que ésta quede abierta a aquella, la cual “permite precisamente dar un
fundamento al concepto de dignidad de la persona por su condición espiritual”.
En este sentido se advierte cómo uno de los grandes retos que tenemos
planteados al final de este milenio es
precisamente el del paso del fenómeno
al fundamento. No nos podemos quedar
en la mera experiencia. Hay que reflexionar sobre ella y encontrar el
fundamento último de su apoyatura. “Por lo cual, un pensamiento filosófico que
rechazase cualquier apertura metafísica sería radicalmente inadecuado para
desempeñar un papel de mediación en la comprensión de la Revelación” (n.83).
“La metafísica, insiste, es una mediación privilegiada en la búsqueda
teológica. Una teología sin horizonte metafísico no conseguiría ir más allá del
análisis de la experiencia religiosa y no permitiría al intellectus fidei expresar con coherencia el valor universal y
trascendente de la verdad revelada” (n.83).
En los números 84-85 el
Pontífice insiste deliberadamente en la importancia de la dimensión metafísica
para el quehacer de la teología sistemática y los nn. 86-91 son un alegato
preventivo contra algunas corrientes de pensamiento actualmente muy difundidas
y nada recomendables para una sólida reflexión teológica. Sumariamente
denuncia:
1) El eclecticismo como amalgama o gazpacho de datos y argumentos
provenientes de todas partes, sin coherencia o conexión sistemática, ni
siquiera en su contexto histórico. Una modalidad de esta actitud ecléctica es
el abuso retórico que algunos teólogos hacen del lenguaje filosófico. El
eclecticismo es denunciado por el Pontífice como un error básico de
metodología, tanto filosófica como teológica.
2)
El historicismo. La tesis fundamental
del historicismo consiste en establecer la verdad de una filosofía sobre la
base de su adecuación a un determinado período y a un determinado objetivo
histórico. En consecuencia, al menos implícitamente, se niega la validez
perenne de la verdad. Una modalidad del historicismo actual consiste en
suplantar la verdad por la actualidad (n.87).
3) El cienticismo. Sólo admite como válidas las formas de conocimiento de
las ciencias positivas, relegando los conocimientos religiosos, teológicos,
éticos y estéticos al mundo de la imaginación y del sentimiento. Al olvidar la
condición propiamente racional del hombre y marginar la reflexión filosófica en
el área de la ética y en el de la teología moral, “la mentalidad cienticista ha
conseguido que muchos acepten la idea según la cual lo que es técnicamente
realizable llega a ser por ello moralmente admisible” (n.88).
4) El pragmatismo. Es la actitud de quienes hacen sus opciones excluyendo
el recurso a la reflexión basada en principios éticos vinculantes. Entre otras
consecuencias de esta actitud práctica, cabe destacar la afirmación de un
concepto de democracia “que no contempla la referencia a fundamentos de orden
axiológico y por tanto inmutables”. Las cosas, incluso las relativas a la vida
y la muerte, se deciden con el voto de las mayorías parlamentarias y no con
razones.
Juan Pablo II remata la
primera parte de este denso capítulo con una matización importante: “Quiero subrayar,
de hecho, que la herencia del saber y de la sabiduría se ha enriquecido en
diversos campos. Basta citar la lógica, la filosofía del lenguaje, la
epistemología, la filosofía de la naturaleza, la antropología, el análisis
profundo de las vías afectivas del conocimiento, el acercamiento existencial al
análisis de la libertad”. Lo malo es que, a pesar de estos indiscutibles
progresos, predomina la mentalidad de nuestra época de la denominada
“posmodernidad”. Por otra parte, están las espectaculares conquistas
científicas y biotecnológicas. Todo lo cual está contribuyendo más al pesimismo
humano que al logro de los altos ideales de la felicidad y de la esperanza (n.91).
Como puede apreciarse, Juan Pablo II insiste en el reconocimiento explícito del
progreso que ha tenido lugar en el campo de la filosofía moderna. Pero reconoce
igualmente que los buenos frutos cosechados están condenados al olvido y la
marginación con la irrupción del pensamiento posmoderno y el impacto brutal de
las espectaculares conquistas científicas y biotecnológicas. Para entender
adecuadamente el alcance de la posición papal ante estos hechos hay que leer
sus encíclicas anteriores Veritatis
splendor y Evangelium vitae”.
17. Cometidos de la teología actual
La teología, como
“inteligencia de la Revelación”, tiene que afrontar las exigencias de las
diferentes culturas “para luego conciliar en ellas el contenido de la fe con
una conceptualización coherente”. Por lo mismo, tiene que renovar las propias
metodologías. Por otra parte, lo suyo es “mirar hacia la verdad última que
recibe de la Revelación, sin darse por satisfecha con las fases intermedias”.
Esta mirada a la verdad última atañe también a la filosofía. “La Verdad, que es
Cristo, se impone como autoridad universal que dirige, estimula y hace crecer
tanto la teología como la filosofía”. El creer en la posibilidad de conocer una
verdad universal válida no puede considerarse como fuente de intolerancia. Al
contrario, replica el Pontífice, “es una condición necesaria para un diálogo
sincero y auténtico entre las personas”. La tarea de dar unidad al pensamiento
teológico es una prioridad actual del quehacer teológico (n.92).
El objetivo fundamental de la teología
“consiste en presentar la inteligencia de
la Revelación y el contenido de la fe”. En este horizonte, “un objetivo
primario de la teología es la comprensión de la kenosis de Dios. Explicar de qué manera puede la mente humana
encajar el sufrimiento y la muerte con el amor que se da sin pedir nada a
cambio. En lo que se refiere a la interpretación de las fuentes de la
Revelación, es necesario que “el teólogo se pregunte cuál es la verdad profunda
y genuina que los texto quieren comunicar, a pesar de los límites del
lenguaje”. Tratándose de los textos bíblicos, el teólogo tiene que tener
siempre presente que “su significado está en
y para la historia de la salvación”.
Como ha dicho antes, “las tesis del historicismo no son defendibles. En cambio,
la aplicación de una hermenéutica abierta a la instancia metafísica, permite
mostrar cómo, a partir de las circunstancias históricas y contingentes en que
han madurado los textos, se llega a la verdad expresada en ellos, que va más
allá de dichos condicionamientos”. La verdad se conoce en la historia, pero supera la historia misma (n.95). Desde esta
perspectiva, cabe ahora dar respuesta a otro problema cual es el de la perenne
validez del lenguaje conceptual usado en las definiciones conciliares. Y se
remite a la Humani generis de Pio
XII. En resumidas cuentas, “la historia
del pensamiento enseña que, a través de la evolución y la variedad de las
culturas, ciertos conceptos básicos mantienen su valor cognoscitivo universal”.
Por lo mismo, mantienen la verdad de las proposiciones que los expresan. En
esta labor de lectura e interpretación juega un papel importante la filosofía (n.96).
Después de la función de lectura e
interpretación de las fuentes de la teología, un paso ulterior muy delicado y
exigente “es la comprensión de la verdad
revelada, o sea, la elaboración del intellectus
fidei”. Una vez más, el Pontífice expresa su convicción sobre la necesidad
del recurso a la filosofía para este menester. Y más en concreto, “de la
aportación de una filosofía del ser, que permita ante todo a la teología
dogmática desarrollar de manera adecuada sus funciones”. De no ser así, difícilmente
se podría incorporar al intellectus fidei
toda la riqueza de la tradición teológica. “En el marco de la tradición
metafísica cristiana, la filosofía del ser es una filosofía dinámica que ve la
realidad en sus estructuras ontológicas, causales y comunicativas”. Ella
permite la apertura plena y global hacia la realidad universal. Lo mismo cabe
decir en relación con la teología moral.
La conciencia ética del hombre contemporáneo en el campo social, económico,
político y científico está bastante desorientada y “la teología moral debe
recurrir a una ética filosófica orientada a la verdad del bien; a una ética,
pues, que no sea subjetivista ni utilitarista”. Una ética apoyada en la
antropología filosófica y la metafísica del bien (n. 98). En la encíclica Veritatis
splendor Juan Pablo II describe y critica con rigor sistemático las
corrientes de pensamiento y las
metodologías que considera impropias o insuficientes para el trato adecuado de
la teología moral.
18. Mensaje
conclusivo de la encíclica
El Papa termina su encíclica invitando
casi patéticamente a revitalizar la reflexión filosófica sobre la experiencia,
el sentido último de la vida y como apoyatura indispensable del quehacer
teológico.
Haciéndose eco de la operación de
reactivación del pensamiento de santo Tomás, llevada a cabo por León XIII, y
habida cuenta de los buenos frutos cosechados de aquella operación por
eminentes teólogos y filósofos cristianos, el Pontífice reinante escribe: “Por
esto, he considerado justo y necesario subrayar el valor que la filosofía tiene
para la comprensión de la fe y las limitaciones a las que se ve sometida cuando
olvida o rechaza las verdades de la Revelación”. Por supuesto que esta
importancia de la filosofía para el quehacer teológico se refiere, sobre todo,
al mundo occidental. E insiste: “...de la misma manera que he reafirmado la
necesidad de que la teología recupere su legítima relación con la filosofía,
también me siento en el deber de subrayar la oportunidad de que la filosofía,
por el bien y el progreso del pensamiento, recupere su relación con la teología”.
Ni que decir tiene que esta noble y honrosa función deberían asumirla los
teólogos y filósofos cristianos en clave de eclesialidad
(n. 100-101).
En la búsqueda del sentido último y
definitivo de la existencia, corresponde a la filosofía: 1) Ejercer una función
de mediación sapiencial entra la fe y la razón. 2) Ser como “el espejo en el
que se refleja la cultura de los pueblos. En este sentido, y en el contexto de
la nueva evangelización, pide “a los
filósofos...que profundicen en las dimensiones de la verdad, del bien y de la
belleza”. 3) Con frecuencia, el pensamiento filosófico “es el único ámbito de
entendimiento y de diálogo con quienes no comparten nuestra fe”. 4) Los
filósofos cristianos tienen el noble cometido de “desarrollar una reflexión
“comprensible y sensata”, incluso para quienes no perciben o no entienden
todavía la verdad de la Revelación. 5) Hacer resplandecer algo de la Verdad que
es Cristo, como respuesta a los más graves problemas humanos, lo cual “será una
ayuda eficaz para la ética verdadera y a la vez planetaria que necesita hoy la
humanidad”( n.104). El Pontífice
aboga por una reflexión cristiana comprensible y sensata incluso para los no
creyentes. ¿Cómo hacer razonable la fe y creíble la razón? Este es el gran reto
pedagógico planteado siempre a los teólogos, pensadores, divulgadores y
educadores cristianos.
El Pontífice concluye su encíclica
haciendo una llamada de urgencia: 1) A los teólogos.
Los exhorta “a recuperar y subrayar más la dimensión metafísica de la verdad para
entrar así en diálogo crítico y exigente”
con el pensamiento filosófico contemporáneo y con la tradición
filosófica. 2) A los responsables de la
formación sacerdotal. Para que se garantice una buena formación filosófica,
tanto a los que se van a dedicar a la
enseñanza académica de la teología como a la pastoral ordinaria. 3) A los filósofos y a los profesores de filosofía.
Para que tengan la valentía de recuperar los valores de la filosofía perenne,
se dejen interpelar por la Palabra de Dios, razonar en consecuencia y formular
la ética que la humanidad necesita en nuestros días. La Iglesia seguirá con
atención y simpatía sus investigaciones respetando su legítima autonomía, que
es la de la recta razón humana apoyada por la fe. 4) A los científicos. Les estimula y les pide que se mantengan en el
horizonte sapiencial en el que los
logros científicos y tecnológicos están acompañados por los valores filosóficos
y éticos, característicos de toda actividad realmente humana. 5) A todos en general. Para que se dejen
llevar por la fuerza de la verdad y la búsqueda del sentido último de la vida
evitando las filosofías engañosas que nos hacen sentirnos dueños absolutos de
nosotros mismos y de nuestro destino al margen de la dimensión sapiencial de la
vida. “La filosofía está llamada a prestar su aportación, racional y crítica,
para que la teología, como comprensión de la fe, sea fecunda y eficaz”. Porque
el pensamiento filosófico, “cuando acoge el requerimiento que procede de la
verdad del Evangelio, nada pierde de su autonomía, sino que siente cómo su
búsqueda es impulsada hacia su más alta reflexión” (n.105-108).
19 Valoración
crítica y mensaje central
La lectura de esta encíclica me ha hecho
recordar mi primer curso de estudiante de teología con la Suma de santo Tomás abierta
en la I,qq.1-2. ¿Qué es la ciencia
teológica y de qué deben ocuparse los
teólogos como profesionales intelectuales de las cosas de Dios? Pero, ¿es que
Dios existe? ¿Qué sentido tiene actualmente hablar de la teología como ciencia?
Quedé muy impresionado por el
planteamiento tomasiano de estas delicadas cuestiones y ahora constato en la Fides et ratio hasta qué punto el viejo
profesor Wojtyla ha sacado su carpeta de apuntes académicos para replantear
esas grandes cuestiones ampliadas y actualizadas cuando se tiene la impresión
de que la mayor parte de la gente, incluidos muchos teólogos, tienen escaso o
nulo interés por ellas.
Como
he dicho más arriba, la presente encíclica estaba ya sustancialmente
estructurada en 1979 en su discurso en la Universidad de Santo Tomás de Roma,
donde se había graduado en teología. Por otra parte, yo había tenido la
oportunidad de conocerle personalmente y participar bajo su dirección en una mesa de trabajo dos
años antes de su acceso a la Cátedra de Pedro. En el curso de este encuentro el antiguo profesor Wojtyla y
flamante Arzobispo Cardenal de Cracovia fue propuesto para ser el primer
Presidente de la Sociedad Internacional
Tomás de Aquino (SITA). Pero presentó sus excusas alegando la
imposibilidad de asumir tal responsabilidad, habida cuenta de su situación
personal como Arzobispo de una ciudad como Cracovia, sometida todavía por
aquellas calendas a la tiranía del régimen marxista. El Arzobispo Cardenal
Wojtyla fue la estrella de aquel encuentro de intelectuales en Génova y la isla
Margarita. Al finalizar su conferencia de turno, un ilustre filósofo español
comentó sorprendido hasta qué punto había mantenido al público atento y sin
pestañear hablando de un tema como la “Teoría y la Praxis”. Yo mismo, sin conocerle
antes de nada, quedé tan gratamente impactado por su forma de ser, de estar y
de hablar que me pregunté por qué no elegirían Papa a un obispo como éste. La
muerte de la persona que tramitaba una visita mía posterior a Polonia fue la
causa determinante que impidió mi viaje y el que el Arzobispo Wojtyla pudiera
recibirme como huésped en el arzobispado de Cracovia. Poco después de este
encuentro en la isla Margarita, yo mismo fui propuesto para el cargo de
Subdirector y Director de un boletín
informativo bilingüe de la misma entidad, creada con motivo del primer
centenario de la encíclica Aeterni Patris
de León XIII. Pero también yo me vi obligado a desestimar la oferta por razones más
triviales de orden práctico y administrativo que no es del caso exponer aquí.
Al leer la Fides et ratio pienso en aquel hombre
impresionante, que yo circunstancialmente conocí, por la coherencia y el rigor
intelectual sin complejos, felizmente apasionado por las cuestiones de fondo
sobre la vida humana y el sentido último de la existencia. El Wojtyla Papa no
renunció ni un ápice a su propensión a la reflexión profunda. Incluso cabe
decir que la experiencia papal fortaleció en él esa propensión natural a la
reflexión filosófica. Por otra parte, es un hombre de fe vigorosa, probada por
las circunstancias adversas de su vida, por lo que se comprende mejor la
fuerza, a veces chocante, con que hace afirmaciones firmes en cuestiones en las
que la mayoría de los intelectuales dudan, titubean o ni siquiera se sienten
concernidos. Juan Pablo II es un filósofo y teólogo de raza, convencido de que
la fe en Dios y la razón humana están llamadas a encontrarse intelectualmente
en las encrucijadas de la vida. ¿Cómo? Usando correctamente la facultad de la
razón. O lo que es igual, razonando de acuerdo con las reglas propias de la
razón y creyendo razonablemente de acuerdo con las reglas propias de la fe.
Tengo la impresión de que
Juan Pablo II, profesional de la filosofía y testigo de la actual situación
decadente del quehacer filosófico, quiso hacer una operación histórica de
restauración y actualización de la filosofía
del ser al estilo de León XIII a finales del siglo XIX. Lo que ocurre es
que actualmente no existe ya un estatuto social reconocido para la filosofía,
ni siquiera en las instituciones académicas de la Iglesia. La alta reflexión es
un lujo de minorías selectas en la esfera de la privacidad. La imaginación y la
actividad tecnológica han suplantado eficazmente a la reflexión filosófica
propiamente dicha y a la teológica. Se piensa mucho, pero se reflexiona poco y
mal. Por otra parte, la filosofía académica se ha convertido muchas veces en
pura dialéctica conceptualista de consumo para mantener los centros académicos
institucionales sin relación palpable con la realidad cruda de la vida diaria.
Por su parte, la teología sistemática no ha corrido mejor suerte en las
facultades de teología en funciones. Pienso que el contexto social y cultural
actual es mucho menos propicio para la reflexión filosófica que en tiempos de
León XIII.
Teniendo en cuenta estos y
otros factores sociales, psicológicos y culturales, la presente encíclica tiene
un valor testimonial impresionante a favor del uso correcto de la razón humana
y de sus posibilidades de encuentro con la verdad sobre el sentido último de la
vida. Juan Pablo II reivindica, casi provocativa y temerariamente, la confianza
perdida en las posibilidades de la razón reflexiva sobre la experiencia y las
cuestiones fundamentales sobre el ser y la vida. Desde esta perspectiva,
reivindica los fueros de la metafísica como exigencia de la dinámica natural de
la inteligencia humana y no como ordenación de una filosofía oficial impuesta
de forma autoritaria. Ni siquiera cuando habla de la filosofía de santo Tomás.
En tiempos pasados se “oficializó” el pensamiento del Aquinate en la enseñanza
de la filosofía y teología de una forma claramente impositiva, lo cual, a mi
juicio, ha sido un gran error pedagógico. Por el contrario, Juan Pablo II
insiste en la conveniencia de conocer la metodología filosófica y teológica
tomasiana desde su convicción personal de que es la mejor que ha conocido para
razonar correctamente las verdades de la fe y conducir a la razón desde la experiencia vulgar y científica de la vida
hasta las altas esferas de la reflexión metafísica y los confines de la fe.
En este texto pontificio se
reflejan las convicciones más profundas del filósofo Wojtyla que discute con
filósofos y teólogos como un profesor universitario con sus colegas de la
cátedra de al lado, que no opinan como él. Además, habla y se expresa con la
autoridad y fuerza moral de quien está convencido de lo que dice apoyado en
razones objetivas que se imponen por sí solas y no por la coacción impositiva
de las leyes.
Con la
fuerza de esta convicción personal, cabe destacar: 1) La denuncia de una
decadencia histórica singular del pensamiento filosófico y de su rechazo en las
instituciones académicas. 2) La conveniencia y hasta necesidad de dar un nuevo
impulso a la reflexión filosófica en todos los niveles de la cultura, evitando
los errores pedagógicos del pasado que han provocado la decadencia. 3) En todas
las grandes culturas existe un núcleo de convicciones y verdades fundamentales
de valor universal, que han de ser incorporadas al nuevo proyecto de
restauración y renovación de la filosofía. 4) Incluso en la Biblia existe un
cuerpo de textos del Antiguo y Nuevo Testamento en los que se evidencia la
existencia de una “filosofía bíblica” de la vida extraacadémica, totalmente
coherente con la revelación. El mismo texto sagrado tiene sus propios praeambula fidei, que los teólogos deben
tener en cuenta. 5) La preferencia por la
filosofía del ser no es
arbitraria o partidista. Es una exigencia natural del discurso racional pegado
a la realidad en la búsqueda apasionada del sentido último del ser y de la
vida. La filosofía del ser, por la Juan Pablo II apuesta como opción
intelectual personal inquebrantable, no se impone oficialmente a los teólogos como
ley a cumplir, sino que se recomienda con la autoridad moral de quien está
convencido de que es la mejor para tratar intelectualmente y con rigor
científico las verdades de la fe. 6) A los científicos, que se dedican a
desguazar analíticamente la materia aplicando las nuevas tecnologías, les aconseja
que no se limiten a desguazar y analizar la materia la materia, sino que se
abran a la reflexión filosófica y busquen el sentido último de las cosas. A los
filósofos de profesión, les pide que no se cierren en sí mismos y en sus
elucubraciones, sino que se abran a la trascendencia. A los teólogos les insta
a razonar las verdades de la fe aplicando la filosofía del ser siguiendo el ejemplo de algunos teólogos antiguos
y modernos explícitamente nombrados y por las razones esgrimidas.6) La fe y la
razón están llamadas a entenderse. Cuando esto no ocurre, es porque abusamos de
la razón (racionalismo), o abusamos de la fe (fideísmo). En cualquier caso,
porque no se usa la razón o la usamos mal. La alternativa sería creer
razonablemente y razonar creyendo en la posibilidad de encontrar la verdad
dentro sin arrogancia. La filosofía está llamada a presentar la fe de forma
sensata y asequible y la fe a hacer más creíble y sensata a la razón. Este es
el gran desafío para científicos, filósofos, teólogos y educadores posmodernos.
20. Observaciones
Juan Pablo II no es autoritario en su
encíclica sino que habla con la autoridad autoridad
moral de un Papa que expresa en voz alta sus más sinceras y profundas convicciones personales sobre la
conveniencia de la reflexión filosófica para la mejor inteligencia de la fe y
comunicar sus vivencias a los demás de forma razonable y sensata. Los filósofos
y los teólogos podrán estar o no de acuerdo con todos sus puntos de vista.
Pero, como dijo el filósofo Fernando Savater, lo menos que podemos hacer, si somos intelectualmente honrados, es
tomar la filosofía con la seriedad que lo hace Juan Pablo II en esta encíclica.
No es un documento autoritario, en el sentido que podría hablarse de la
encíclica Aeterni patris de León XIII. Ésta no fue una invitación al diálogo
intelectual interno entre filósofos y teólogos y la cultura universal, sino una
orden canónica históricamente oportuna de restauración del pensamiento de santo
Tomás. Una orden que tuvo algunos resultados positivos reconocidos ahora por
Juan Pablo II.
La
Fides et ratio, en cambio, es una declaración
de sinceridad que impone respeto a cualquier persona que piensa y reflexiona en
profundidad. Es la sinceridad de un antiguo profesor universitario que se
interroga sobre los grandes problemas de la existencia humana y expone sus
respuestas compitiendo en el mercado universal de las ideas. No se trata, pues,
de una encíclica autoritaria o legalmente impositiva (como tal vez lo fue la Aeterni patris de León XIII), sino una encíclica pensada y escrita con autoridad moral en razón de la
personalidad peculiar de su autor. Cabría decir que se expresa con aquella
autoridad moral que los rabinos reconocieron a Jesús interpretando el texto
sagrado en la sinagoga. Una autoridad que reconocían y al mismo tiempo les molestaba ante el temor de
que fuera El y no ellos quien tenía más razón sobre lo que hablaba.
Se
ha dicho que, por más que se esfuerza en ello, no logra la pretendida armonía entre fe y razón. Más bien causa la
impresión de que la razón queda sometida a la fe. Yo también tengo esta
impresión. Se afirma contundentemente la autonomía de la razón y de la fe, pero
la balanza parece inclinarse siempre a favor de la fe, cosa que decepciona al
filósofo no creyente. Porque la fe teológica no es algo con lo que se nace,
sino algo que se adquiere o no se adquiere. Por lo mismo, no es algo que se
haya de dar por supuesto en términos generales. Entre la razón y la fe no hay
contradicción, pero tampoco necesariamente continuidad. Los praembula fidei no dejan de ser son
auténtica filosofía aunque no se produzca el paso final a la fe teologal.
La predilección
por la filosofía griega como vehiculación cultural de la fe cristiana parece algo
exagerada.
Ningún teólogo o pensador cristiano serio, es cierto, puede razonablemente
pasar por alto el hecho histórico inicial de inculturación de la fe cristiana
en el pensamiento grecolatino. Pero el pensar que el prescindir de esa
herencia sería ir contra el designio providencial de Dios, que conduce
su Iglesia por los caminos del tiempo y de la historia, parece demasiado
comprometida. Basta recordar lo que hicieron los Padres y Santo Tomás a este
respecto. S. Agustín, por ejemplo, simpatizó con los platónicos por razones de
pragmatismo pastoral. En concreto, porque era un sistema abierto a la trascendencia y le resultaba relativamente cómodo para
hablar a los hombres de su tiempo. Santo Tomás llevó a cabo una operación
similar con Aristóteles y otros filósofos por la misma razón de pragmatismo
cultural y pastoral. En la Fides et ratio,
por una parte, se abre un campo mucho más amplio apelando a las grandes
culturas de Oriente, pero, por otra, parece concederse demasiada importancia a
la primera inculturación en relación con la filosofía griega. Yo pienso que, si
providencial fue aquella cultura para la vehiculación y expansión del Evangelio
en tiempos pasados, no lo son menos otras culturas, antiguas y modernas, si se
las aprovecha intelectualmente aplicando el mismo criterio de apertura a la
trascendencia. El Papa reconoce en el n.72 que “el hecho de que la misión
evangelizadora haya encontrado en su camino primero a la filosofía griega, no
significa en modo alguno que excluya otras aportaciones”. Pero después me
parece que enfatiza demasiado el recurso al pensamiento greco-latino como
criterio de discernimiento teológico de las otras culturas.
En
el n.79 parece como si la única filosofía de diálogo y encuentro universal
tuviera que ser aquella teologizada que desemboque en Cristo. Este criterio
sólo resulta válido y operante tratándose de diálogo entre creyentes
cristianos. Por el contrario, no veo cómo se puede iniciar un diálogo
intelectual con los no creyentes poniendo como condición previa la aceptación
de Cristo como encarnación suprema de la verdad. Para entender correctamente el
n. 79 conviene leer con detención la
I,q.I,a.8 donde el Aquinate expone las reglas del diálogo entre teólogos y
filósofos, entre creyentes y no creyentes.
En
los nn. 84-85 Juan Pablo II se entusiasma con el uso de la metafísica en el quehacer
de la teología sistemática. Pero este asunto es actualmente muy delicado. Primero,
porque el mismo concepto de metafísica es utilizado actualmente con
significados poco recomendables. Segundo, porque en el pasado se cometieron
abusos de la especulación metafísica en la teología dogmática con perjuicio de
los estudios bíblicos. El uso indebido de la especulación metafísica puede
contribuir también a convertir la reflexión teológica en pura ideología. Por lo
demás, la encíclica abstrae del hecho de que nadie ha nacido razonando y
creyendo. Supone que todos somos ya adultos para pensar y creer. Tal como está
redactada, sólo puede ser comprendida correctamente por teólogos y académicos
de la teología. Al no creyente puede resultarle chocante y al creyente
sencillo, inaccesible. Las encíclicas son un género literario muy particular,
lo cual tiene sus ventajas e inconvenientes. Tienen la ventaja de que el Papa
dice en voz alta lo que piensa a los suyos, que son primordialmente los
obispos, de suerte que todo el que lo desee pueda oírlo. Tienen la desventaja
de que se publican y divulgan como si estuvieran dirigidas a todo el mundo, con
lo cual, unos son satisfechos y otros decepcionados.
Como
final de este breve comentario quisiera destacar lo siguiente. Juan
Pablo II, como filósofo de profesión que fue, como hombre de fe a prueba de
balas, y desde la responsabilidad de la Cátedra Apostólica, recuerda
encarecidamente:
A
los científicos: que estén abiertos a la reflexión filosófica y no se
limiten a desguazar la materia en los sótanos de la realidad.
A
los filósofos: que estén abiertos a la trascendencia sin perderse en la
teorización y las ideologías en el segundo piso de la realidad.
A
los teólogos: que razonen correctamente los datos de la fe desde la filosofía
del ser o terraza de la realidad.
A
todos: que aprendamos a razonar de forma que podamos confiar en la razón, y
a creer de forma razonable conociendo las razones y los motivos de nuestra fe.
Contra los abusos de la ciencia, de la razón y de la fe (cienticismo,
racionalismo, fideísmo) Juan Pablo II
propone la alternativa de la razonabilidad
en nuestras formas de razonar y de creer. Los niveles del saber humano son como
los pisos de un bloque de casas. No podemos encerrarnos en uno de ellos como si
no existieran los demás. Es preciso poner una escalera o un ascensor para subir
y bajar desde la investigación científica hasta la investigación teológica
pasando por el piso intermedio de la reflexión filosófica mediante el uso
correcto de la razón. Como paradigmas de hombres que razonan sobre la fe cabe
destacar a S. Agustín de Hipona y santo Tomás de Aquino. Como filósofos que
reflexionan sobre los datos de la ciencia y de la teología cabe recordar los
nombres de Xavier Zubiri y Julián Marías. Por último me es grato recordar aquí a
los geneticistas Jérôme Lejeune y Francis Collins, como ejemplo de científicos
modernos que han sabido compaginar el rigor científico con la reflexión
filosófica y teológica.
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